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EEUU es un país latinoamericano. Y Trump, un peronista de derechas
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Ramón González Férriz

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EEUU es un país latinoamericano. Y Trump, un peronista de derechas

La política estadounidense se parece cada vez más a la latinoamericana: culto al líder, escasa separación de poderes, empresas sometidas a los deseos del ejecutivo, nacionalismo ramplón y fuerzas de seguridad arbitrarias

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Kevin Lamarque)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (Reuters/Kevin Lamarque)
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Los europeos y los estadounidenses llevamos ochenta años mirando por encima del hombro a Latinoamérica. Hemos estado convencidos, con razón, de que nuestros gobiernos eran mejores. Porque durante décadas, entre esperanzadores episodios democráticos, el continente ha estado marcado por ideologías extremas y prácticas corruptas, por la sumisión de todos los poderes a presidentes autoritarios, el mal uso de los recursos naturales y la suspensión de las garantías democráticas.

Pero hoy, la supuesta superioridad política de Europa se está desvaneciendo: nuestras democracias empiezan a estar dominadas también por los extremos, hay inacabables muestras de nacionalismo histérico, la inestabilidad se ha convertido en la norma y, en algunos casos, como el español, los poderes judicial y legislativo pierden independencia y relevancia. El caso de Estados Unidos, con todo, es aún más grave. Bajo la presidencia de Donald Trump, se está convirtiendo directamente en un país latinoamericano. Y lo está haciendo gracias a la aplicación de una ideología típicamente latinoamericana: el peronismo.

Un país latinoamericano cualquiera

Como han hecho muchos presidentes latinoamericanos, el más reciente de los cuales es Nayib Bukele, Donald Trump insiste en concentrar en sí mismo todos los poderes políticos y convertir al legislativo en un órgano dedicado a la adulación y la aprobación ciega de todas las iniciativas del ejecutivo. Como han hecho históricamente los más autoritarios, insulta a los jueces que no se pliegan a sus deseos y amenaza con destituirlos o hasta detenerlos. Como ha sucedido frecuentemente en Sudamérica, Donald Trump considera que la fiscalía es un ministerio más que puede utilizarse políticamente para perseguir a sus rivales políticos o personales, como ha hecho con Chris Christie, un republicano, varios representantes demócratas, el exdirector del FBI James Comey o hasta su exasesor de seguridad nacional, John Bolton. Como hizo Cristina Kirchner con Martín Redrado cuando este era el presidente del banco central argentino, Trump está hoy acosando de manera pública y grotesca a Jerome Powell, el presidente de la Fed, porque este se niega a que las políticas monetarias estén sometidas a los deseos del Gobierno. Como hicieron los presidentes del PRI mexicano, Trump utiliza la extracción de los recursos naturales como un fetiche nacionalista. Y como hizo en 1981 el Gobierno de Argentina con las Malvinas, instiga conflictos territoriales para alentar el peor nacionalismo. Como durante décadas hicieron Argentina y Chile, o Perú y Chile, o Bolivia y Perú, utiliza la confrontación con los países vecinos para tapar escándalos de su Gobierno o descensos de su popularidad. Y como tristemente han hecho incontables gobiernos autoritarios latinoamericanos, está utilizando las fuerzas de seguridad para aterrorizar a civiles y disuadir así toda forma de protesta.

Foto: hipocresia-trump-eeuu-orden-global-1hms Opinión
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Si Alberto Fujimori llevó a cabo una despiadada campaña contra el periódico El Comercio, que incluyó boicots económicos y persecución judicial, hoy Trump presiona a televisiones privadas para que despidan a periodistas críticos o insulta reiteradamente a medios como el New York Times o el Wall Street Journal. Mandatarios como los Kirchner, los Ortega-Murillo en Nicaragua o los Maduro en Venezuela han borrado las fronteras entre Gobierno y familia y han gobernado de manera patrimonial; en ocasiones, con el fin de crear dinastías políticas. Hoy, no se sabe dónde acaba el Gobierno de Trump y empiezan los negocios, y la influencia política, de su familia. Como si fuera Evo Morales enfrentándose a las multinacionales energéticas, la semana pasada Trump afirmó que ExxonMobil no podría invertir en Venezuela porque su consejero delegado tuvo la osadía de decir ante Trump la verdad: que sus proyectos son inviables. Como la izquierda española, que cada vez es más latinoamericana, Trump quiere prohibir que los inversores institucionales puedan comprar casas en Estados Unidos. Si Juan Domingo Perón creó algunas de las técnicas modernas para instigar el culto al líder, hoy Trump pone su nombre a centros de artes, y sueña en voz alta con tener un Nobel y que su cara se esculpa, junto a la de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, en el monte Rushmore.

Hay salvedades

Como muchos dirigentes latinoamericanos de las últimas décadas, Trump quiere más control sobre casi todo: el legislativo, el judicial, las empresas, los medios, los recursos, las fronteras, las identidades, las viviendas, los tipos de interés. Con frecuencia hemos tenido dudas de cuál era su ideología. ¿Fascista? ¿Republicano tradicional bajo una capa novedosa? ¿Populista? ¿Patrimonialista? ¿Mafioso? La respuesta es cada vez más clara: Trump es un peronista de derechas.

Por supuesto, hay muchos obstáculos que impiden la completa latinoamericanización de Estados Unidos. El primero es que es un país muy rico. Que dispone de la mejor tecnología del mundo. Cuyas instituciones son viejas y han demostrado ser fuertes en ocasiones anteriores, como durante la guerra de Secesión o la Guerra Fría. Cuyo ejército es más poderoso que ningún otro. Pero esas salvedades no parecen hoy una garantía plena contra un proceso inesperado: que Estados Unidos se está comportando como un país emergente, con problemas institucionales y una vida pública chusca e intervenida de arriba abajo por el poder ejecutivo, obsesionado con los recursos naturales y con complacer a un líder narcisista y caprichoso. No diga "república bananera". Empiece a ensayar "Banana Republic".

Los europeos y los estadounidenses llevamos ochenta años mirando por encima del hombro a Latinoamérica. Hemos estado convencidos, con razón, de que nuestros gobiernos eran mejores. Porque durante décadas, entre esperanzadores episodios democráticos, el continente ha estado marcado por ideologías extremas y prácticas corruptas, por la sumisión de todos los poderes a presidentes autoritarios, el mal uso de los recursos naturales y la suspensión de las garantías democráticas.

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