Nos toman por el pito del sereno

Si bien somos campeones en lo económico, lo cierto es que en la política internacional seguimos siendo insignificantes y superfluos

Foto: Protestas en la frontera entre Brasil y Venezuela. (EFE)
Protestas en la frontera entre Brasil y Venezuela. (EFE)

La crisis venezolana me ha permitido reflexionar una vez más sobre el papel de la Unión Europa en el exterior. De mi experiencia, pero también de lo que hemos visto y vivido estos últimos años, puedo concluir que, si bien somos campeones en lo económico, lo cierto es que en la política internacional seguimos siendo insignificantes y superfluos.

Este fin de semana el régimen de Maduro ha matado al menos a seis personas y ha dejado más de 250 heridos. Todo porque estaban tratando de ayudar a pasar alimentos y medicinas desde Brasil y Colombia. Solo la presión de la comunidad internacional ha evitado que el chavismo cometiese una auténtica masacre en la frontera de Colombia y Brasil. Pero la alta representante Mogherini, quien debería hablar en nombre de una Unión Europea, que ya ha reconocido la legitimidad del presidente interino Guaidó, prefiere mantener la equidistancia y apelar a la bonhomía del tirano. A mí, que fui testigo de lo ocurrido en Cúcuta, esa declaración de Mogherini me hizo sentir vergüenza y asco.

¿Cómo nos van a tomar en serio?

Es cierto que los años de la crisis económica y la recesión nos han obligado a todos a centrar nuestros esfuerzos en los asuntos domésticos. Además, creo que era lo correcto. Pero los responsables políticos tenemos la obligación de decir la verdad, incluso a riesgo de ser criticados por ello. Y la verdad es que, lo queramos o no, lo que ocurre fuera de nuestras fronteras tiene una repercusión directa dentro de ellas. Vivimos en un mundo multipolar e interdependiente, donde las amenazas y los desafíos son globales, y donde por tanto las respuestas también han de serlo.

Por si fuera poco, los europeos deberíamos tener muy presente que muchas de las regiones más volátiles e inestables del planeta se encuentran a escasa distancia nuestra. Es el caso de Ucrania, Georgia, o la nuevamente preocupante región de los Balcanes en el Este. O el caso de Turquía, Siria, Egipto o Libia en el Sur.

Deberíamos tener presente que muchas de las regiones más volátiles e inestables del planeta se encuentran a escasa distancia nuestra

Hay quienes piensan que la política exterior es una cuestión exclusiva de la soberanía nacional. Tal planteamiento no podría estar más equivocado. Sin duda hubo un tiempo pasado en el que fue así. Pero ni lo es hoy, ni probablemente lo será nunca más, a excepción hecha de que los humanos cometamos una torpeza de proporciones tan cataclísmicas. Experiencia en esto tampoco nos falta.

A día de hoy, la influencia real y efectiva que pueda tener un país europeo en la escena internacional es exigua si la comparamos con la que pueden ejercer gigantes geográficos y demográficos como Estados Unidos, China, Rusia, India o Brasil. Aunque te llames Alemania, o Reino Unido. En el caso de estos últimos, el asunto es más grave todavía. Porque entre otras mentiras, detrás del Brexit ha estado siempre una rancia y delirante ensoñación imperial.

Afortunadamente, cada día se oyen más voces apelando a una reflexión profunda, serena y realista sobre el papel que Europa y los Estados miembros deben jugar en la arena internacional. El hecho incuestionable es que, si los Estados europeos seguimos actuando de manera individual, vamos a vernos irremediablemente relegados al papel de meros espectadores de lo que ocurre en el mundo, mientras son otros los que toman por nosotros las decisiones que nos acabarán afectando.

Creo que tenemos mimbres suficientes para revertir esta situación. Tras la dramática experiencia de dos guerras mundiales, los europeos hemos aprendido el valor de la cooperación, el diálogo y el consenso. Hemos aprendido que antes que la fuerza, debe gastarse hasta la última de las palabras.

Y no podemos decir que esta política nos haya dado malos resultados. Cumplidos los 70 años, aún con nuestros achaques y nuestras rencillas caseras, la Unión Europea sigue siendo la empresa política, económica y social más ambiciosa y fascinante de la historia reciente de la humanidad. No es cosa menor.

Europa no puede ni debe sustraerse a su capacidad de influir en el devenir de los acontecimientos internacionales

Europa no puede ni debe sustraerse a su capacidad de influir en el devenir de los acontecimientos internacionales ni a su responsabilidad histórica casi moral de tratar de hacer de este mundo un lugar mejor. Es mucho lo que nos va en ello. Pensemos por un momento en desafíos tan importantes como el terrorismo, el cambio climático, las amenazas cibernéticas, el auge de los nacional-populismos y los autoritarismos, el peligro de una pandemia global o los retos de la revolución digital. Todo ello en medio del resurgir de una loca carrera armamentística nuclear entre Putin y Trump.

Soy consciente de que los europeos tenemos orígenes, historias y traumas diferentes. Es por tanto inevitable que los intereses nacionales de España varíen respecto de los de Polonia y los de Italia de los de Finlandia. Pero igual que iniciamos en su día el camino de la convergencia económica y social, debemos iniciar ahora la senda de la convergencia en política internacional. Identificar claramente cuáles son nuestros grandes intereses estratégicos comunes, y establecer la manera, los medios y los instrumentos para lograrlos.

Hemos hecho avances importantes en este sentido. El más reciente, la estrategia global para la política exterior y la seguridad de la UE que presentó la Comisión Europea en 2016. Un documento importante sin duda. Pero dadas las circunstancias actuales, es imperativo que la acción exterior europea deje de ser una mera declaración de intenciones para convertirse en una verdadera política comunitaria, con objetivos y acciones concretas. Bastan acciones muy sencillas para empezar a lograrlo. Por ejemplo, abandonando progresivamente la regla de la unanimidad para pasar al voto por mayoría cualificada en áreas concretas de relaciones exteriores como las misiones civiles y los derechos humanos. Algo que ya hemos pedido al Consejo tanto Comisión como Parlamento. Y para ello ni siquiera es necesario reformar el tratado. Solo falta la voluntad de los Estados.

Pero también hacen falta valentía política y decisiones más osadas. Cuando se consume el Brexit, Francia será el único país europeo con presencia permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Antes o después, Europa debe reclamar su derecho a ocupar un sillón. Será un primer paso, simbólico pero efectivo para reconocernos y ser reconocidos como un verdadero actor internacional.

¿Cuánto más va a tardar en levantarse y ponerse en pie como el gigante que es para asumir de una vez su papel en el mundo, sin vacilaciones?

En definitiva, tanto por convicción como por necesidad, los europeos creemos en un orden mundial basado en normas y reglas comunes que deben ser respetadas. Creemos en el multilateralismo, en la cooperación y en la fuerza del diálogo y del consenso como mejores herramientas para el progreso. Creemos que la prosperidad y el bienestar deben llegar a toda humanidad, y no solo al alcance de unos pocos. Y creemos que la paz, la democracia, la libertad y los derechos humanos deben ser defendidos por todos los medios legítimos a nuestro alcance. Dentro y fuera de nuestras fronteras. La pregunta que cabe hacerse es: ¿cuánto más va a tardar Europa en levantarse y ponerse en pie como el gigante que es para asumir de una vez su papel en el mundo, sin vacilaciones ni complejos?

Wiertz, 60
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