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Los expresidentes se han convertido en una maldición para sus países
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Ramón González Férriz

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Los expresidentes se han convertido en una maldición para sus países

Zapatero tiene una pésima influencia en la política española actual. Pero también Blair, Sarkozy, Kirchner o, en el plano regional, Puigdemont, se han convertido en gente que no sabe retirarse y envenena el presente

Foto: El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE/Paco Paredes)
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. (EFE/Paco Paredes)
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Dejar el puesto. Pasar unos años en relativo silencio. Publicar unas memorias. Intentar reconvertirse en consejero, inversor o conferenciante para conseguir el dinero que no se ha ganado durante una larga carrera política. Envejecer viendo cómo crece tu fama de estadista y contemplar cómo, en el recuerdo de tus compatriotas, los errores del pasado se van difuminando, pero crece el prestigio de tus aciertos.

Esa es la vida ideal de un expresidente del Gobierno. Se trata de una experiencia difícil: por definición, los expresidentes están acostumbrados a mandar, a que los medios y los ricos les hagan mucho caso, a tener a cientos de personas a su servicio. Y, en consecuencia, pocos han conseguido comportarse así. No lo hizo Adolfo Suárez. Lo intentaron Felipe González y José María Aznar, pero ambos acabaron cediendo a la tentación de mantener su protagonismo. Mariano Rajoy va por mejor camino.

Pero hay una generación entera de expresidentes que ya no son solamente una pequeña molestia —"un jarrón chino en un apartamento pequeño", como los definió el propio González— sino un enorme lastre para sus democracias.

Lobistas internacionales

El caso más evidente es José Luis Rodríguez Zapatero. Muchos indicios señalan que actúa como lobista pagado, de manera directa o indirecta, por dos de los regímenes más represivos del mundo, Venezuela y China. Es posible que haya tenido una fuerte influencia en el posicionamiento del Gobierno español sobre la dictadura de Nicolás Maduro y que haya presionado a Pedro Sánchez para que este normalice la contratación de empresas chinas como Huawei para la gestión de cuestiones sensibles del Estado. Es un ejemplo espantoso de expresidente que utiliza sus conexiones con un Gobierno de su partido, o con el alto funcionariado, para convertirse en conseguidor de fuerzas extranjeras.

Foto: zapatero-lobista-prochino

Pero no es el único. Y, de hecho, representa una tendencia internacional. Nada más abandonar su puesto como primer ministro británico en 2007, Tony Blair se puso a trabajar para grandes empresas financieras con sueldos astronómicos, y, más tarde, creó el Tony Blair Institute for Global Change, que ha recibido encargos de regímenes como los de Arabia Saudí y Azerbaiyán. Ahora, Donald Trump ha tanteado a Blair para que se convierta en una especie de consejero delegado de la región de Gaza durante un largo periodo de transición. Para los laboristas británicos, la idea de que su exlíder pueda ser el gobernante colonial y no electo de parte de Palestina resulta letal. Las actividades de David Cameron y Boris Johnson tras abandonar su cargo —conseguidor ante el Gobierno británico de una empresa financiera el primero, intermediario entre empresas y Gobiernos árabes el segundo— son devastadoras para los conservadores. Tras abandonar su puesto, el ex canciller alemán Gerhard Schröder se convirtió en un empleado de la empresa gasística estatal rusa e incluso después de la invasión de Ucrania ha seguido siendo una especie de embajador en Europa del régimen de Vladímir Putin.

Pero al menos ninguno de los mencionados ha sido acusado seriamente o sentenciado por la Justicia. Nicolas Sarkozy, el expresidente francés, en cambio, ha sido condenado a cinco años de cárcel porque obtuvo millones de euros del régimen libio de Muammar Gaddafi para sufragar su campaña electoral. Es probable que esta condena acabe para siempre con su partido, el de los viejos gaullistas. En Argentina, la Corte Suprema de Justicia ha confirmado la condena de arresto domiciliario a Cristina Fernández de Kirchner por corrupción; hoy, como no puede salir de casa, ha convertido esta en un grotesco centro de peregrinación al que acuden fans a vitorearla mientras ella se asoma al balcón. En Brasil, la condena a Jair Bolsonaro por su intento de dar un golpe de Estado ha llevado a Donald Trump a aumentar los aranceles estadounidenses a las importaciones brasileñas. Carles Puigdemont solo fue presidente de un Gobierno regional, pero hoy toda la política catalana, y por extensión la española, está secuestrada por sus necesidades legales como fugado de la Justicia y su enorme ego.

Dinero y juventud

¿Por qué de repente los expresidentes están dispuestos a hipotecar a su propio país? Por un lado, está el auge del lobismo, una actividad que no es mala en sí misma, pero que pone a muchos exmandatarios ante las peores tentaciones. Escoger a presidentes jóvenes es muy bueno para que estos estén conectados con el sentir de sus sociedades mientras gobiernan, pero su vida como ex les resulta insoportablemente larga y muchos, para combatir el aburrimiento, generan el caos. Quizá los presidentes ganen poco y salgan del cargo obsesionados con el lujo del que nunca han disfrutado y la herencia que quieren dejar a sus hijos. Quizá muchos se hayan convertido en simples influencers obsesionados con que su presencia digital siga siendo relevante.

Sea como sea, tenemos un problema. Los expresidentes ya no asumen su papel de viejos estadistas que reparten consejos y reciben dinero de empresas nacionales, editoriales y fundaciones. Quieren ser más. A causa de ello, se han convertido en fuerzas incontrolables que generan caos en el plano doméstico y corrupción en el internacional. No son la fuente de nuestros males, pero sin duda están contribuyendo a ellos.

Dejar el puesto. Pasar unos años en relativo silencio. Publicar unas memorias. Intentar reconvertirse en consejero, inversor o conferenciante para conseguir el dinero que no se ha ganado durante una larga carrera política. Envejecer viendo cómo crece tu fama de estadista y contemplar cómo, en el recuerdo de tus compatriotas, los errores del pasado se van difuminando, pero crece el prestigio de tus aciertos.

José Luis Rodríguez Zapatero Tony Blair
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