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La UE, estrangulada entre la geopolítica y la geoeconomía
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La UE, estrangulada entre la geopolítica y la geoeconomía

La pugna entre potencias traslada la rivalidad a tarifas, subsidios y recursos críticos, desacelera el comercio y eleva riesgos financieros, mientras Europa evalúa usar su mercado y tecnologías como palancas estratégicas

Foto: Foto de familia del Consejo Europeo. (Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa)
Foto de familia del Consejo Europeo. (Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa)
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En la economía internacional, las fronteras entre lo político y lo económico siempre son borrosas, y más aún estos tiempos. Las tensiones comerciales, las restricciones tecnológicas y la fragmentación de los flujos de inversión configuran un escenario en el que los mercados ya no operan bajo la lógica del libre intercambio, sino bajo la de la rivalidad estratégica. La globalización no ha desaparecido, pero ha mutado: hoy se define por la competencia entre grandes potencias que utilizan los instrumentos económicos —desde los aranceles y subsidios hasta las cadenas de suministro o el acceso a la energía o los minerales críticos — como armas de poder. Vivimos una economía en la que cada decisión comercial es también un acto político.

La diferencia entre geopolítica y geoeconomía, aunque teórica, resulta esencial para entender este momento histórico. La primera responde a los imperativos territoriales de los Estados —quién controla qué, con qué medios y bajo qué alianzas—, mientras que la segunda traduce esa misma competencia al terreno de los flujos. Si la geopolítica se expresa a través de la fuerza, la disuasión o el control del espacio, la geoeconómica lo hace mediante tarifas, sanciones o subsidios. Como recordaba Edward Luttwak, la lógica de la guerra se ha transformado en la gramática del comercio. En el fondo, la geoeconómica no es más que una extensión de la misma lucha por la primacía política y militar que ha caracterizado a los estados, solo que con instrumentos económicos.

Esta tensión define el presente. La llamada "era del desacoplamiento" entre Estados Unidos y China simboliza ese giro. Las disputas comerciales, las restricciones tecnológicas y la competencia por las materias primas críticas no solo alteran las cadenas de valor, sino que reconfiguran la arquitectura misma del sistema económico mundial. Lo que comenzó como una guerra de aranceles se ha convertido en una pugna estructural por la hegemonía en la economía del siglo XXI: inteligencia artificial, semiconductores, energía verde y control de infraestructuras.

A este trasfondo se suma una creciente sensación de desconcierto macroeconómico. Como advertía recientemente el analista Tej Parikh en el Financial Times, los mercados y las previsiones se mueven entre señales contradictorias. Las bolsas y el oro suben al mismo tiempo, reflejando un extraño equilibrio entre apetito de riesgo y temor a la incertidumbre. Los bancos centrales exhiben divisiones internas sobre el rumbo de la política monetaria, y los analistas discrepan cada vez más sobre las perspectivas de crecimiento. La economía global parece vivir, en sus palabras, en un estado "cuántico": resistente y frágil al mismo tiempo.

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Las causas son múltiples. Por un lado, los datos económicos son cada vez menos fiables —con encuestas incompletas y estadísticas sujetas a revisión—, lo que alimenta la confusión. Nadie sabe realmente qué impacto va a tener la IA en la productividad. Por otro lado, las tensiones políticas y el uso estratégico de las políticas económicas están rompiendo el consenso macroeconómico de las últimas décadas. La incertidumbre se ha convertido en política: la imprevisibilidad es hoy un instrumento deliberado de poder, y Donald Trump es el mayor exponente de esta tendencia.

A ello se suma un factor estructural que el Fondo Monetario Internacional subraya con insistencia en su World Economic Outlook de octubre de 2025: la economía global se está desacelerando no solo por el ciclo, sino por un lento estrangulamiento derivado de las políticas proteccionistas. Las restricciones comerciales y el aumento de las barreras no arancelarias están reduciendo el dinamismo internacional. El dato es elocuente: a finales de 2024 la economía mundial crecía un 3,6 %, pero al cierre de 2025 lo hará apenas al 2,6 %. El comercio internacional, que un año antes se expandía al 3,5 %, se moderará hasta el 2,9 % en el bienio 2025–26.

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Según el FMI, este retroceso es el resultado de un entorno en el que "las reglas de la economía global están en flujo". Los nuevos aranceles estadounidenses, las restricciones a la inmigración y los recortes de ayuda internacional están alterando las previsiones de crecimiento y debilitando los flujos de inversión. Aunque algunos ajustes y acuerdos posteriores al Día de la Liberación de Trump suavizaron los extremos iniciales, la incertidumbre sobre el rumbo de la política económica —en especial en Estados Unidos— ha pasado a ser el principal freno de la actividad global.

El informe también destaca que el aparente vigor de la primera mitad de 2025 —con una inflación contenida en Asia y estable en EEUU— se debió a factores temporales, como la anticipación de inversiones y el almacenamiento de bienes. Al desaparecer esos estímulos, emergen señales de enfriamiento: los mercados laborales se debilitan y los precios comienzan a reflejar el impacto de los aranceles en el consumo interno norteamericano. Eso explica que Trump haya reducido los aranceles a alimentos básicos como las bananas, el café y la carne de ternera. Y es muy posible que reduzca más los aranceles antes de que llegue la Navidad.

Más preocupante aún es que esta desaceleración viene acompañada de un deterioro en los fundamentos del orden económico internacional. La fragmentación comercial erosiona la productividad y amplifica la desigualdad entre regiones. Los países dependientes de exportaciones manufactureras o de materias primas —especialmente en el Sur Global— afrontan la doble presión de una menor demanda externa y un endurecimiento de las condiciones financieras. A la vez, la política fiscal expansiva en las principales economías, junto con la erosión de la independencia de los bancos centrales, plantea un riesgo añadido de inestabilidad.

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Los riesgos se extienden además por arriba y por abajo, al terreno financiero y al control de recursos críticos. Según Gita Gopinath, hasta hace poco la vicedirectora del FMI, un golpe de confianza en el mercado bursátil estadounidense tan sobrevalorado, con hogares e inversores extranjeros muy expuestos al mismo, podría desatar una corrección brutal. No se puede excluir una caída similar a la de la "crisis punto.com", que podría eliminar más de 20 billones de dólares de riqueza estadounidense, y ocasionar pérdidas de hasta 15 billones de dólares para inversores foráneos, una corrección de 35 billones (sí, billones con b) con impactos globales profundos en demanda y crecimiento. Esta fragilidad financiera, sumada a la concentración de capital y el debilitamiento de la confianza institucional en la Reserva Federal de los Estados Unidos, convierte cualquier shock inesperado en una potencial crisis mundial.

Ese temor se entrelaza con un nuevo movimiento estratégico de China: Pekín ha ampliado sus controles sobre las exportaciones de tierras raras, exigiendo que firmas extranjeras que usen materiales chinos o tecnologías vinculadas cumplan sus licencias. Este órdago, que ha hecho que Trump tuviese que recular en su ofensiva con Beijing, es una señal clara de que las cadenas globales ya no solo están sujetas a barreras arancelarias, sino a regulaciones de acceso sobre recursos imprescindibles para semiconductores, energías limpias e industrias de alta tecnología. Esto refuerza la noción de que los chokepointspuntos de estrangulamiento en la economía global— no son solo físicos (canales marítimos, rutas energéticas) sino también tecnológicos, industriales y reglamentarios.

Ese es el modelo que Edward Fishman explora en su libro Chokepoints: American Power in the Age of Economic Warfare, donde argumenta que Estados Unidos ha convertido estos puntos de control —desde el dominio del dólar al acceso a chips e infraestructura financiera— en armas de disuasión y coerción.

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En este nuevo tablero, la Unión Europea no puede seguir siendo espectadora. Si EEUU y China usan sus chokepoints para intimidar, la UE debe empezar a descubrir y desplegar los suyos. Uno de los más poderosos ya lo tiene: el mercado único europeo y el acceso al mismo. Otro potente sería limitar la exportación de motores y equipos aeronáuticos, donde Europa todavía domina. Tobias Gehrke y Janka Oertel, del European Council on Foreign Relations, tienen un buen listado de potenciales puntos de estrangulamiento europeos. La fase estratégica que viene para Europa no es solo preservar la autonomía, sino ejercerla. Identificar esos chokepoints —los nodos en los cuales Europa tiene ventaja estructural— y usarlos como instrumentos negociadores, o incluso armas de disuasión, puede darle más voz en el reordenamiento global. No como jugador reactivo, sino como poder activo en una era marcada por la geopolítica y la geoeconomía.

Miguel Otero Iglesias es investigador principal en el Real Instituto Elcano y profesor y director de investigación en la IE University

En la economía internacional, las fronteras entre lo político y lo económico siempre son borrosas, y más aún estos tiempos. Las tensiones comerciales, las restricciones tecnológicas y la fragmentación de los flujos de inversión configuran un escenario en el que los mercados ya no operan bajo la lógica del libre intercambio, sino bajo la de la rivalidad estratégica. La globalización no ha desaparecido, pero ha mutado: hoy se define por la competencia entre grandes potencias que utilizan los instrumentos económicos —desde los aranceles y subsidios hasta las cadenas de suministro o el acceso a la energía o los minerales críticos — como armas de poder. Vivimos una economía en la que cada decisión comercial es también un acto político.

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