Boris Johnson también celebra su Diada

La crisis británica puede acabar convirtiéndose en una crisis europea, de esas que hacen tambalearse a las instituciones

Foto: El primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson. (Reuters)
El primer ministro de Reino Unido, Boris Johnson. (Reuters)

Reino Unido atraviesa una crisis institucional sin precedentes. Se diría que los británicos se han convertido en los nuevos italianos de la escena europea. Muchos ahora se preguntan cómo la política de la nación en que se hizo mayor la democracia parlamentaria puede degradarse tanto. No hay una respuesta fácil ni rápida; importantes políticos y periódicos llevan allí mucho tiempo, muchísimo, desde el siglo pasado en realidad, mezclando peligrosamente populismo con nacionalismo, y a estas alturas, la intoxicación es ya sistémica. Les han faltado controles, les ha traicionado su exceso de confianza en sí mismos.

Los británicos no lo saben, pero han empezado a hacer el ridículo. Y lo que es peor, se están volviendo contagiosos, digo peligrosos, para sus aliados. Ellos, sí, ellos, que en los últimos 200 años, desde Trafalgar o incluso antes, siempre se las arreglaron para estar en el lado correcto de la Historia, esta vez se equivocan torpemente de bando. Como en una narración distópica, el país que más sangre dio por salvar a Europa del nacional populismo ha sido el más frágil cuando los nacional populistas han regresado. Lo que en Polonia o Hungría, por no decir España, se consideraría un grave ataque a la división de poderes está sucediendo en Reino Unido con tal naturalidad que nos tiene a todos pasmados.

Por resumir la situación, tras el referéndum del Brexit, el Parlamento británico lleva tres años sin saber lo que quiere. O, mejor dicho, los políticos de Reino Unido tienen claras las soluciones que no desean al problema que ellos mismos han creado (todas las posibles), pero no la que preferirían. Han votado mayoritariamente en contra de salir de la Unión Europea sin acuerdo, pero también en contra de salir con el acuerdo ya negociado, y además la UE ha repetido hasta la saciedad que no habrá una nueva negociación. Han votado en contra de repetir el referéndum. Y ayer volvieron a votar en contra de celebrar nuevas elecciones. ¿Y entonces qué? Entonces nada.

El problema real para nosotros es que la crisis británica puede acabar convirtiéndose en una crisis europea, de esas que hacen tambalearse a las instituciones. Como he dicho, nos pueden contagiar su marasmo constitucional. Si finalmente Reino Unido no se fuera este 31 de octubre de la UE, se posponga lo que se posponga su salida, el Gobierno británico tendría derecho a ocupar una silla en el colegio de comisarios. Para que Boris Johnson no nombrase un comisario británico, se necesitaría la unanimidad del Consejo, es decir, el voto del propio Johnson. Y, con franqueza, yo no veo al actual primer ministro renunciando a crear un problema a la UE proponiendo un candidato a comisario inaceptable para el Parlamento Europeo y bloqueando así el nombramiento de la nueva Comisión, porque recuerdo que, para ser nombrada, la Comisión necesita que el Parlamento la avale en una votación sobre el conjunto de comisarios.

Imaginemos, no es mucho imaginar, que Johnson propusiera a Nigel Farage, cito un loco al azar, para comisario británico; es obvio que crearía una crisis institucional sin precedentes en la UE. Nos enfrentaría a la diabólica alternativa de no votar la nueva Comisión o votarla con un dinamitero dentro. A la sazón, como se sabe, ya no quedan diplomáticos ingleses en la representación permanente de Reino Unido en Bruselas, Johnson los ha devuelto a todos a Londres.

De la misma forma, si Reino Unido se queda un poco más, tiene derecho a ejercer sus prerrogativas como miembro del Consejo de la Unión Europea por ese tiempo adicional que se quede. Esto es, derecho de veto sobre el marco financiero plurianual, por ejemplo, que incluye las políticas presupuestarias, la política agrícola común o el destino de todo tipo de fondos europeos. Un personaje que se ha atrevido a suspender el Parlamento británico, ¿alguien cree que no será capaz de utilizar esa capacidad jurídica que le corresponde para proponer un comisario indeseable o vetar las grandes políticas europeas con objeto de sacar tajada política y negociadora? Yo no tengo duda.

La fecha de salida del 31 de octubre no se eligió por casualidad, ese es el día en que debe entrar en ejercicio el nuevo Gobierno europeo, permitir por tanto que los ingleses sigan en la UE el 1 de noviembre equivale a aceptar que formarán parte de ese nuevo Gobierno. Teniendo en cuenta que Boris Johnson seguirá siendo primer ministro en esa fecha y que no estamos dispuestos a renegociar el acuerdo de Brexit que ya tenemos firmado, con todo dolor de nuestro corazón, debemos pensarlo cuidadosamente antes de conceder un nuevo aplazamiento al Brexit y debemos exigir garantías al Reino Unido antes de ceder. Un Brexit duro podría llegar a ser menos pernicioso que unas instituciones europeas prisioneras del populismo inglés. No nos contagiemos.

La fecha de salida del 31 de octubre no se eligió por casualidad, es el día en que debe entrar en ejercicio el nuevo Gobierno europeo

La UE también tiene que reflexionar y debatir sobre un posible Brexit duro y sobre las consecuencias de un aplazamiento de la situación provisional en que nos encontramos. No demos por sentado que cualquier demora de un final inevitable nos conviene, porque a lo mejor cometemos un gravísimo error. Soy el primero que no imagina la UE sin el Reino Unido, pero también soy de los que se dan cuenta de que confundir realidad y deseo en política es una estupidez que se paga con el desastre.

Miente como siempre Boris Johnson cuando dice que la Unión Europea quiere retener al Reino Unido a toda costa, porque lo que queremos es poner fin de una vez por todas a este embrollo institucional que nos tiene paralizados a todos. Pero no a cualquier precio. Ni vamos a abandonar a Irlanda, que es un Estado miembro, ni vamos a poner en riesgo el mercado único, germen y pilar fundamental de la Unión Europea.

No demos por sentado que cualquier demora de un final inevitable nos conviene, porque a lo mejor cometemos un gravísimo error

Así que, si piden el aplazamiento, la respuesta europea, hoy por hoy, solo puede ser: lo vamos a pensar.

Insiste Johnson en compararse con Winston Churchill. Copia sus gestos de manera histriónica y poco queda para que lo veamos entrando en Westminster puro en mano y sombrero Homburg. Olvida sin embargo la grandeza de Churchill, que, además de su voluminosa figura, fue la de poner siempre el interés de la nación por encima de sus intereses personales o de partido. Justo lo contrario a lo que hace él.

Churchill unió a su país y le insufló coraje cuando solo había flaqueza. Johnson ha dividido al pueblo británico, ha echado fuego sobre el incendio de Escocia y etiqueta a los suyos entre buenos y malos. Churchill salvó a Europa de las garras del nazismo con el sacrificio de la juventud británica, Johnson quiere romper Europa arruinando el ideal por el que murieron a miles aquellos jóvenes británicos. Si fuera por Churchill, esa pequeña isla reclamaría su derecho a liderar Europa, no a romperla.

Mañana, los independentistas catalanes celebran su Diada. Antes de meterse un chute más de nacionalismo mezclado con populismo, harían bien en mirar adónde está conduciendo esa misma sobredosis de supremacismo regional a la antaño prestigiosa política británica. Boris y Puigdemont, o Boris y Torra, lo mismo da, militan hoy por hoy en el mismo antieuropeísmo, aunque no lo sepan.

Wiertz, 60
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios