Tres lentes para entender las cumbres entre Trump y el resto del mundo
Europea tiene que aceptar que nuestro mundo -basado en normas y un respeto mínimo por los valores- es más pequeño y tiene menor eco. Hay que reforzar las bases y los acuerdos con aquellos que aún están interesados
Trump posa con una foto de su encuentro con Putin. (EFE/Annabelle Gordon)
Observo las fotografías de los últimos encuentros entre el presidente Putin y el presidente Trump, así como la teatralidad de las reuniones en la Casa Blanca y me pregunto cómo debemos descifrarlas. Ha revisado la prensa estadounidense, pero también las cuentas en redes sociales del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso o el gongo Russian International Affairs Council (RIAC). Me interesa la estética de la recepción, cómo se ha interpretado la centralidad del presidente Trump y el futuro de la Unión Europea en los medios internacionales, los think tankso las cancillerías. Sobre la rearticulación de las relaciones transatlánticas, podemos prefigurar tres grandes líneas de pensamiento estratégico.
La primera interpretación persigue la atracción de Rusia hacia los intereses estratégicos de Estados Unidos. "Reverse Kissinger" se ha hecho popular. Si en los años setenta, el interés de Washington consistía en que Beijing no cayera en las redes de influencia de Moscú y, por eso, se le dieron condiciones y acceso inmejorables, hoy debemos revertir el fenómeno. Hay que romper el acuerdo de asociación estratégica, limitar la cooperación bilateral y la seducción de la desdolarización. Si se produce una guerra global con China, el interés superior de Estados Unidos pasa por romper un posible acuerdo sino-ruso. Atraer a Moscú con inversiones, una Torre Trump y otros privilegios públicos y privados es una mirada propia de la Guerra Fría. Y la historia rima. Antes del encuentro entre Nixon y Mao, Estados Unidos abandonó el reconocimiento de Taiwán —República de China— y China – República Popular— ocupó su asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. ¿Será Ucrania la concesión de nuestro siglo?
Las esferas de influencia es un paradigma que gusta a los conservadores. Se repite con frecuencia que Anchorage es el nuevo Yalta. Las dos superpotencias nucleares pueden repartir territorios, rehacer las fronteras e instaurar nuevas fuentes de soberanía conforme a los intereses propios. Estados Unidos quiere que Rusia centre su atención en el teatro europeo y compra la idea de "neo-Eurasianismo" a la manera de Alexander Dugin. Responde a las tres grandes obsesiones estratégicas de Rusia: el control de Sebastopol para poder salir a los mares cálidos, agrandar la distancia entre Moscú y las capitales europeas con Estados-tapón/vasallos y —la más reciente— el acceso al Ártico para operar rutas comerciales y militares. El trumpismo reconoce la ventaja de las esferas, porque no tiene capacidad operativa para afrontar tres o cuatro frentes a un tiempo (China, Irán, Corea del Norte y Ucrania).
El reparto del mundo permitiría centrarse en la seguridad hemisférica, desde Groenlandia hasta la Patagonia, y volcarse en el giro hacia el Pacífico. China observa con atención el despliegue. Si las fronteras son negociables, esto afecta a Taiwán y al Mar Meridional. Cuéntame más, musitan las elites de Beijing. Las esferas de influencia recuperan la idea de concierto de grandes potencias sin obligaciones soberanas. El directorio a tres es muy estrecho, pero concentra las cuatro dimensiones del poder que define Susan Strange: producción, seguridad, crédito y conocimiento. Tendría muy pocos contrapesos. Los tres mandatarios cerrarían un acuerdo si estuviera en su mano. Sería cínico llamarle de paz.
La tercera idea fuerza es el regreso del realismo político. Lo que vemos en Alaska y en el Distrito de Columbia retrata el pulso entre las grandes potencias en competición. El poder no se mide por intereses y valores, sino por PIB, cabezas nucleares y fuerza comercial. El realismo no solo encaja con el movimiento de las tres grandes potencias, sino que gusta en India. Su ministro de exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, nos regala titulares para entender su mirada: "Las virtudes del viejo orden mundial son exageradas", "queremos socios, no misioneros" y "Europa necesita un reality check". Reconozco que me identifico más con estas tesis sobre el estado del mundo. Se ha evaporado el interés por cualquier tipo de cosmopolitismo y cualquier utopía hoy se basa en una agitada mezcla de nacionalismo, populismo, aislacionismo y nativismo.
Me disculpo por adelantado: los académicos amamos las teorías como unidades cerradas de interpretación. ¡Somos erizos antes que zorros! Sin embargo, me temo que la sociedad internacional no funciona de este modo y que nuestra falta de "skin in the game" nos permite crear tipologías, definir rasgos y sentar cátedra con enorme soltura. Entretanto, la realidad sigue su curso. Para contrarrestar esta vis académica, me aferro a tres ideas fuerza para aterrizar el discurso.
Nos queda el presidente Zelenski. Y está en una situación muy delicada. La ley marcial, los casos de corrupción o el hastío de la juventud ucraniana son indicadores del desgaste. O bien la Unión Europea aprieta en estos meses de negociación, o será el postre diluido del putinismo. Apretar requiere una cierta dosis de pensamiento estratégico que aclare las relaciones OTAN-UE y supere cierto estancamiento institucional. De nuevo, tenemos el diagnóstico de los informes Draghi sobre innovación y política industrial, el de Letta sobre el mercado único y el menos leído, el propio de Sauli Niinistö sobre inteligencia y seguridad. Acción, acción y acción.
Gaza es un espejo de la incapacidad europea. El gobierno de Israel capitaneado por el primer ministro Netanyahu aprovecha nuestra indefinición para avanzar en sus objetivos e imponer su marco narrativo. Para cuando la Unión Europea responda, Gaza habrá desaparecido y se cumplirá la máxima de Tácito: "Hicieron un desierto y le llamaron paz". ¿Cómo podrá la Unión Europea reclamar solidaridad a los aliados que necesitará en el Mediterráneo sin una solución política y un proceso de paz a la altura? La inacción se extiende a la propuesta europea de valor para Iberoamérica, cuya ambigüedad estratégica observa con detenimiento qué sucede en Gaza.
El realismo ilustrado. No se puede defender el orden liberal internacional sin aceptar el principio de realidad. La anarquía que viene ya está aquí en forma de desglobalización, desregulación y desorden. No es solo el trumpismo, sino el revisionismo indio de Modi, la expansión china por África y América Latina, las alianzas entre Corea del Norte y Rusia o el retroceso del erdoganismo turco en materia democrática. La Unión Europea tiene que aceptar que nuestro mundo —basado en normas y un respeto mínimo por los valores— es ahora más pequeño y tiene menor eco. Hay que reforzar las bases y los acuerdos con aquellos que aún están interesados: Canadá, Japón y Corea del Sur, pero también Indonesia, Australia y… ¡Reino Unido!
En síntesis, la Unión Europea debe aceptar las relaciones transatlánticas bajo el influjo del "Orden Basado en Trump" y hay que reaccionar. Lamentarse no contribuirá a recuperar el vínculo perdido, sino que extenderá el duelo indefinidamente. No parece que sea buena idea. Es tiempo de acción y liderazgo político. Ojalá lo veamos ya al inicio del nuevo curso.
*Juan Luis Manfredi es catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.
Observo las fotografías de los últimos encuentros entre el presidente Putin y el presidente Trump, así como la teatralidad de las reuniones en la Casa Blanca y me pregunto cómo debemos descifrarlas. Ha revisado la prensa estadounidense, pero también las cuentas en redes sociales del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso o el gongo Russian International Affairs Council (RIAC). Me interesa la estética de la recepción, cómo se ha interpretado la centralidad del presidente Trump y el futuro de la Unión Europea en los medios internacionales, los think tankso las cancillerías. Sobre la rearticulación de las relaciones transatlánticas, podemos prefigurar tres grandes líneas de pensamiento estratégico.