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Ramón González Férriz

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La mejor noticia posible de la peor manera posible

El fin del chavismo sería una gran noticia. Pero la transición será muy dura para los venezolanos. Y el método empleado refleja la cosmovisión según la cual las grandes potencias tienen derecho a todo en sus zonas de influencia

Foto: Mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. (REUTERS/Maxwell Briceno)
Mural del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. (REUTERS/Maxwell Briceno)
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Venezuela inventó las dictaduras del siglo XXI. El régimen de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro permitía la oposición, pero solo hasta que decidía prohibir candidaturas o encarcelar líderes. Aceptaba los medios críticos, hasta que los cerraba con argumentos risibles. Celebraba elecciones, pero trucaba los resultados cuando se le antojaba necesario. Acabó con la independencia judicial, capturó el Estado, destruyó la seguridad jurídica y dio al ejército poderes propios del mundo civil. Gestionó la economía con una mezcla perfecta de maldad e incompetencia, y destruyó la riqueza a un ritmo con pocos precedentes en tiempos de paz. Vulneró sistemáticamente los derechos humanos. Convirtió la vida pública en un espectáculo grotesco y folclórico.

El régimen fue indistinguible de una mafia. Su caída sería una de las mejores noticias imaginables para el mundo. El modo en el que ha sucedido, mediante el bombardeo de una potencia extranjera y el secuestro de Maduro y su familia, es el peor posible.

Inestabilidad y precedentes

Por dos razones. La primera es la inestabilidad en la que probablemente se sumirá ahora Venezuela. Su ejército ha sido humillado. El régimen sigue teniendo partidarios, en muchos casos armados. El vencedor legítimo de las pasadas elecciones, Edmundo González, vive en el exilio y es muy mayor. María Corina Machado tiene una inmensa legitimidad moral, pero no electoral. Delcy Rodríguez, la vicepresidenta del régimen, de la que en algunos momentos se habló como un puente entre la salida de Maduro y la celebración de unas elecciones limpias, está hoy en Moscú y es dudoso que vuelva si no es con el apoyo de Estados Unidos. Estados Unidos tampoco va a desplegar tropas en Venezuela para mantener el orden y es dudoso que tenga un sólido plan para el día después. Incluso quienes celebren la intervención de Donald Trump deben reconocer que el pueblo de Venezuela es la última de sus preocupaciones. Es imposible saber qué sucederá mañana, pero es improbable que, sea lo que sea, suceda con un mínimo de legitimidad democrática y sin violencia.

La segunda razón es, si cabe, de más largo alcance. Esta clase de movimientos no son nuevos en la política exterior de Estados Unidos: recordemos las invasiones de Granada o Panamá en los años ochenta. Pero este caso reafirma la visión del mundo de Trump, según la cual Estados Unidos tiene derecho a imponer regímenes, apropiarse de tierras y dictar políticas en todo el continente americano. Según esta visión, las demás incursiones en la región son ilegítimas, también cuando las lleva a cabo su aliada RusiaVladimir Putin era uno de los grandes socios de Maduro— o de China —que quiere crecer en Latinoamérica mediante la inversión, el control de materias primas y exportaciones que compensen los aranceles estadounidenses—. Pero, del mismo modo que obra así en lo que cree que es su dominio natural, Trump reconoce el derecho de intervención en Europa a Rusia, que podría apropiarse de recursos y territorios de su flanco oriental e intervenir en la política y la deliberación pública de los países de la Unión Europea. Y también le da derechos imperiales a China, que si quiere podría apoderarse de Taiwán, decidir sobre el régimen de Corea del Norte y decidir como le parezca su presencia en el Asia Central. Oriente Medio sería solamente el resultado del equilibrio entre Israel, por un lado, y los países de la Península Arábiga, por el otro.

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Los demás países del mundo tendrían que limitarse a observar las decisiones de estas potencias, intentar no provocar su ira y resignarse a su destino si Trump, Putin o Xi toman la decisión, atacarlos comercial, propagandística o militarmente.

Más dudas

Pero, a falta de saber más sobre el destino de los venezolanos, hoy también cabe señalar otras cosas. La primera es la increíble debilidad militar no solo de Venezuela, cuyo poderoso ejército no ha hecho nada por impedir que secuestraran a su comandante en jefe, sino también de otros de sus socios como Irán, que fue bombardeada por Estados Unidos y se mostró incapaz de responder, y de Rusia, que pese a disponer de un ejército inmenso y una reserva casi infinita de carne de cañón, no ha doblegado a Ucrania en cuatro años. También cabe preguntarse, obviamente, si Cuba será la siguiente. Es relevante señalar también que, aunque Rusia y China eran aliadas del régimen de Maduro, no harán nada por el pueblo venezolano y quizá ni siquiera por sus ex mandatarios, más allá, quizá, de acogerles en el exilio. Pero también es importante ver el impacto que tiene una operación como esta en la coalición de derechistas que ha formado Donald Trump, muchos de los cuales se tomaron al pie de la letra las reiteradas promesas de que al presidente actual no le interesaba el exterior, de que Estados Unidos no debía intervenir en países extranjeros y de que todo su empeño se centraría en el bienestar de los estadounidenses.

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La caída del régimen chavista sería una gran noticia. Pero si se confirma, se habrá producido de manera ilegal y probablemente generará una durísima etapa de transición para unos venezolanos que ya han sufrido lo indecible durante dos décadas. Y confirmará lo que ya temíamos: que hemos regresado a las relaciones internacionales del siglo XIX.

Venezuela inventó las dictaduras del siglo XXI. El régimen de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro permitía la oposición, pero solo hasta que decidía prohibir candidaturas o encarcelar líderes. Aceptaba los medios críticos, hasta que los cerraba con argumentos risibles. Celebraba elecciones, pero trucaba los resultados cuando se le antojaba necesario. Acabó con la independencia judicial, capturó el Estado, destruyó la seguridad jurídica y dio al ejército poderes propios del mundo civil. Gestionó la economía con una mezcla perfecta de maldad e incompetencia, y destruyó la riqueza a un ritmo con pocos precedentes en tiempos de paz. Vulneró sistemáticamente los derechos humanos. Convirtió la vida pública en un espectáculo grotesco y folclórico.

Vladimir Putin Nicolás Maduro Estados Unidos (EEUU)
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