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Trump, el nuevo César del petróleo
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Trump, el nuevo César del petróleo

El control del petróleo, del agua potable y de los corredores energéticos hoy pesan más que la defensa y preservación de los derechos humanos o la liberación de presos políticos

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, firma una orden ejecutiva en el despacho oval de la Casa Blanca. (Reuters/Archivo/Nathan Howard)
El presidente de EEUU, Donald Trump, firma una orden ejecutiva en el despacho oval de la Casa Blanca. (Reuters/Archivo/Nathan Howard)

Estados Unidos no llegó a donde está por accidente ni por inercia histórica. Solo después de consolidar su poder político, militar, territorial e industrial —y sin olvidar nunca el carácter aspiracional y fundacional de su Declaración de Independencia— entendió que su supervivencia y expansión dependían de imponer un orden propio, primero en su entorno inmediato y después a escala global. Desde la expansión hacia el oeste hasta la construcción de su hegemonía industrial, todo respondió a una lógica de poder coherente, sostenida y, sobre todo, pragmática.

Se equivoca quien crea que los Estados Unidos que dominaron el siglo XX son los mismos que existen hoy. El país que se presentaba como garante de la democracia liberal y del orden internacional ya no opera bajo esas premisas. Ha mutado. Ya no promete valores universales: administra intereses estratégicos. Y en esa transformación hay una verdad incómoda que suele pasarse por alto.

Pocos países, en pocos momentos de la historia, habrían sido capaces de diseñar una operación de ocupación y control de Venezuela como la que impulsó Donald Trump. Tal vez solo el Imperio romano bajo el emperador Adriano habría podido ejecutar una estrategia de ese calibre.

Puede parecer sorprendente, pero nadie ha evaluado ni se ha puesto a pensar con rigor sobre el nivel de conocimiento en derecho constitucional o historia que posee Donald Trump. Lo que sí sabemos es que él, o quienes lo rodean, aprendieron de los errores que desde 1945 han impedido a Estados Unidos ganar guerras de manera concluyente. Irak fue un fracaso. Afganistán fue otro. En más de medio siglo, solo dos operaciones militares pueden considerarse exitosas para el ejército estadounidense: la intervención en Panamá y la ocupación de Granada. Tener la mayor industria militar del mundo no es lo mismo que ganar guerras, y esa diferencia ha sido evidente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

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Desde el inicio, Trump fue claro con quien mandaba del otro lado, con el responsable real del poder, con el presidente ilegítimo, con la cara visible y escénica del régimen venezolano. Con Maduro no había opciones… debía irse. Sin embargo, el líder estadounidense nunca dijo que renunciaría, sobre todo, al petróleo de Venezuela, país que tiene las mayores reservas de crudo del mundo.

Trump no podía permitir que el supuesto cabeza del cártel de los Soles permaneciera en el poder. Habría sido una derrota incluso mayor que la de Vladímir Putin manteniendo a Volodímir Zelenski al frente de Ucrania. Tampoco podía llegar a las elecciones intermedias con una guerra abierta y jóvenes estadounidenses muriendo por una causa que no era ni ideológica ni existencial.

Foto: la-okupacion-de-venezuela-la-politica-del-maleteo-y-el-panico-del-sanchismo Opinión

No hace falta especular demasiado. No sabemos si la operación fue coordinada o ejecutada por sorpresa, pero es evidente que sin Delcy Rodríguez no habría sido posible neutralizar a la guardia presidencial cubana de Maduro ni desactivar, sin un solo disparo, los sistemas de defensa aérea comprados primero por Hugo Chávez y después por Maduro a Rusia. Entrar, localizar, capturar, trasladar y desaparecer fue posible sin poner en juego un conflicto convencional. Y todo eso requirió, sin duda alguna, de ayuda interna.

Así como Adriano entendió que Judea no podía gobernarse del mismo modo que Roma y optó por cambiar la administración sin mantener la ocupación directa, Venezuela también vivirá un reacomodo profundo. Sería una sorpresa mayúscula que se produjera un levantamiento guerrillero. La provisión de armas y apoyo externo dependía de Rusia, y Rusia ha salido ganando con este movimiento: tiene el Donbás asegurado. China, a su vez, es acreedora de Estados Unidos, pero todo indica que Trump está dispuesto a saldar esa deuda siempre que Pekín limite su influencia militar y tecnológica.

¿Y los demás? Para Trump, Europa ha dejado de ser relevante. Si algo queda del espíritu de los Padres Fundadores, es probable que se revuelvan en sus tumbas al ver cómo el país que nació del pensamiento político europeo ha decidido no librar batallas por la democracia fuera de su interés directo.

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Estados Unidos ya no se concibe como garante global de libertades, sino como gestor estratégico de recursos. El control del petróleo, del agua potable y de los corredores energéticos hoy pesan más que la defensa y preservación de los derechos humanos o la liberación de presos políticos.

Hubo un tiempo en que Estados Unidos apostó para que la democracia fuera vinculada con la bandera de las barras y las estrellas. Invirtió dinero, tiempo y esfuerzo en disfrazar su política comercial bajo una narrativa de valores. Ese tiempo terminó.

Hoy, el petróleo está en manos de socios y aliados personales de Trump como Harry Sargeant III y de Chevron; el desarrollo tecnológico y su aplicación estratégica recaen en figuras como Elon Musk; y el resto del mundo deberá esperar a que se diluya definitivamente ese sueño de libertad que, tras el 9/11, encontró eco en Venezuela y en buena parte de América Latina.

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En el caso de España, la relación con Venezuela siempre fue ambigua. Hugo Chávez, visitante habitual de la embajada española durante los años de Bono y Morodo, supo combinar ideología y negocio durante el Gobierno de Zapatero. Aunque dejó de pagar a empresas como Iberia y otros proveedores, logró que la simpatía política de ciertos sectores le permitiera vender el chavismo en Europa.

La relación del chavismo con España puede dividirse con claridad en dos grandes fases. La primera va desde el célebre "¿por qué no te callas?" del rey Juan Carlos I, pronunciado durante una cumbre iberoamericana, hasta la acusación reiterada por Hugo Chávez y por el aparato chavista de una supuesta implicación española en el intento de golpe de Estado que, durante unas horas, lo apartó del poder. En ese momento, el presidente del Gobierno era José María Aznar, quien terminaría saliendo del poder tras los atentados del 11 de marzo en Madrid y que abrió la puerta a la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero a la Moncloa.

El enfrentamiento frontal con Aznar y la necesidad del chavismo de recomponer una relación mínima con España convirtieron rápidamente a Zapatero en algo más que un interlocutor aceptable. No es casual que durante su administración se cerraran operaciones estratégicas como la construcción en astilleros españoles de buques vendidos a Venezuela, acuerdos que contaron con su respaldo político directo.

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Con el paso del tiempo, el papel de Zapatero fue mucho más allá de la diplomacia formal o del comercio bilateral. Venezuela encontró en él a un intermediario permanente, a un facilitador de relaciones y, sobre todo, a un creador de canales de negocio. En torno a los flujos opacos de dinero vinculados a PDVSA, incluidos los circuitos financieros que pasaron por Andorra, han existido conexiones directas o indirectas con su entorno y con su capacidad de intermediación.

En la actualidad, Zapatero no actúa únicamente como mediador entre el Gobierno de España, presidido por su alumno político Pedro Sánchez, y el régimen venezolano. También desempeña un papel relevante en el equilibrio de las relaciones entre España y China, país que se ha convertido en uno de los principales acreedores de Venezuela.

Zapatero no es una figura neutra ni irrelevante. No es simplemente alguien "bajo observación", sino que se trata de un actor claramente conflictivo, rodeado de un largo rastro de negocios, mediaciones y operaciones cuya investigación parece inevitable.

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Todos estos elementos condicionan profundamente la relación actual entre España y Venezuela y también exponen la incomodidad creciente que genera el eje Zapatero-Sánchez tanto en Washington como en Tel Aviv.

El debate ya no es ideológico ni retórico. Es la discusión de fondo sobre qué tipo de relaciones económicas, políticas y estratégicas quiere sostener España, y cuál será el legado que quede cuando termine esta etapa y se abra un nuevo ciclo en las relaciones transatlánticas tras la era Trump.

La deriva de la relación con el chavismo y la ambigüedad política sostenida durante años han terminado por trasladar el problema venezolano al corazón de la política interna de España.

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España se ha convertido en uno de los principales destinos del éxodo venezolano, con una comunidad que ya ronda las 400.000 personas y que sigue creciendo año tras año. Además, hoy Venezuela se mantiene, con diferencia, como el principal país de origen de solicitantes de asilo y protección internacional en España. Ese desbordamiento humano hacia España es el telón de fondo sobre el que hoy se redefine el poder en Caracas.

Delcy Rodríguez no es economista. Es una oficial de inteligencia. Es pragmática. Durante años fue tejiendo una red de equilibrios que permitió explorar, ya bajo la administración Biden, una salida transicional basada en elecciones. Ese proceso fue dinamitado por la torpeza política de Maduro y del Presidente de la Asamblea Nacional, el diputado Jorge Rodríguez. Hoy, sin embargo, vuelve a estar sobre la mesa.

Delcy Rodríguez sabe poner precio al poder. No solo por eso pudo ser – aunque hay la posibilidad de que no lo haya sido – socia de los Ábalos & Company en Venezuela. Ahora es poseedora de un poder que muchos – entre ellos Diosdado Cabello y Vladimir Padrino – creyeron que nunca tendría y que ahora, gracias a Trump, a la CIA y también al pragmatismo político de María Corina Machado, está en condiciones de ejercer. Delcy puede ser la presidenta que transforme una dictadura en una democracia, siempre y cuando nadie intente disputar el control total del petróleo venezolano a Estados Unidos, ya sea con Donald Trump o sin él.

*Antonio Navalón, presidente de Navalón & Partners.

Estados Unidos no llegó a donde está por accidente ni por inercia histórica. Solo después de consolidar su poder político, militar, territorial e industrial —y sin olvidar nunca el carácter aspiracional y fundacional de su Declaración de Independencia— entendió que su supervivencia y expansión dependían de imponer un orden propio, primero en su entorno inmediato y después a escala global. Desde la expansión hacia el oeste hasta la construcción de su hegemonía industrial, todo respondió a una lógica de poder coherente, sostenida y, sobre todo, pragmática.

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