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Trump está empujando a Europa a los brazos de China
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Ramón González Férriz

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Trump está empujando a Europa a los brazos de China

La UE quería gestionar la ruptura con Estados Unidos sin aumentar su dependencia de China. Era lo deseable. Pero nuevos acontecimientos están convenciendo a los europeos de que deben asumir ese riesgo

Foto: Donald Trump en el Despacho Oval. (Reuters/Evelyn Hockstein)
Donald Trump en el Despacho Oval. (Reuters/Evelyn Hockstein)
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Donald Trump desaparecerá del mapa mucho antes de que lo haga el Gobierno del Partido Comunista chino. Incluso la versión actual del Partido Republicano —más unilateralista, más proteccionista y más transaccional— se desvanecerá antes que la dictadura de este.

Por eso la manera en que la Comisión Europea ha tratado hasta ahora la nueva realidad de las relaciones con Estados Unidos ha sido, pese a demasiados excesos de optimismo, correcta. Intentar preservar la OTAN pero armarse con toda la rapidez posible para garantizarse un mínimo de autonomía militar, buscar el mal menor en materia digital y comercial e intentar enfrentar con serenidad el golpe psicológico que significa perder a tu principal amigo y socio. Pero en esa estrategia también era clave no echarse en brazos de China en materia tecnológica, no agravar más nuestra dependencia industrial de ella y no creer que algún día considerará a la UE un interlocutor plenamente legítimo, porque para ella se trata de un actor aberrante en un mundo que debe estar dominado por los estados-nación. La orientación política actual de Estados Unidos pasará, quizá, en una generación, sobre todo si el experimento trumpista sale mal. Pero los intentos de China de ser una potencia hegemónica y hacer de Europa un continente dependiente de ella durará muchísimo más tiempo.

En esta línea de pensamiento deben entenderse la firma de un tratado de libre comercio con Mercosur o, como contaba recientemente Carlos Sánchez, la negociación de nuevos tratados comerciales con países de Asia-Pacífico como Indonesia, India, Malasia, Filipinas o Singapur. Depender menos de Estados Unidos sin entregarse a China.

¿Una mayor dependencia?

Sin embargo, los últimos acontecimientos, y en especial el castigo arancelario a los países europeos que no acepten la anexión de Groenlandia, lo están poniendo cada vez más difícil. Porque Trump está empujando a los europeos, y a otros países de mentalidad afín, como Canadá, a estrechar su alianza con China. Después de una década de conflictos y desencuentros, el viernes pasado el primer ministro canadiense Mark Carney visitó a Xi Jinping en Pekín y ambos pactaron reconstruir su relación: Canadá ha reducido los aranceles a los coches eléctricos chinos del 100% —que impuso porque así se lo pidió Estados Unidos— al 6,1%; a cambio, China importará aceite de canola canadiense por valor de miles de millones de euros con un arancel reducido. Algunos republicanos estadounidenses se lo han tomado mal, como una muestra de deslealtad de un socio menor. Pero después de amenazar con invadir el país, ¿qué clase de sumisión esperaban?

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En una visita de Emmanuel Macron a China se explicitaron los conflictos económicos entre Europa y China —el desequilibrio comercial entre ambas partes fue de 305.000 millones de euros el año pasado—, pero Xi dijo la clase de cosas que los europeos ahora están ansiosos por oír: "China está dispuesta a trabajar con Francia teniendo siempre en mente los intereses fundamentales de los dos pueblos y los intereses a largo plazo de la comunidad internacional", dijo, y exaltó las virtudes del multilateralismo. Es pura hipocresía diplomática, pero ahora hasta eso parece un alivio.

Al mismo tiempo que la Comisión plantea reducir la dependencia europea de empresas chinas en infraestructuras críticas como las redes de telecomunicaciones y los sistemas de energía solar, las empresas europeas siguen invirtiendo en China. Mucho. Sobre todo en sectores que los propios europeos consideran estratégicos como el automovilístico: Berlín no solo ha convencido a Bruselas para que retire los aranceles a los coches eléctricos alemanes fabricados en China, sino que grandes empresas del sector como ZF Fredrichshafen o Schaffer están invirtiendo más en fábricas chinas al mismo tiempo que, en algunos casos, despiden a trabajadores en plantas europeas.

Foto: espejo-inverso-pekin-china-trumpismo Opinión

Sin embargo, no solo está aumentando la dependencia de China, sino que la imagen de esta se está consolidando entre la sociedad occidental. De acuerdo con una reciente encuesta del European Council on Foreign Relations, la mayoría de europeos ya no consideran que Estados Unidos sea un aliado fiable. Como casi todos los demás habitantes del mundo, creen que, pese a la guerra comercial, la influencia de China crecerá en la próxima década. Un 45% de los europeos consideran a China "un socio necesario con el que debemos cooperar estratégicamente", y más de un 50% cree que en cinco años la relación de la UE con China será tan fuerte como ahora o más.

Como he escrito en otras ocasiones, Trump infravalora y, al mismo tiempo, sobrevalora el poder de Estados Unidos. Lo infravalora porque está convencido de que es un país decadente, que no es respetado en el mundo y que debe replegarse a su hemisferio si quiere sobrevivir. Lo sobrevalora porque piensa que puede abusar de Canadá o Europa sin que se atrevan a responderle o a estrechar sus vínculos con China. Aún no sabemos en qué medida sucederá esto último. Pero todo apunta a que irá a más. Aunque implique enormes riesgos estratégicos, como dejaron claro ayer tras su reunión sobre Groenlandia, los líderes europeos están hartos de intentar contemporizar con Trump. Y aunque reconocen que depender de China es muy arriesgado, porque la estrategia de esta es a muy largo plazo, están dispuestos a dar pasos hacia ella como alternativa a Estados Unidos. No porque Trump haya hecho a China buena. Sino porque en comparación esta es, al menos, previsible. El drama es que tampoco saldrá bien.

Donald Trump desaparecerá del mapa mucho antes de que lo haga el Gobierno del Partido Comunista chino. Incluso la versión actual del Partido Republicano —más unilateralista, más proteccionista y más transaccional— se desvanecerá antes que la dictadura de este.

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