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Las victorias de la doctrina Trump
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Juan Luis Manfredi Sánchez

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Las victorias de la doctrina Trump

El realismo flexible, la coerción y la fuerza configuran el lenguaje en la arena internacional. La diplomacia ha perdido relevancia. La seguridad no es un bien público, sino un servicio por el que hay que pagar

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Will Oliver)
El presidente de EEUU, Donald Trump. (EFE/EPA/Will Oliver)

Los cortesanos de la geopolítica están prendados con el aura china. Cada decisión, cada movimiento parece más astuto que el anterior. El Imperio del Centro siempre tiene una estrategia a veinte años, recursos, mejores conexiones y una suerte de control del escenario para que los actores contribuyan al éxito de su misión. En su argumento, las instituciones europeas carecen de capacidad estratégica y, cuando se toman decisiones de alcance, sea Mercosur o el nuevo acuerdo con India, estas parecen insuficientes o tardías.

Convendría ahondar en las relaciones UE-China como tabla de salvación del poder normativo de Bruselas, la industria alemana, la aeronáutica francesa o los productos agrícolas polacos. China está ganando la partida de la desglobalización y apalancará el consenso de Beijing, inversiones sin política. Europa tiene que abrazar esta narrativa. Porque allá está el futuro, rezan los creyentes, aun sin valores políticos compartidos.

Más aún, en la medida en que el presidente Trump es arisco y muy particular, el desdén intelectual y político hacia su figura es creciente entre las élites europeas. El hombre de Mar-a-Lago no es un estadista, sino un business man que busca acuerdos transaccionales y la conversión de la industria de seguridad y defensa en un servicio premium, de pago. No entiende la interdependencia compleja o la valía de las relaciones transatlánticas. No puede tener razón. Se equivoca. Hay que explicarle la ventaja comparativa de la globalización y el orden internacional basado en normas.

Hace años que no viajo a China, pero sí frecuento Washington D. C.. Vuelvo a las aulas, almuerzo (¡45 minutos!) con think tankers y consultores políticos, revisito mis fuentes. Leo y escucho análisis insiders sobre el proyecto trumpista. Por primera vez, tras mi reciente visita, me pregunto si el presidente Trump estará ganando su partida internacional. Por ser más preciso, me planteo si su doctrina comienza a tener una gran strategy, un cuerpo coherente de pensamiento y acción política. No me refiero solo a la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025, sino a la acumulación de órdenes ejecutivas con un doble objetivo: el patriotismo realista y la geoeconomía.

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El primero recupera a Hobbes y el estado de naturaleza, donde los países defienden su interés directo sin la mediación de instituciones o mecanismos diplomáticos. La negociación directa, entre líderes, asegura la honestidad y el entendimiento. Más aún, sin el asidero de la moralidad o el imperialismo de los valores, los países pueden ser más transparentes. La globalización homogeneizó élites y agendas, sin escuchar al votante medio, aquel afectado por la falta de empleos de calidad y asustado por los movimientos migratorios. Real o figurado, los miedos existen y el presidente cabalga sobre ellos.

El presidente Trump defiende la consistencia de su estrategia: el orden liberal perjudicó los intereses de Estados Unidos porque su inversión en bienes públicos globales facilitó que China se cobrara los dividendos y las industrias. La OTAN, de igual modo, tiene que reinventarse con un acuerdo paritario entre socios. Más inversión directa garantizará capacidad y autonomía europea, tanto para la gestión de sus asuntos domésticos, trasunto de Rusia, como un hipotético apoyo basado en el artículo 5. En su configuración actual, los estrategas consideran a los europeos más como un cliente relevante que como un socio capaz de ganar batallas. El patriotismo explica la obsesión con la Unión Europea y la preferencia por los acuerdos bilaterales. Los patriotas realistas aspiran a finiquitar esta globalización.

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La transición de la globalización a la geoeconomía ubica la capacidad productiva, la energía y los recursos en el centro. El Hemisferio Occidental es un productor material de seguridad en tres dimensiones: acceso a materias primas, mercado de consumo y reducción de la dependencia china. La acción en Venezuela es la primera de otras ofensivas en materia de infraestructuras, regulación y desregulación, política industrial o petróleo. Estados Unidos ha vuelto y expande el schmittiano "Protego, ergo obligo". Exigirá lealtad de los gobiernos de la región a cambio de obediencia y la provisión de seguridad.

¿Avanza Trump en sus objetivos políticos y económicos? Yo creo que sí, con todas las reservas que uno quiera. En el corto plazo, Estados Unidos promueve una lógica de suma cero que rompe con instituciones, normas y costumbres. El modelo, ya sin la comunidad política del orden liberal, agiliza la firma de acuerdos y alianzas de geometría variable. Tanto da Siria como El Salvador o Argentina. La firma es instrumental y no condiciona la agenda. La seguridad estratégica y tecno-industrial de la Pax Silica no converge con los signatarios del Forum on Resource Geostrategic Engagement. No hay un futuro común ni interés en sostener las instituciones del orden liberal, sea Naciones Unidas, sea el modelo actual de OTAN. La confianza internacional ha saltado por los aires.

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En el ámbito económico, los resultados son insuficientes: crece la economía, pero el mercado laboral, los salarios, el crédito y la inflación no acompañan. La inversión empresarial se concentra en tecnología y la expectativa de crecimiento de la economía digital y la inteligencia artificial, mientras que la Bolsa imita al presidente Trump. Cierra el año con subida, pero con una volatilidad recurrente. La acción internacional tiene problemas domésticos. Se le agota el tiempo físico, porque tiene 79 años, y el electoral, ante las elecciones de medio término. Cambia con frecuencia de opinión y de iniciativa. Su popularidad nunca supera el 40%.

La estrategia del presidente Trump presenta, sin embargo, indicadores de éxito con arreglo a su propósito. El realismo flexible, la coerción y la fuerza configuran el lenguaje en la arena internacional. El uso de la fuerza condicionará las operaciones contraterroristas, las disputas fronterizas o las negociaciones de paz. La diplomacia ha perdido relevancia. La seguridad no es un bien público, sino un servicio por el que hay que pagar. La legalidad internacional sucumbe ante la autoridad presidencial. La globalización, heurística de democracia liberal, libre comercio y cosmopolitismo, ha colapsado. Estados Unidos no se está yendo del orden liberal. Ya se ha marchado y, a partir de ahora, condicionará su contrato social internacional a la nueva estrategia.

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Por eso, el Orden-Basado-en-Trump es el nuevo estándar para comprender su estrategia de la Casa Blanca. Ahí radica su victoria. Ya estamos hablando como él. Ya pensamos la energía y el comercio en términos de seguridad. Ya incorporamos la cuestión migratoria a la contienda electoral. Ya nadie recuerda a Nicolás Maduro. Ya hemos subido el suelo de las inversiones en defensa. Ya aspiramos a crear un campeón nacional, no europeo, de seguridad o banca. Ya hablamos de nucleares. Ya hablamos de ejército europeo. Y la lista no se agota. Revisen la hemeroteca y la promesa de statu quo de la presidencia Biden o las elecciones de noviembre 2024. Por eso, no juzgo las intenciones del presidente, sino sus resultados. China será atractiva, pero el realismo flexible es el nuevo paradigma dominante.

*Juan Luis Manfredi Sánchez, catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.

Los cortesanos de la geopolítica están prendados con el aura china. Cada decisión, cada movimiento parece más astuto que el anterior. El Imperio del Centro siempre tiene una estrategia a veinte años, recursos, mejores conexiones y una suerte de control del escenario para que los actores contribuyan al éxito de su misión. En su argumento, las instituciones europeas carecen de capacidad estratégica y, cuando se toman decisiones de alcance, sea Mercosur o el nuevo acuerdo con India, estas parecen insuficientes o tardías.

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