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Izquierda y derecha están de acuerdo: vuelve el capitalismo de Estado
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Ramón González Férriz

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Izquierda y derecha están de acuerdo: vuelve el capitalismo de Estado

Dos presidentes tan ideológicamente alejados como Sánchez y Trump están haciendo lo mismo: coaccionar a las empresas privadas y comprar con dinero público las que consideran estratégicas. El fin es siempre el poder político

Foto: Cumbre de la OTAN en junio. (EFE)
Cumbre de la OTAN en junio. (EFE)
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Ha sido el verano del intervencionismo del Gobierno estadounidense. En junio, se hizo con una "acción de oro" de US Steel, una empresa acerera, para tener la última palabra sobre su estrategia a pesar de que ahora es de propiedad japonesa. La semana pasada, llegó a un acuerdo con dos empresas de semiconductores, Nvidia y AMD, para que den al Gobierno un 15% de las ventas de sus productos en China. Hace apenas unos días, anunció que iba a comprar un 10% de las acciones de Intel, otra empresa de chips.

Si usted pensaba que el partido republicano estadounidense era partidario del libre mercado y una razonable separación entre el sector público y el privado, es hora de que lo piense de nuevo. El actual Gobierno de Estados Unidos es partidario del capitalismo de Estado. Su política se asemeja a un referente que muchos considerábamos caduco y decadente: el gaullismo francés.

De los yogures a la defensa

Hace veinte años casi exactos, en Francia empezaron a circular rumores de que Pepsi estaba contemplando comprar Danone, la marca de productos lácteos. Hubo un cierto revuelo entre las élites del país, que consideraban que la marca no solo era un motivo de orgullo nacional por su calidad, sino también un garante de la soberanía alimentaria francesa. El presidente del momento, el gaullista Jacques Chirac, hizo una declaración solemne: si esa maldita empresa estadounidense insistía en comprar ese activo estratégico, el Estado iba a tomar las medidas necesarias para impedirlo, incluida la nacionalización.

En ese momento, la resistencia de Francia al capitalismo anglosajón parecía una antigualla. Los reguladores de la competencia económica de la Comisión Europea murmuraban sobre la testarudez de los franceses. Y años más tarde, The Economist aún se reía de lo que llamó el "yogur estratégico".

Pero por ironías de la vida, ahora todos somos franceses y nos dedicamos a proteger nuestros sectores estratégicos. A veces sí son realmente estratégicos, como en el caso de los chips. Pero en muchos otros no lo son más que los yogures.

Las series de la tele también son estratégicas

A finales del año pasado, Pedro Sánchez prolongó hasta 2026 un "escudo antiopas", creado durante la pandemia para proteger sectores estratégicos, que ha tenido por función principal señalizar que los intereses políticos del Gobierno mandan sobre la economía. Más recientemente, ha declarado que Telefónica y Talgo son estratégicas, y la Sepi ha entrado en su accionariado, seguramente con sobreprecio. El Gobierno también ha transmitido que la Cadena Ser y El País son estratégicos, con el fin de impedir que se hiciera con ellos un grupo conservador francés. Quizá Telefónica sea estratégica, no creo que Talgo lo sea, sin duda Prisa no lo es. Pero desde su origen estas han sido operaciones políticas para controlar consejos de administración y recompensar a aliados.

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Si el Gobierno español ha hecho esto es porque no discrepa esencialmente con la nueva doctrina de la Comisión Europea. Su idea de "autonomía estratégica" implica mucha más inversión pública, la coordinación política de algunos sectores vinculados a la defensa y la tecnología y, en cierta medida, el reconocimiento de que quizá el modelo francés de hace dos décadas fuera el correcto. Tiene sentido que eso esté sucediendo en un contexto como el actual, en el que se están produciendo dos grandes cambios geopolíticos: el distanciamiento de Estados Unidos y Europa y el auge de China.

Pero hoy, la "autonomía estratégica" sirve para defender casi cualquier cosa. Por poner solo un ejemplo: con la excusa razonable de que el Gobierno debe tener voz en el consejo de Telefónica, lo que ha acabado sucediendo es que el presidente de Movistar Plus, el canal televisivo de entretenimiento de la compañía, sea un ex secretario general de las juventudes socialistas. Si hasta las series y los late shows de un canal minoritario entran en el paquete de lo estratégico, todo es susceptible de serlo. Se trata de poder político.

Carta blanca con la excusa estratégica

El Gobierno de Trump no solo está comprando empresas. También utiliza su extraordinaria capacidad de coerción para influir en las que siguen siendo íntegramente privadas. Solo en este verano se ha metido con la fabricante de coches Jaguar porque le parecía que sus anuncios eran demasiado woke. Ha exigido a Goldman Sachs que cambiara a su economista jefe porque no le gustan sus predicciones sobre el cuadro fiscal estadounidense. Y ha insistido reiteradamente a Apple que deje de fabricar sus teléfonos en el extranjero.

Foto: propaganda-gobierno-politica-democracia-1hms Opinión

Estos son tiempos de cambio. Incluso quienes somos partidarios de una separación más nítida entre las empresas privadas y el sector público debemos reconocer que tiene sentido un mayor intervencionismo estatal en sectores estratégicos. Pero Gobiernos tan dispares como los de Sánchez y Trump han entendido eso como una carta blanca para meter sus manos en todo aquello que se les antoje con la excusa de que es estratégico. Después de décadas mirando por encima del hombro el capitalismo de Estado francés, lo estamos imitando. No es raro en el caso de los socialistas españoles. Resulta asombroso en el de los republicanos estadounidenses. Hoy, todos estamos a favor del "yogur estratégico".

Ha sido el verano del intervencionismo del Gobierno estadounidense. En junio, se hizo con una "acción de oro" de US Steel, una empresa acerera, para tener la última palabra sobre su estrategia a pesar de que ahora es de propiedad japonesa. La semana pasada, llegó a un acuerdo con dos empresas de semiconductores, Nvidia y AMD, para que den al Gobierno un 15% de las ventas de sus productos en China. Hace apenas unos días, anunció que iba a comprar un 10% de las acciones de Intel, otra empresa de chips.

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