Se llama Manfred Weber

Confío en que socialdemócratas y liberales sepan estar a la altura de las circunstancias. Guste o no, el candidato de centro derecha cuenta con más escaños que nadie

Foto: Manfred Weber. (Reuters)
Manfred Weber. (Reuters)

Y, aunque probablemente ni le pongan cara ni les suene su nombre, este alemán de 46 años, rostro serio y gesto circunspecto tiene todas las papeletas para convertirse en el decimotercer presidente de la Comisión Europea y el segundo en la historia de esta institución que cuente con el respaldo de las urnas.

Se preguntarán ustedes, y con razón, de qué urnas estoy hablando. Ya que en este frenesí electoral que los españoles hemos padecido en los últimos meses entre generales, europeas, autonómicas y municipales, por ningún lado habrán visto la opción de votar al presidente de la Comisión Europea. Y, sin embargo, si el pasado domingo 26 de mayo acudieron a su colegio electoral y optaron por introducir en la urna la papeleta azul del Parlamento Europeo, sepan que también estaban votando por un candidato a presidente. Al menos así es si su voto fue para una de las dos grandes fuerzas europeístas del continente, a saber; el Partido Popular o el Partido Socialista.

Weber fue candidato a presidir la Comisión, se ofreció a los electores del continente y su partido, el PPE, ganó las elecciones. Enmanuel Macron, por su parte, no fue candidato a nada, su partido se presentó sólo en Francia y perdió ante la extrema derecha.

Y mi pregunta de hoy es: ¿por qué Macron no quiere que Weber, aquel a quien han elegido los europeos, gobierne la Unión Europea? ¿Qué interés tiene el presidente francés en que el proceso de selección del presidente europeo siga ventilándose en el cuarto oscuro del Consejo y no por el voto popular? ¿No será precisamente esta actitud poco democrática y poco transparente la que le ha dado la razón y el triunfo a Marine Le Pen en Francia? En mi opinión, Macron confunde, como siempre, el interés del gobierno francés con el interés de Europa.

Aunque como les he dicho, es casi seguro que de todo esto no se hayan enterado y que ni siquiera supieran que había un alemán y un holandés disputándose la presidencia de la Comisión. Échennos la culpa de ello a los políticos. Y también un poco, si me lo permiten, a los medios de comunicación. Dicho lo cual, intentaré darles una explicación.

Hace años que se ha instalado en tanto en Bruselas como en el resto de las capitales comunitarias el debate sobre el futuro de la Unión Europea. Dicho de otra manera, hacia dónde queremos ir y con qué alforjas a nuestras espaldas. Un debate que tiene como punto de partida dos condiciones históricas:

La primera, que vivimos en un mundo cada vez más globalizado e interdependiente, donde cada día que pasa se habla menos de países y más de regiones económicas y de continentes. Un mundo en el que o Europa pervive como proyecto integrador o acabará reducida a la irrelevancia, encerrada entre la geopolítica de Estados Unidos, China, India, Rusia y África.

La segunda es que una vez, más como ocurriera hace menos de 100 años, vuelven los movimientos nacionalistas, populistas y autoritarios. Los mismos movimientos desintegradores que condujeron a Europa a dos guerras continentales, un estado de pobreza sin precedentes y a una pérdida irreparable de vidas humanas. Los que sufrieron aquellos años oscuros y todavía viven para contarlo ven con horror como, paso a paso, los europeos repetimos los mismos errores de antaño. Pese a lo que podamos pensar ahora, la democracia como forma de gobierno no tiene su supervivencia garantizada.

Comparto que el escenario es poco alentador. Pero los europeos venimos de un escenario aún peor, del peor de los escenarios, y hemos demostrado que aprendimos todas las lecciones duras de la Historia. Pese a todo, algunos gobiernos nacionales mantienen una actitud irresponsable culpando a la Unión Europea de todos sus males, conque, tras el estallido de la crisis económica y social, los enemigos de Europa no necesitaron construir un relato antieuropeo. Se lo hicieron gratis en algunas cancillerías comunitarias.

Ante estas circunstancias, ha sido el Parlamento Europeo, depositario desde 1979 de la voluntad ciudadana, quien ha puesto las reformas políticas en el orden del día de la agenda comunitaria. Ha sido esta cámara la que ha defendido con vehemencia que la Unión Europea, además de ser más democrática, también debe demostrarlo. De nada vale que insistamos en el inmenso valor político de un Parlamento Europeo elegido directamente por los ciudadanos si sus diputados no se sienten vinculados al mandato que les han otorgado.

De ahí este invento de nombre impronunciable llamado 'spitzenkandidaten', (candidatos principales, en español) que no es otra cosa que ofrecer a los europeos la posibilidad de saber antes de acudir a votar quiénes son los candidatos de cada partido a presidir la Comisión, el gobierno de Europa. Algo que sucede con normalidad en todos los procesos electorales nacionales. Un propósito común en el que hemos estado de acuerdo todas las familias políticas europeas, especialmente populares y socialistas, y del que, a falta de un candidato francés, Macron hizo que se bajaran a última hora los liberales.

PP y PSOE elegimos y presentamos a nuestros respectivos candidatos. Los dotamos de una plataforma electoral y de un programa político que ofrecer ante los electores. Les dimos toda la visibilidad que fue posible, sabedores como éramos de las dificultades. Pero aun así lo hicimos. Porque, créanme, la democracia europea no solo se construye con leyes. También se construye con pequeños gestos, por muy simbólicos e ingenuos que parezcan. Y presentar a un candidato para presidente de la Comisión Europea, aunque sea un desconocido para la gran mayoría, es la demostración real de que, en esto de la construcción europea, el Partido Popular europeo y Partido Socialista europeo vamos de la mano y además vamos en serio.

Y vamos en serio porque nos preocupa el auge de los partidos nacionalistas, populistas y radicales. Nos preocupa que Marine Le Pen haya quedado por delante de Emmanuel Macron en Francia. Nos preocupa que la extrema derecha alemana haya conseguido 11 escaños, solo cuatro por debajo de los socialdemócratas. Nos preocupa que en Italia, Polonia o Flandes también sean los intolerantes los más votados. Nos preocupa que el proyecto supremacista de Puigdemont también haya logrado dos representantes.

Nos preocupa que, por primera vez desde que Parlamento Europeo es elegido directamente, estos partidos situados a los extremos de la izquierda y la derecha, los nuevos fascistas y comunistas, vayan a ocupar casi una tercera parte del hemiciclo. Es más, tan solo sumando los escaños de la extrema derecha, serían el segundo grupo más numeroso de la cámara, solo por detrás del PPE y por delante de socialistas, verdes o liberales.

Como ven, razones hay para preocuparse. Pero todavía hay más razones para no quedarse sentados contemplando como los enemigos de Europa tratan de destruirla atacándola desde el corazón de sus instituciones. La Europa en la que creemos se defiende con más democracia, no con menos.

Por eso confío en que el Consejo respete la voluntad expresada en las urnas el pasado 26 de mayo y propongan a Manfred Weber como candidato a presidente de la Comisión. Y confío aún más en que socialdemócratas y liberales sepan estar a la altura de las circunstancias. Guste o no, el candidato de centro derecha cuenta en su haber con 179 escaños, 26 más que su principal oponente de centro izquierda y 74 más que los liberales.

La "pantomima" de la ultraderecha

Hacer caso a Macron y proponer ahora un presidente que no sea el que ganó las elecciones sería algo peor que un paso atrás, sería darle la razón a la extrema derecha cuando dice que la democracia europea es una pantomima. Los diputados europeos nos aprestamos a defender un principio según el cual no se puede nombrar un presidente de la Comisión que no se haya ofrecido como tal a los electores. Y no vamos a votar a otro presidente que a Weber.

Ignorar el resultado de las urnas o hacer lo contrario a lo que han expresado sería hacerles un inmenso regalo a los nacionalpopulistas

Durante el próximo quinquenio, populares, socialistas, liberales y probablemente verdes también, tendremos que dejar a un lado nuestras diferencias y poner por encima de los intereses ideológicos los intereses de los europeos. Juntos tendremos que construir una mayoría sólida y estable que permita a la próxima Comisión y a su presidente abordar con firmeza los problemas reales de Europa y sus ciudadanos. Ignorar el resultado de las urnas o hacer exactamente lo contrario a lo que han expresado sería hacerles un inmenso regalo a los nacionalpopulistas. Justo lo que están esperando.

Wiertz, 60
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