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Francisco José Dacoba Cerviño

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Europa ya no tiene quien la rapte

Es hora de madurar y buscar un camino propio, sin tutelas ajenas. Hay que pasar a la acción, pero esto es más fácil de decir que de poner en práctica dadas las circunstancias internas en la Unión Europea

Foto: El economista y político Mario Draghi recibe el Premio Princesa de Asturias. (EFE)
El economista y político Mario Draghi recibe el Premio Princesa de Asturias. (EFE)

Cuenta la mitología griega que Zeus, prendado de la belleza de la princesa Europa, hija del rey Agenor de Tiro, adoptó la apariencia de un inofensivo toro blanco con la que engañó a la joven mientras jugaba con otras muchachas en los jardines de palacio y la raptó. Su padre, desconsolado, acudía cada tarde a presenciar la puesta del sol desde las playas del levante mediterráneo al tiempo que repetía, una y otra vez, el nombre de su querida hija, tratando de divisarla más allá del horizonte.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, mientras media Europa se vio condenada a vivir durante décadas bajo el dictado de Moscú, la otra media pudo disfrutar de las jugosas, e interesadas, inversiones norteamericanas que financiaron la reconstrucción de un continente reducido a escombros. Para lo que se vino en denominar Europa Occidental comenzaba un largo y fructífero período de alineamiento con los Estados Unidos. Un matrimonio de mutua conveniencia que se ha mantenido hasta nuestros días, pero que no está pasando por sus mejores momentos.

Para afrontar la amenaza existencial que suponía la Unión Soviética, la Europa libre se acogió al paraguas protector que brindaba Washington a través de la OTAN. En la práctica lo que sucedió es que las capitales europeas externalizaron su Seguridad, dejándola en manos del amigo norteamericano. Y, afortunadamente, este vínculo trasatlántico salió finalmente victorioso de su enfrentamiento con el bloque detrás del Telón de Acero. Con el colapso de la URSS se abre un período de inusitado optimismo en Europa. La nueva Rusia pasa a tener oficina abierta en la sede de la OTAN en Bruselas y, conjurado definitivamente el fantasma de la guerra en el viejo continente, se produce la segunda gran externalización: el gas y el petróleo rusos, baratos y cercanos, alimentaron, hoy sabemos que de forma temeraria, la maquinaria industrial europea, especialmente la de Alemania.

La impresionante transformación de la República Popular China, que en apenas un par de décadas ha pasado de la postración en la que la dejó Mao a ser ya, indiscutiblemente, la otra gran potencia global, ha concitado todo el interés de las sucesivas Administraciones en la Casa Blanca, que han identificado al renacido coloso asiático como su principal y más acuciante prioridad. Europa ha dejado de ser, así, la bella princesa deseada por Washington y ha transitado, casi sin darse cuenta, de la euforia de los años 90 al estupor de ver cómo, con la guerra de nuevo en suelo europeo, un retornado Donald Trump cuestiona abiertamente el tradicional compromiso con la seguridad de los aliados o, en el mejor de los casos, lo condiciona a un aumento más que sustancial de los gastos en Defensa a este lado del Atlántico. Y del estupor a la melancolía no hay más que un paso si en Bruselas y en el resto de capitales no se adoptan medidas excepcionales, tan excepcionales como la naturaleza del desafío al que nos enfrentamos.

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El diagnóstico de los males de Europa está hecho, y muy bien hecho, y esto es una buena noticia pues esto es condición indispensable para aplicar la terapia adecuada. Europa vive desde hace ya algunos años una policrisis social, energética, económica, política y de capacidades militares. Las medidas que se deben adoptar también están correctamente identificadas. En el pasado año 2024 hasta tres informes sucesivos, exhaustivos, elaborados por E. Letta, M. Draghi y S. Niinistö coincidían en sus recomendaciones: profundizar en la integración de los mercados y del sistema bancario, afrontar la integración fiscal, reducir burocracia, contener la brecha tecnológica y de innovación con respecto al resto de actores globales o avanzar en lo tocante a Seguridad y Defensa, entre otras. Pero la medida más trascendental, a la par que inaplazable, es la de modificar el sistema de gobernanza de esta Unión Europea compuesta ya por 27 socios y que pretende seguir ampliándose. Una gobernanza paralizada por la exigencia de unanimidades y sometida a la capacidad de veto de los Estados miembros. Una reforma de los Tratados, que de eso se trata en última instancia, que no se abordó cuando hubiera sido, tal vez, más factible, pero que ahora, en un escenario de fragmentación y falta de cohesión, se antoja muy difícil si no imposible.

Uno de los autores citados, Mario Draghi, pronunció recientemente un breve pero interesante discurso al recibir el premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2025 en el que expresó su propuesta de reforma de, precisamente, la gobernanza de la UE. Esta propuesta consiste, en palabras de Draghi, en "viajar del actual modelo de confederación al de un nuevo federalismo pragmático". Pragmatismo para identificar áreas en las que algunos Estados miembros estén interesados en profundizar, sin necesidad de que otros socios se vean obligados a adherirse o a bloquear. Una visión posibilista, sí, pero que consagra el principio de la Europa de varias velocidades.

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El desafío para la Unión es, sin lugar a dudas, el más grave en su ya largo proceso de integración. Comenzaba Draghi su discurso afirmando que "las perspectivas para Europa son las más difíciles que yo recuerde", palabras que viniendo de alguien con tan cualificada experiencia merecen, cuando menos, una profunda reflexión. La inacción, pues, no parece ser una opción, pero los intereses encontrados de los socios, las diferentes culturas estratégicas y las profundas discrepancias políticas justifican la preocupación (otros nos apuntamos más bien al pesimismo) que se desprende de las palabras de Mario Draghi.

Europa ya no tiene quien la rapte, como antaño. Es hora, pues, de madurar y buscar un camino propio, sin tutelas ajenas. Hay que pasar a la acción, pero esto es más fácil de decir que de poner en práctica dadas las actuales circunstancias internas en la Unión Europea.

*Francisco José Dacoba Cerviño, General de Brigada (r) ET y exdirector general del Instituto de Estudios Estratégicos.

Cuenta la mitología griega que Zeus, prendado de la belleza de la princesa Europa, hija del rey Agenor de Tiro, adoptó la apariencia de un inofensivo toro blanco con la que engañó a la joven mientras jugaba con otras muchachas en los jardines de palacio y la raptó. Su padre, desconsolado, acudía cada tarde a presenciar la puesta del sol desde las playas del levante mediterráneo al tiempo que repetía, una y otra vez, el nombre de su querida hija, tratando de divisarla más allá del horizonte.

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