Dick Cheney fue una bisagra entre la vieja y la nueva derecha
Pasó del conservadurismo tradicional a anticipar muchos rasgos del trumpismo, como la concentración del poder en el presidente. La historia le recordará sobre todo por el fracaso de la guerra de Irak. Pero su vida encierra más lecciones
El exvicepresidente de EEUU Dick Cheney. (Reuters/Archivo/Jason Reed)
DickCheney, que falleció el pasado lunes a los 84 años, tuvo una larga y cambiante carrera. Fue primero un conservador tradicional; más tarde, anticipó algunos de los rasgos que caracterizan al partido republicano actual. Pero al final de sus días se opuso al trumpismo con un extraño vigor. Encarnó casi todas las contradicciones de nuestro tiempo.
Cuando, en 2000, George W. Bush le escogió como vicepresidente, Cheney llevaba tres décadas como político en Washington. Había trabajado para Nixon y con 34 años se había convertido en jefe de gabinete del presidente Gerald Ford gracias a un tesón incomparable. Fue congresista y más tarde secretario de defensa con Bush padre. Era un conservador muy, muy duro que siempre estuvo en el lado más derechista de su partido. Pero, al mismo tiempo, era un hombre discreto, capaz de llegar a acuerdos con la izquierda. No fue la primera opción de Bush hijo para la vicepresidencia, pero una vez le escogió, y ganó las elecciones, le dio un poder casi ilimitado.
En parte, porque después de esa larga experiencia sabía cómo funcionaba el poder en Washington mucho mejor que Bush, cuya única experiencia política habían sido sus cinco años como gobernador de Texas. A diferencia de la mayoría de presidentes, que dan a sus vicepresidentes competencias sobre un puñado de cuestiones concretas, este le dio capacidad de mando en todos los aspectos de la gobernanza. Era casi un copresidente. Muchos creen que el conservador rocoso pero pragmático cambió para siempre a causa de los atentados del 11-S.
Quien había sido un eficaz soldado del partido republicano se convirtió en su líder en la sombra. El verdaderoideólogo del Gobierno. Como los trumpistas de hoy, pensaba que los presidentes habían perdido demasiado poder a manos de los jueces y el Congreso, y estaba convencido de que, como había dicho Nixon, si un presidente decidía llevar a cabo una acción, esta pasaba automáticamente a ser legal. Creía, por lo tanto, que un presidente podía declarar la guerra por sí mismo, sin apoyo de los legisladores. Y que Estados Unidos debía actuar de manera unilateral y no someterse a las leyes internacionales de derechos humanos. También utilizó la mentira de una manera increíblemente eficaz. Como dijo uno de sus subordinados en la Casa Blanca para desacreditar la ambición de objetividad de la prensa, "ahora somos un imperio, y cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad".
Cheney pasará a la historia por la manera en que todos estos rasgos personales se concentraron en una decisión: la de convencer al presidente Bush de que invadiera Irak y derrocara a Saddam Hussein. Le dijo que los soldados estadounidenses serían recibidos en las calles "como liberadores" y que sería una guerra corta. Durante décadas había ido reclutando a leales que colocó en todos los departamentos claves del Gobierno de Bush, y gracias a ello consiguió todos los informes que necesitaba para ratificar su optimista visión de la guerra. Consiguió someter a quienes tenían reticencias. Y contó al mundo dos mentiras flagrantes: que Hussein había colaborado con al-Qaeda en los atentados de Nueva York y que estaba haciendo acopio de armas de destrucción masiva. En Estados Unidos funcionó: todo el establishment —incluidos Barack Obama, Hillary Clinton y los grandes medios progresistas— apoyó la guerra. Trump, que en ese momento era un tipo irrelevante, se opuso a ella. Pero la guerra fue una catástrofe. No solo porque acabó con la vida de cientos de miles de personas y sumió a Irak en el desgobierno durante más de una década. Sino porque generó innumerables traumas que acabaron facilitando que Trump se apoderara del partido y, más tarde, de la presidencia.
Cheney fue una bisagra. Fue un conservador tradicional, respetuoso con las instituciones y los acuerdos entre partidos. Pero durante su vicepresidencia trabajó para que el Ejecutivo se convirtiera en un poder no sometido a ningún control legal ni legislativo y que el presidente deviniera una especie de dictador temporal. Dijo defender los valores tradicionales de Estados Unidos, pero autorizó la tortura, la detención arbitraria y el espionaje de sus compatriotas.
Al final de su vida se enfrentó duramente a Trump. Dijo que "nunca ha existido un hombre que represente una mayor amenaza para nuestra república que Donald Trump". Este dijo que Cheney era el "rey de infinitas y estúpidas guerras que malbarataron vidas y billones de dólares". Cuando se produjo este choque, muchos pensaron que Cheney representaba aún al viejo partido republicano, duro pero con fuertes convicciones liberales, implacable pero con valores.
Es tentador recordarle así. Pero su legado es mucho más complejo y oscuro y define muchos de los dilemas actuales sobre el reparto de poder entre los presidentes y los otros poderes del Estado, sobre las líneas rojas que estamos dispuestos a sacrificar para garantizar nuestra seguridad y la manera en que la inestabilidad de Oriente Medio puede contagiar al resto del mundo.
Cheney fue el vicepresidente más poderoso de la historia de Estados Unidos. Durante un tiempo ejerció una poderosa atracción entre el puñado de líderes del Partido Popular que quisieron arrastrar a este hacia el neoconservadurismo. Hoy la ejerce sobre los pocos de Vox que recuerdan quién fue. Su legado está en el centro de nuestro malestar.
DickCheney, que falleció el pasado lunes a los 84 años, tuvo una larga y cambiante carrera. Fue primero un conservador tradicional; más tarde, anticipó algunos de los rasgos que caracterizan al partido republicano actual. Pero al final de sus días se opuso al trumpismo con un extraño vigor. Encarnó casi todas las contradicciones de nuestro tiempo.