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La patronal de empresas familiares alemanas ya sabe qué debemos hacer con la derecha radical
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Ramón González Férriz

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La patronal de empresas familiares alemanas ya sabe qué debemos hacer con la derecha radical

En pocas semanas, la poderosa asociación de pymes alemanas y el grupo parlamentario popular europeo han dado pasos para acabar definitivamente con los cordones sanitarios frente a la derecha radical. Era inevitable

Foto: El Bundestag, el Parlamento aleman. (Reuters/Nadja Wohlleben)
El Bundestag, el Parlamento aleman. (Reuters/Nadja Wohlleben)
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"Mittlestand" es la palabra con la que los alemanes denominan a las pequeñas y medianas empresas. Durante décadas, han sido el orgullo del país: producen bienes robustos, por ejemplo lavadoras Miele o bolígrafos Lamy, se endeudan poco, innovan mucho y dan vida y trabajo a incontables pequeñas ciudades. Por eso, los sucesivos Gobiernos alemanes han mimado el Mittlestand; en muchos casos, han adaptado las leyes laborales y los flujos inmigratorios a sus necesidades, y han basado en ellas una cultura de la exportación y la productividad.

Sin embargo, Die Familienunternehmer, la Asociación de Empresas Familiares, que reúne a 6.500 de estas organizaciones y siempre ha formado parte del establishment político-económico, acaba de provocar un escándalo que es muy elocuente del momento político que vive Europa. En octubre, celebró uno de sus habituales encuentros en el Bundestag, el Parlamento de Berlín, durante los cuales sus miembros se reúnen informalmente con los diputados. Durante años, la Asociación optó por no tener relación alguna con los miembros de Alternativa por Alemania (AfD). Pero en esta ocasión, por primera vez, invitó a varios. Cuando se supo, una parte importante de la opinión pública se quedó en shock.

Para explicar por qué la Asociación había roto el tradicional veto a esta formación, su presidenta, Marie-Christine Ostermann, publicó un artículo en LinkedIn. Estaba lleno de ideas juiciosas: dijo que la Asociación rechaza la visión del mundo que tiene AfD, que cree este no es un partido apto para gobernar y que no desea que entre en ningún Gobierno de coalición. Pero aseguró también que "la indignación ha dejado de servir como estrategia política. Ahora lo único útil es confrontar las ideas de AfD, más allá de meras categorizaciones de ‘bien’ y ‘mal’". ¿Cómo pueden los empresarios —dijo— negarse a dialogar con un partido que cuenta con alrededor del 25% de los votos?

La decisión de la Asociación no es ajena a la situación económica del país: hoy, las empresas chinas son una competencia real del Mittlestand, algo impensable hace una década; Alemania tiene muchas más dificultades para exportar y buena parte de la derecha tradicional está decepcionada con el Gobierno de Friedrich Merz, que por el momento no ha sido capaz de sacar adelante las reformas prometidas. Pero también es una muestra de que incluso en Alemania se está produciendo un lento y doloroso reconocimiento de que la nueva derecha es una realidad estructural, que no puede seguir abordándose como algo pasajero que acabará desapareciendo si se ignora.

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Otra muestra de este proceso que parece ya imparable se produjo a un nivel superior. Al mismo tiempo que Alemania discutía agriamente sobre este resquebrajamiento del cordón sanitario nacional, en el Parlamento Europeo, el centroderecha tradicional, liderado por un alemán, rompía con sus socios centristas tradicionales para sacar adelante un recorte de las regulaciones verdes que contó con el apoyo de los conservadores duros y la derecha radical. Los líderes del Partido Popular europeo afirman que no negociaron nada directamente con los grupos que están a su derecha, sino que hicieron su propuesta y estos se limitaron a apoyarla. Es muy dudoso. Y, además, eso significa que se ha abierto una puerta. Y que es muy probable que en el futuro esta se utilice con frecuencia: ahora que el cordón sanitario "ha caído", dijo el portavoz de Patriotas, el grupo en el que está Vox, sus miembros están dispuestos a seguir desmontando el Green Deal junto al centroderecha, y además quieren ir más allá y pactar otras cuestiones, por ejemplo las migratorias.

Un destino (casi) inevitable

En España, el PP no dudó un segundo en pactar con Vox en ayuntamientos y comunidades autónomas. En el resto de Europa, durante más de dos décadas se ha debatido con mucha insistencia sobre la conveniencia política, y la idoneidad moral, de crear Gobiernos de coalición con la derecha radical o, siquiera, de hablar con ella en los parlamentos y las organizaciones de la sociedad civil. Al final, el resultado ha sido el mismo: hoy, esa derecha radical forma parte del establishment; en Alemania, el proceso es más lento por razones históricas y culturales obvias. Pero ese rechazo se está resquebrajando, también en la política local.

Foto: merz-elecciones-alemanas Opinión

Si son lectores de esta columna, conocen mi opinión: deseo que a la derecha radical le vaya muy mal, y creo que, como es evidente que los cordones sanitarios no funcionan, hay que intentar arrastrarla hacia el sistema. Eso no significa darle la razón. Porque en muchas cuestiones no la tiene. Significa que hay que intentar evidenciar la inmensa brecha que existe entre sus grandilocuentes denuncias y su escasez de ideas efectivas para solucionar problemas. La explicación de Ostermann, de la Asociación de Empresas Familiares, de qué pretende con el diálogo entre empresas y radicales es impecable: "Cuando descubres por ti mismo que los políticos de AfD, bajo sus llamativos titulares, carecen casi por completo de sustancia o muestran ideas totalmente contradictorias, la atracción del partido se evapora. Pero para conseguir eso tienes que dialogar con los políticos de AfD. Y eso es justo lo que hemos decido hacer".

"Mittlestand" es la palabra con la que los alemanes denominan a las pequeñas y medianas empresas. Durante décadas, han sido el orgullo del país: producen bienes robustos, por ejemplo lavadoras Miele o bolígrafos Lamy, se endeudan poco, innovan mucho y dan vida y trabajo a incontables pequeñas ciudades. Por eso, los sucesivos Gobiernos alemanes han mimado el Mittlestand; en muchos casos, han adaptado las leyes laborales y los flujos inmigratorios a sus necesidades, y han basado en ellas una cultura de la exportación y la productividad.

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