Algoritmos y poder. China y EEUU en la carrera por dominar la revolución inteligente
La dominación en esta revolución vendrá marcada por la adaptabilidad, flexibilidad y, posiblemente, prudencia con la que los entornos de ambos países den la bienvenida a los beneficios que la IA pueda ofrecer
Hace unos días, el presidente Xi Jinping manifestaba de forma categórica su opinión respecto al desarrollo de la inteligencia artificial (IA): China ha de adoptar un enfoque "nacional integral" para el impulso de esta nueva tecnología. Las analogías de Xi con la aparición de la máquina de vapor, la electricidad o internet ilustran la importancia que Pekín otorga a la evolución tecnológica. En paralelo, su homólogo en la Casa Blanca, aseguraba convencido, durante una reciente entrevista al NY Times, que aquel que domine la IA, dominará el mundo. Y el plan de acción tecnológico anunciado por Washington el año pasado muestra la aspiración de EEUU por ganar la carrera en la revolución digital.
Ambos países presentan planteamientos y modelos diferentes por sus propias necesidades y contextos técnicos, sociales y políticos:
Recursos y capital
Las empresas tecnológicas americanas generan innovación amparadas por el sector privado. El capital riesgo está muy atento a los avances exponenciales, de modelos siempre más sofisticados, que van anunciándose en unos intervalos de tiempo cada vez menores. A la disponibilidad de recursos financieros, se añade un ecosistema favorable de investigación académica puntera y abundancia de startups, compitiendo con determinación en concebir la idea del siglo. En China, la iniciativa privada, cada vez con menos aprensión al riesgo y ávida de nuevas emociones, acompaña al Estado en la financiación de la innovación tecnológica. El Gobierno central, en su papel de mecenas del talento local, siempre se posicionará con un matiz importante: se financiará lo que Pekín considere prioritario para sus propios planes y, sobre todo, que no escape a su supervisión.
Además de navegar en un contexto financiero dirigido y sesgado, los desarrolladores chinos han de enfrentarse a las limitaciones de hardware, los célebres chips de última generación, así como a la falta de equipos y herramientas para su fabricación local. La escasez ralentiza el "entrenamiento" de sus modelos y, en suma, el avance de sus campeones nacionales, Baidu, Alibaba y Tencent. EEUU juega sus cartas y bloquea, como puede, las exportaciones de estos elementos clave a China; Pekín reacciona, recoge el guante y se prepara para poder ser autónomo en el medio plazo.
China ha decidido integrar la inteligencia artificial en su día a día. Un ciudadano chino puede experimentar en primera persona una mejora en la interacción con todo lo que rodea gracias a los algoritmos locales. Las fábricas e industrias manufactureras automatizan sus procesos y agilizan sus cadenas de suministro. Ciudades inteligentes, pagos digitales, reconocimiento facial, control del tráfico, taxis autónomos. Y todo a escala masiva. La disponibilidad ingente de datos e información ayuda ciertamente a la integración sistémica de la tecnología, siempre de la mano del gobierno central, por supuesto, con las implicaciones que ello conlleva. EEUU tiene una apuesta más consolidada por la incorporación de sus modelos inteligentes al ámbito privado y corporativo con sus grandes jugadores OpenAI, Google o Microsoft, centrando el tiro en servicios profesionales, entretenimiento, sanidad y, cómo no, defensa.
Regulación y dilemas éticos
Trump ya anunció en julio del año pasado su plan de acción para erigirse el campeón mundial en la carrera de la IA. En esa batería de medidas, sobresale la prioridad para que "las empresas tecnológicas de Estados Unidos tengan libertad para innovar sin regulaciones engorrosas". Es consciente de que en Occidente demasiadas voces interesadas ralentizan los avances y, en demasiadas ocasiones, entorpecen la consecución de progresos por pura retórica política sin fundamento (¿Europa?). Veremos cómo gestionan los tribunales americanos la ambición de Trump por abolir el exceso normativo: privacidad y protección de las libertades individuales vs. acceso a datos, imágenes, voz, entre otros elementos, para el desarrollo de modelos generativos. Sin olvidar la fragmentación regulatoria de cada uno de los estados del país.
China, en su objetivo de cohesión y orden a nivel nacional, siempre va a vigilar muy de cerca cualquier avance en el desarrollo de la nueva tecnología, con una evaluación férrea de los algoritmos, anteponiendo lo que Pekín define como estabilidad social, amén de la seguridad del país, a cualquier progreso en esta materia. La innovación no puede escapar al seguimiento del Gobierno central.
Consecuencias económico-sociales
EEUU y China se ajustan los cinturones y tensan los músculos ante los efectos a medio plazo (quizá antes) de la irrupción de la inteligencia artificial y las turbulencias que puede originar en sus economías y sociedades. La productividad que, a buen seguro, inundará todos los niveles de los sectores donde se integren las soluciones tecnológicas, desplazará, del mismo modo, las vacantes de los empleos y oficios de dichos sectores. La automatización en las revisiones contractuales, respuestas legales, atención al cliente y diagnósticos médicos, por citar algunos ejemplos, se impondrá inevitablemente al factor humano.
China, con un serio problema demográfico, da la bienvenida a herramientas inteligentes que ayuden a aligerar la falta de personal en un futuro no muy lejano. ¿Inmigración? No, robots y humanoides. Empresas como Unitree seducen en rondas de financiación a inversores locales que ya intuyen el futuro protagonismo de las criaturas mecánicas. Washington, del mismo modo, es consciente de los riesgos de la penetración de los modelos artificiales y, en el primer pilar de su plan de acción tecnológico, alude a la necesidad de una formación y "empoderamiento de los trabajadores en la era de la IA".
M. McLoughlin. Shanghái/Shuzou (China)Gráficos: Unidad de Datos
EEUU está liderando la carrera en el desarrollo de sistemas inteligentes en aspectos clave. Capital, recursos y un ecosistema favorable acompañan a la innovación americana. En paralelo, la propia lógica de código abierto de los modelos chinos está fortaleciendo su posicionamiento competitivo y consolidación tecnológica, reduciendo costes para desarrolladores y empresas, y facilitando la adopción e integración de propuestas innovadoras en la sociedad asiática a un ritmo vertiginoso. Quizá la brecha en la carrera tecnológica se esté cerrando día a día. Lo que parece seguro es que la dominación en la revolución inteligente vendrá marcada por la adaptabilidad, flexibilidad y posiblemente, prudencia, con la que los entornos de ambos países den la bienvenida a los beneficios, seamos positivos, que la IA pueda ofrecer. La pregunta, al fin, es ¿cuál de las dos sociedades, de las dos poblaciones, encajará mejor la transformación digital? Pronto, quizá antes de lo esperado, podamos conocer la respuesta.
*Jaime Pastor Innerarity cuenta con más de dos décadas en Asia, poniendo en marcha proyectos empresariales de distinta naturaleza.
Hace unos días, el presidente Xi Jinping manifestaba de forma categórica su opinión respecto al desarrollo de la inteligencia artificial (IA): China ha de adoptar un enfoque "nacional integral" para el impulso de esta nueva tecnología. Las analogías de Xi con la aparición de la máquina de vapor, la electricidad o internet ilustran la importancia que Pekín otorga a la evolución tecnológica. En paralelo, su homólogo en la Casa Blanca, aseguraba convencido, durante una reciente entrevista al NY Times, que aquel que domine la IA, dominará el mundo. Y el plan de acción tecnológico anunciado por Washington el año pasado muestra la aspiración de EEUU por ganar la carrera en la revolución digital.