Todo por el pueblo, pero sin el pueblo

Sigue habiendo políticos como Emmanuel Macron empeñados en decidir lo mejor para el pueblo europeo sin contar con ellos

Foto: Emmanuel Macron. (Reuters)
Emmanuel Macron. (Reuters)

A caballo entre los siglos XVIII y XIX surgió en Europa eso que los historiadores dieron en llamar despotismo ilustrado. Una época en la que la élite gobernante decidía qué era lo mejor para los gobernados, pero, por supuesto, sin contar con ellos. Afortunadamente esos tiempos son ya pasado. Y, sin embargo, sigue habiendo políticos empeñados en recuperarlos.

Solo así es posible explicarse la insistencia de algunos jefes de Estado y de Gobierno europeos por negociar a puerta cerrada los nombramientos de altos cargos comunitarios para el próximo quinquenio y, en especial, el codiciado puesto de presidente de la Comisión Europea. Me refiero particularmente al presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, principal muñidor del gran desatino europeo que se está produciendo.

Como los antiguos déspotas, Macron y los que le siguen están convencidos de poseer la verdad absoluta, aunque esta verdad no haya sido refrendada en las urnas. Y bajo esa premisa tan poco democrática, han decidido que no les gusta el resultado electoral ni el candidato ganador de las elecciones, así que, ya si eso mejor proponen otro. No vaya a ser que un día se vayan a encontrar a ese bávaro de a pie sentado de igual a igual en la mesa de los poderosos. Comprenderán pues que, con los años que tengo a mis espaldas, se me haga difícil comulgar con ruedas de molino, porque se me atragantan. No se puede estar todos los días apelando a las virtudes de la democracia para después ignorarlas.

El Elíseo y la Moncloa

Para aclararnos. El Consejo tiene la legitimidad que le dan los tratados para proponer a un candidato. Pero son esos mismos tratados los que dicen que ha de hacerse teniendo en cuenta el resultado de las elecciones. Y guste o no en el Elíseo y en la Moncloa, los comicios del pasado 26 de mayo dieron como resultado que la opción preferida por una mayoría de europeos era el centro derecha. Por cierto, con la participación más alta de los últimos 20 años y siendo la primera vez desde 1979 que esa participación ha aumentado. Pero algunos siguen dispuestos a ignorarlo. Y eso es lo que están haciendo socialdemócratas y liberales en Consejo y Parlamento con su obstinación enfermiza por cerrarle el paso al ganador de las elecciones europeas e imponer otro candidato más acorde con sus expectativas.

La actitud obstruccionista del Consejo ya la vivimos en contra del entonces candidato ganador Jean Claude Juncker hace cinco años. Aunque no con tanta saña como la que estamos viendo. Lo que es desolador es que, esta vez, y a diferencia de lo que ocurrió en 2014, tenemos un Parlamento entregado a los deseos del Consejo. El porqué de esta sumisión tendrán que explicarla socialistas y liberales, responsables directos de la claudicación que se está barruntando. Son ellos quienes han decidido doblar la cerviz y aceptar que se negocie a espaldas del Parlamento. Son ellos quienes, con su beneplácito, están permitiendo que el Consejo liquide el proceso del 'sptizenkandidat' y lo entierre bien hondo para que no huela. ¡Ahora que incluso habíamos conseguido que los euroescépticos de ECR presentasen a un candidato!

Lo cierto es que el Consejo no quiere a un presidente de la Comisión, sino a un administrador delegado. No quieren un político que pueda hacerles sombra, sino a un burócrata gris que se encargue de ejecutar a pies juntillas y sin rechistar los dictados que lleguen desde el edificio de al lado. Por eso no quieren a otro Juncker ni a otro Delors. Los dos salieron respondones.

Y el empeño desmesurado que liberales y socialistas están poniendo para evitar una presidencia de Manfred Weber dice mucho a favor del único candidato salido directamente del Parlamento Europeo. Es decir, el único que realmente puede presumir de haberse presentado a las elecciones y haber sido elegido para ello.

Por supuesto estos días vuelan las justificaciones. Pero decir que el centro-derecha ha acaparado durante demasiado tiempo la Comisión es precisamente el argumento equivocado. Basta con acudir a los libros para ver que, a lo largo de sus más de 60 años de historia, ha habido presidentes de todos los colores. Desde conservadores como el alemán Hallstein, hasta liberales como el holandés Thorn, y laboristas como el británico Jenkins. Incluso el tristemente desaparecido Manuel Marín, vicepresidente socialista, llegó a presidir interinamente la Comisión tras la dimisión de Santer.

La aritmética es despiadada

Tampoco cuela el truco de las mayorías parlamentarias. Primero porque es un error de principiante querer trasladar las dinámicas nacionales a la Eurocámara, que es lo que pretende hacer Sánchez. Segundo, porque ni aun sumando sus votos se acercan socialdemócratas, verdes y liberales a configurar una mayoría alternativa y estable a la que ofrece el grupo popular europeo. Todo esto sin descontar siquiera los escaños británicos que casi con total seguridad desaparecerán antes de final de año, y que dejarían todavía más raquítica a esa hipotética minoría mayoritaria. La aritmética parlamentaria, como bien sabemos en España, es despiadada. Y lo seguirá siendo toda la legislatura europea, donde habrá que sacar adelante importantes dosieres legislativos como la reforma de la zona euro, el refuerzo de área de seguridad y justicia, la culminación de tratados de libre comercio o la lucha contra el terrorismo. Que nadie lo pierda de vista.

El Papa es responsable ante Dios, pero el presidente de la Comisión debe serlo ante el Parlamento Europeo y ante los ciudadanos

Confío en que la cordura y el sentido común vuelvan a encontrar su sitio en estas negociaciones y entre todos seamos capaces de encontrar una salida digna a un entuerto que nunca debió producirse. Con los nacionalpopulistas galopando por el continente a sus anchas, con Rusia cada vez más ansiosa por expandir sus fronteras, con la inestabilidad geopolítica de nuestras vecindades sur y este, con un Reino Unido en retirada, con una Casa Blanca impredecible y con una economía en riesgo de recaída, los europeos no deberíamos perder más tiempo en tomarnos la medida del ombligo. La urgencia de la situación apremia.

Ocurra lo que ocurra, hay una reflexión que extraer de todo esto. En el pasado siglo XX, esta Europa que hoy conocemos no podría haberse construido al margen de los Estados. En el siglo XXI, que es el que nos ha tocado vivir, esta Europa no sobrevivirá si nos empeñamos en construirla al margen de los ciudadanos. Antes o después y de una manera o de otra, los europeos reclamarán su derecho a elegir a las personas que vayan a regir los destinos del continente a través un proceso más directo, plenamente transparente y democrático, y no mediante remedos de cónclaves vaticanos.

El Papa es responsable ante Dios, pero el presidente de la Comisión debe serlo ante el Parlamento Europeo y ante los ciudadanos. Caminos y vías hay para explorar y esa es la tarea de los legisladores para los próximos años. Lo único que tengo claro es que eso de todo para el pueblo, pero sin el pueblo, tiene que volver a ser una cosa del pasado.

Wiertz, 60
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