Los ucranianos no somos rehenes de las circunstancias. Somos participantes en este proceso histórico
Cuarto invierno tras la invasión: ataques a energía dejan ciudades heladas y hogares sin servicios, mientras civiles resisten, documentan crímenes y luchan por dignidad, verdad y libertad en un mundo con orden global erosionado
Cementerio en Kramatorsk, óblast de Donetsk, el 17 de febrero de 2026 (EFE/Tommaso Fumagalli)
Este es el cuarto invierno desde que comenzó la invasión a gran escala. Y está resultando ser muy difícil.
Los misiles y drones rusos están destruyendo deliberadamente la infraestructura energética de la que dependen los civiles para sobrevivir. En enero y febrero, las temperaturas bajan hasta los -25 grados centígrados. Literalmente, las ciudades ucranianas se están congelando. Millones de personas tienen un acceso limitado o nulo a la calefacción, el agua y la electricidad.
Recuerdo que en 2022, cuando los rusos empezaron a atacar la infraestructura energética por primera vez, apareció en internet una fotografía de una profesora de una escuela de Kyiv. Vestida con una chaqueta roja de invierno y un gorro abrigado, estaba de puntillas junto a un poste de metal sobre el cual había colocado su ordenador, justo afuera, cerca de una tienda donde funcionaba un generador eléctrico y había acceso a internet. Allí, bajo un frío glacial, estaba impartiendo una clase a sus alumnos.
Y pensé: los rusos vinieron a quitárnoslo todo: nuestra tierra, nuestra libertad, nuestro futuro, la educación de nuestros hijos. Pero esta profesora de Kyiv se ha negado a entregarles nada. Incluso algo tan sencillo como dar una lección se había convertido en un acto de resistencia.
Por mi propia experiencia, sé que cuando no se puede confiar en el sistema internacional de paz y seguridad, siempre se puede confiar en las personas. Estamos acostumbrados a pensar en términos de estados y organizaciones intergubernamentales, pero la gente común tiene mucho más poder del que imagina.
Hace cuatro años, yo estaba en Kyiv cuando las fuerzas rusas intentaron rodear la ciudad. Nadie creía que pudiéramos resistir una amenaza militar tan enorme. Saludábamos cada mañana como una victoria porque habíamos sobrevivido una noche más. Recuerdo que las organizaciones humanitarias internacionales evacuaron a su personal. Pero la gente común se quedó y empezó a resistir. Las personas comunes empezaron a hacer cosas extraordinarias.
Una de esas personas era mi amiga, la escritora ucraniana Viktoriia Amelina. En los primeros días de la invasión a gran escala, interrumpió su viaje y regresó a Ucrania. Pronto se unió a los esfuerzos para documentar crímenes de guerra. E hizo muchas otras cosas al mismo tiempo.
Recuerdo decirle: "Ya estás haciendo tanto (escribir un libro, documentar crímenes de guerra, viajar en misiones de campo, hacer voluntariado); es casi más allá del agotamiento. ¿Por qué asumir nuevos proyectos?".
Fermín TorranoAlicia AlamillosDaniel MingioneDiseño e infografía: Emma EsserLuis RodríguezMaría Mateo
Ella respondió que tenía el sentimiento persistente de que no estaba haciendo lo suficiente. Añadió que no sabía cuánto tiempo le quedaba, ni cuánto tiempo nos quedaba a ninguno de nosotros.
Un mes después de aquella conversación, un misil ruso alcanzó una cafetería en Kramatorsk. Vika estaba allí en ese momento, con unos escritores colombianos a los que acompañaba al este. Resultó gravemente herida y entró en coma.
Puede sonar irracional, pero le escribía todos los días por Messenger. Estaba convencida de que despertaría y los leería todos. Incluso cuando nuestro amigo común, que estaba con ella en cuidados intensivos, me dijo que debíamos prepararnos y aceptar lo inevitable, dije que no perdería la esperanza.
Mientras preparaba este texto, abrí esa última conversación que Vika nunca leyó. Esto es lo que quiero decirles.
En primer lugar; no sé cómo llamarán los historiadores del futuro a este periodo. Pero el orden internacional basado en la Carta de la ONU y el derecho internacional se ha desmoronado.
El sistema de la ONU fue creado después de la Segunda Guerra Mundial para proteger a la gente de la guerra y la violencia masiva. Pero hasta mi teléfono tiene fecha de caducidad. Este sistema nunca ha sido reformado. Ahora se está estancando y realizando gestos rituales. Es fácil predecir que incendios como las guerras estallarán con más frecuencia en diferentes partes del mundo porque el cableado internacional está defectuoso y echa chispas por todas partes.
Fermín Torrano. Donbás (Ucrania)Gráficos: Emma Esser
Ucrania se ha encontrado en el epicentro de acontecimientos que darán forma al futuro del mundo. Esta no es simplemente una guerra entre dos estados; es una guerra entre dos sistemas: el autoritarismo y la democracia.
Vladimir Putin busca demostrar que un país con una potente capacidad militar y armas nucleares puede alterar el orden internacional, dictar sus reglas a la comunidad global e incluso alterar mediante la fuerza fronteras reconocidas internacionalmente.
El líder ruso no lanzó la invasión a gran escala simplemente para capturar más tierras ucranianas. Es ingenuo pensar que Rusia ha perdido cientos de miles de soldados solo para ocupar Avdiivka o Bajmut. Putin lanzó esta invasión para ocupar y destruir Ucrania en su totalidad, y luego seguir avanzando.
Es ingenuo pensar que Rusia ha perdido cientos de miles de soldados solo para ocupar Bajmut
Su lógica es histórica. Sueña con restaurar el Imperio Ruso. La gente en otros países europeos solo está a salvo porque los ucranianos están frenando al ejército ruso.
En segundo lugar, la gente solo empieza a comprender que hay una guerra cuando las bombas caen sobre sus propias cabezas. Pero la guerra también tiene una dimensión informativa, y esta lucha por la realidad no conoce fronteras estatales.
La forma en que la gente ve el mundo determina sus decisiones y acciones. Por eso los regímenes autoritarios atacan la verdad.
Todos pasamos cada vez más tiempo en las redes sociales, que están inundadas de noticias falsas y desinformación. La gente está perdiendo la capacidad de distinguir la verdad de la mentira. Ahora, incluso los residentes de una misma comunidad pequeña ya no comparten una imagen común de la realidad. Sin esta percepción común, no pueden actuar juntos. Y sin una acción colectiva, ¿cómo podemos defender nuestra libertad?
Vivimos en un llamado "mundo de la posverdad". Pero a mí me parece que es un mundo del posconocimiento. El conocimiento está perdiendo valor. La gente prefiere escuchar a blogueros de Instagram antes que a investigadores o científicos. Exigen soluciones sencillas. Quizá podríamos permitirnos eso en tiempos de paz. Pero ya nadie vive en tiempos de paz. Por lo tanto, en lugar de simplificar las cosas, debemos abrazar la complejidad.
También debemos resistir la normalización de la crueldad. Hace apenas unas semanas, los rusos mataron a una pareja de ancianos que intentaba huir de una aldea ocupada en la región de Sumy. El marido arrastraba a su mujer en un trineo hacia un lugar donde esperaban los rescatistas. Un dron FPV lanzó explosivos directamente sobre la mujer. Su marido lloró y no quiso abandonar su cuerpo. Entonces, un segundo dron FPV lo alcanzó a él. Sus cuerpos quedaron tendidos en la nieve.
Al estudiar estos materiales, recordé que las cámaras de gas de Auschwitz fueron construidas por ingenieros alemanes profesionales. También recordé que el colapso del sistema internacional fue precedido por la pérdida de humanidad.
Por último, la libertad no es algo que se dé por sentado; es un requisito previo para la supervivencia. Los ucranianos vivimos a la sombra del Imperio Ruso durante tres siglos. Nunca habríamos sobrevivido como nación si no hubiéramos buscado persistentemente la libertad durante todo ese tiempo.
Registré el testimonio del académico y filósofo ucraniano Ihor Kozlovskyi después de que pasara 700 días en cautiverio ruso. Antes de eso, había entrevistado a más de cien supervivientes. Me habían contado cómo los golpeaban, torturaban, violaban, encerraban en cajas de madera, les daban descargas eléctricas en los genitales, les cortaban los dedos y les arrancaban las uñas, les taladraban las rodillas y les obligaban a escribir con su propia sangre. Así que había poco que pudiera sorprenderme. Sin embargo, Ihor mencionó algo aparentemente insignificante para la base de pruebas, y me impactó profundamente.
Describió sus días en régimen de aislamiento. Era una celda en un sótano que, en la época soviética, había albergado a prisioneros condenados a muerte. No había ventanas. Ni luz solar. Ni aire fresco. Era difícil respirar. Las aguas residuales fluían por el suelo sucio. Las ratas salían por el desagüe.
Este académico, conocido en todo el país, me contó cómo impartía lecciones de filosofía a esas ratas, simplemente para escuchar el sonido de una voz humana.
Ihor Kozlovskyi era una víctima en el sentido legal: fue secuestrado y retenido en condiciones inhumanas, y torturado tan severamente que tuvo que volver a aprender a caminar. Sin embargo, ni siquiera eso hizo que se viera a sí mismo como una víctima. El fundamento de nuestra existencia es la dignidad, no el victimismo. Y la dignidad es acción.
Lola García-Ajofrín. Vilna (Lituania)György Folk (HVG. Hungría)Michał Kokot (Gazeta Wyborcza. Polonia)Krasen Nikolov (Mediapool. Bulgaria)Sebastian Pricop (Hotnews. Rumanía)Gian Paolo (Voxeurop. Francia)
No somos rehenes de las circunstancias. Somos participantes en este proceso histórico. La dignidad nos da la fuerza para luchar incluso contra las circunstancias más insoportables.
Nos apoyamos en los hombros de quienes nos precedieron. El asesinato de intelectuales ucranianos, la sangrienta represión de poetas y artistas, la hambruna artificial de millones de personas no destruyeron la identidad ucraniana en la época soviética. Porque entonces, como ahora, siempre hubo gente enseñando a los niños ucranianos. Gente que escribió libros ucranianos. Gente que preservó la memoria del pasado.
Sembramos. Sembramos semillas. Sembramos incluso en invierno, cuando todo está congelado. Sembramos cosas que no temen al frío. Sembramos como un acto de fe, sabiendo que la primavera llegará inevitablemente y todo lo que hemos plantado crecerá. Sí, es un trabajo largo. Pero los que ganan son los que planifican a largo plazo.
Releer los mensajes que Vika nunca leyó me hizo pensar en todo lo que logró conseguir en su corta vida. Reflexioné sobre el amor que compartió generosamente conmigo, con su familia, con nuestros amigos. Volví a mirar las fotografías de su libro inacabado sobre las mujeres en la guerra, un libro que se publicó en diferentes idiomas tras su muerte. La vida humana es frágil. Sin embargo, aún puede llenarse de un significado eterno.
Ahora sé muchas cosas sobre la esperanza. La esperanza no es la creencia de que todo estará bien. La esperanza es la profunda comprensión de que todos nuestros esfuerzos tienen sentido.
*Oleksandra Matviichuk, Premio Nobel de la Paz, escribe sobre el cuarto año de la invasión a gran escala de Rusia contra Ucrania, con la idea de que "la esperanza no es la creencia de que todo estará bien; es la profunda comprensión de que todos nuestros esfuerzos tienen sentido". Publicada en colaboración con VoxEurop.
Este es el cuarto invierno desde que comenzó la invasión a gran escala. Y está resultando ser muy difícil.