Esta vez es distinto en Irán. Pero el régimen de los ayatolás no caerá
En las últimas décadas se ha producido en Irán un trágico ciclo de manifestaciones y represión. Ante esta nueva oleada, el régimen es más débil que nunca. Pero sigue dispuesto a reprimir sin límites. Y goza aún de muchos apoyos
El régimen de los ayatolás basa su legitimidad en la revolución de 1978 y 1979. Tras 38 años en el poder, la monarquía del sah Reza Palavi se había convertido en un régimen corrupto y brutalmente represor. Una sucesión de protestas cada vez más grandes, que integraron a una incoherente mezcla de marxistas, liberales y ultraconservadores, exigieron insistentemente la caída del Gobierno. El sah respondió con torpeza y el ejército mató a decenas de personas en una manifestación. Desmoralizados, muchos soldados y oficiales abandonaron al rey. Este huyó. Llegó la República Islámica de la mano del Ayatolá Jomeini.
En los 47 años transcurridos desde entonces, 36 de ellos bajo el líder supremo actual, Alí Jamenei, el régimen se ha mostrado también salvajemente represor y corrupto. Y, por ello, los opositores a los ayatolás han querido repetir la gesta de quienes tumbaron al sah con un movimiento parecido al de entonces y obtener así su misma legitimidad. Sobre todo en este siglo, las manifestaciones que exigen la caída del régimen se han convertido en una especie de ritual trágico que se repite cada vez con más frecuencia. En 2009, tras un probable fraude electoral. En 2017 y 2019, por profundas crisis económicas. Y en 2022, por la muerte de una mujer que había sido detenida por no llevar la cabeza correctamente cubierta. En todos esos casos, el régimen acabó con las multitudinarias protestas mediante la violencia —en el último caso, hubo 300 asesinados— y, pese a las esperanzas de muchos iraníes y occidentales, siguió en pie, reprimiendo y corrompiéndose.
¿Y en 2026?
Las protestas que empezaron a finales del año pasado repiten este guion. Se iniciaron en los bazares —un sector que el régimen ha protegido por su importancia económica y cultural— porque, ante la caída del valor del rial y una inflación cercana al 40%, muchos pequeños empresarios dejaron de poder trabajar con normalidad y decidieron cerrar y protestar. Y luego se extendió como había sucedido en esas ocasiones anteriores. Pero esta vez hay algunos rasgos un tanto distintos.
En primer lugar, estas protestas no son un fenómeno de la capital, Teherán, sino que se han producido en todas las regiones del país, y lo han protagonizado también ciudadanos comunes y conservadores que nunca se sumaron a las protestas por los derechos de las mujeres o contra la imposición religiosa. En segundo lugar, durante el año pasado, Estados Unidos e Israel pudieron bombardear fácilmente el país y destruir importantes infraestructuras sin que el régimen pudiera responder de una manera creíble. Benjamin Netanyahu desea hacer caer ese régimen. Trump ha dicho que ayudará a los manifestantes. Pero el Gobierno de este tiene dudas: quizá, piensan algunos, sea el momento idóneo para decir a los ayatolás que no les atacará si renuncian para siempre a seguir con su plan nuclear. Los derechos humanos no son algo que conmueva especialmente al presidente estadounidense.
En tercer lugar, la crisis de asequibilidad es dramática: hoy, un tercio de los iraníes vive en la pobreza y cada vez más integrantes de la clase media sienten que se hunden en la precariedad. En cuarto lugar, la legitimidad religiosa del régimen está desvaneciéndose ante una población cada vez más laica y occidentalizada. El quinto punto es, quizá, el más inesperado: el hijo del sah, el príncipe Reza Pahlavi, que durante décadas la mayoría de iraníes han considerado una figura ridícula, ha conseguido convertirse en el rostro de la oposición y en su portavoz en Estados Unidos.
Tras unos días de dudas, en los que el gobierno cambió al líder del Banco Central para reducir la inflación y repartió subvenciones entre los pobres y en las zonas rurales, Jamenei ha dejado claro que considera a los manifestantes terroristas al servicio de Estados Unidos y que, en consecuencia, la represión a quienes sigan manifestándose aumentará. La cifra de muertos, que ya supera los 200, y podrían ser mucho más, será aterradora, a lo que contribuirá el aislamiento provocado por el cierre de internet.
¿Puede ahora caer el régimen? Sin duda, está más débil que en cualquier otro momento de su historia y casi todas las circunstancias parecen concurrir. Pero es improbable. Existen discrepancias en su interior, donde hay partidarios de reformas, pero no de una retirada o una transición. En los cuerpos de seguridad puede haber dudas, pero estos aún se benefician enormemente del estado de cosas actual. Si se produjera un ataque estadounidense, el régimen podría apelar con éxito al nacionalismo de los ciudadanos críticos, como sucedió en el verano pasado. Y recordemos que el sistema actual tiene una enorme cantidad de partidarios en todo el país: en las elecciones presidenciales de 2024, el candidato más identificado con la línea dura de los ayatolás obtuvo el 40% de votos. Además, existe miedo de que un ataque externo, o un aumento de la violencia, produzca un vacío de poder. Estados Unidos teme también esto último.
El régimen está muy débil. Pero, probablemente, no tanto como para no poder seguir adelante con dosis inimaginables de represión y, quizá, unas pocas reformas en beneficio de los históricos partidarios del régimen en zonas rurales, los conservadores y los pobres, y con cesiones a Estados Unidos. El ciclo trágico seguirá.
El régimen de los ayatolás basa su legitimidad en la revolución de 1978 y 1979. Tras 38 años en el poder, la monarquía del sah Reza Palavi se había convertido en un régimen corrupto y brutalmente represor. Una sucesión de protestas cada vez más grandes, que integraron a una incoherente mezcla de marxistas, liberales y ultraconservadores, exigieron insistentemente la caída del Gobierno. El sah respondió con torpeza y el ejército mató a decenas de personas en una manifestación. Desmoralizados, muchos soldados y oficiales abandonaron al rey. Este huyó. Llegó la República Islámica de la mano del Ayatolá Jomeini.