El concierto de Milei, la flotilla y la política como espectáculo
La política es hoy una mezcla de 'reality show' y tertulia. Los representantes parecen creer que su trabajo no consiste en gestionar lo público, sino en mantener a la audiencia enganchada y dividirnos entre fans y 'haters'
El presidente de Argentina, Javier Milei, ofrece un concierto de rock. (EFE/Juan Ignacio Roncoroni)
"Dame fuego, dame el fuego de tu amor", cantaba la estrella, con el pelo revuelto y enfundado en una chaqueta de cuero. Era en el estadio Movistar Arena de Buenos Aires. Sobre el escenario, estallaban fuegos artificiales. 15.000 espectadores rugían, entusiasmados. Lo normal en cualquier concierto de rock. Si no fuera porque la estrella era el jefe del Estado.
Durante su mandato, Javier Milei ha obrado dos milagros. En marzo del año pasado, la inflación era del 287%; hoy es del 33,6%. La tasa de pobreza ha caído del 42% al 32%. Pero su hermana y jefa de gabinete está acosada por un escándalo de corrupción, el crecimiento económico se ha ralentizado, el desempleo ha aumentado y en el país se vuelve a hablar de viejos problemas como la tasa de cambio del peso con el dólar; de hecho, va a tener que recurrir a un rescate temporal de Estados Unidos. El partido de Milei sufrió una derrota humillante ante los peronistas en las elecciones locales de Buenos Aires, y las perspectivas no son buenas para las legislativas de finales de este mes; si en ellas La Libertad Avanza no logra ampliar su pequeño grupo parlamentario, es posible que la agenda del presidente se vuelva inviable.
¿Cómo responder a esta difícil situación política? Protagonizando un concierto de rock en el que, además de cantar, Milei proyectó un vídeo en el que aparecía como un personaje de La guerra de las galaxias que se enfrentaba a los ataques de la prensa.
Milei es el político más excesivo de la nueva generación de mandatarios: pocos como él se atreven a cantar en público o a presentarse diciendo "yo soy el león", por no hablar de la dichosa motosierra. Pero, en realidad, sus tácticas ya son las propias de toda la política actual. Los poderosos siempre han querido llamar la atención de los ciudadanos comunes mediante la pompa del Estado, la gran oratoria o el glamour personal. Pero ahora han decidido convertirse en meros showmen un poco cutres. Su misión, parecen creer, no consiste en gestionar lo público, sino en mantenernos enganchados a las pantallas.
Milei da un concierto de rock en medio de una tormenta política en Argentina
No solo Milei
Cuando, hace un año y medio, Pedro Sánchez supo que toda su actividad presidencial futura estaría condicionada por la presunta corrupción de varias personas de su entorno, decidió recuperar la iniciativa con un truco de culebrón: proclamó su amor a su esposa, dejó durante cinco días a la población preguntándose si su tristeza era tal que renunciaría su cargo, y luego regresó como el héroe melodramático que ha recuperado sus fuerzas. Donald Trump lleva décadas utilizando con talento los medios para construir su perfil político, y de hecho se hizo enormemente popular como presentador de un reality show; como presidente, se comporta siguiendo los mismos cánones. Cuando, en el Despacho Oval, se generó una situación de enorme tensión con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, lo primero que dijo Trump fue: "Esto va a quedar muy bien en la tele". El mes pasado inició unas obras de 200 millones de dólares en la Casa Blanca porque le parece que le hace falta un plató a su altura: una sala de baile con dorados y capacidad para albergar a casi 1.000 personas. Quien quizá sea el próximo primer ministro de Reino Unido, Nigel Farage, cobra directamente de una cadena de televisión en la que fusiona su papel como político con el de tertuliano. Y la de tertuliano parece ser también la profesión preferida de nuestros expolíticos —de Ramón Espinar a Pablo Iglesias; de Cristina Cifuentes a Noelia Núñez—, probablemente porque no le ven ninguna diferencia real a los dos trabajos: los dos, creen, consisten en decir muchas cosas que enfaden a los rivales y te hagan más popular a ti.
El arte de convertir la política en un entretenimiento ha llegado a su extremo macabro con la flotilla a Gaza. Por justa que fuera su causa, sus tripulantes han conseguido convertirse en los actores protagonistas de la trama, dejando como meros secundarios a los palestinos. No han logrado mejorar en nada la condición de estos, pero han generado un espectáculo adictivo para los medios y los espectadores. Es probable que Ada Colaurelance su carrera política gracias a la notoriedad recuperada. Otro tripulante era un concejal casi desconocido del Ayuntamiento de Barcelona por ERC; hoy es una fugaz celebridad local. Otra, Hanan Alcalde, dice tantas estupideces sobre Hamás e Israel que ha conseguido que los medios se peleen por contar con su presencia. En eso hemos convertido una de las mayores tragedias de nuestro tiempo y la muerte de decenas de miles de inocentes. En una mezcla de reality y tertulia.
Los políticos utilizan las técnicas del entretenimiento por una razón muy sencilla: es más fácil motivar a sus seguidores con trucos de showman que gestionar problemas reales y complejos. Si quieren generarpolarización que les beneficie electoralmente, lo más rentable para ellos es olvidar los matices ideológicos y hacer que la sociedad no se componga simplemente de ciudadanos con distintas opiniones legítimas, sino que se divida entre fans y haters.
Es un recurso odioso, pero estamos picando todos. La consecuencia es fácilmente predecible: estaremos muy entretenidos, pero todo lo demás va a ir a peor.
"Dame fuego, dame el fuego de tu amor", cantaba la estrella, con el pelo revuelto y enfundado en una chaqueta de cuero. Era en el estadio Movistar Arena de Buenos Aires. Sobre el escenario, estallaban fuegos artificiales. 15.000 espectadores rugían, entusiasmados. Lo normal en cualquier concierto de rock. Si no fuera porque la estrella era el jefe del Estado.