El Gobierno social-populista de Sánchez tiene su precedente en Grecia

España ahora tiene ministros que presumen de su 'comunismo' y que en los consejos europeos se van a sentar entre colegas polacos, rumanos, letones o croatas que sufrieron ese mismo comunismo

Foto: Alberto Garzón llega a la Moncloa, por primera vez, como ministro. (Reuters)
Alberto Garzón llega a la Moncloa, por primera vez, como ministro. (Reuters)

Me consta que la vicepresidenta Calviño, supongo que también algún otro ministro con amigos en Bruselas, ha estado llamando este fin de semana a la Comisión para tranquilizar a la Unión Europea respecto de los planes económicos del nuevo Gobierno de España. Y es que, en contra de lo que se sugiere en los mentideros de Madrid, lo que de verdad preocupa en la capital europea es la próxima evolución presupuestaria de nuestro país y no su unidad territorial.

De hecho, me permito afirmar que ningún miembro de la Comisión con quien yo haya hablado el tema parece inquieto por la posibilidad de una inminente independencia catalana y vasca, más bien creen que Sánchez les ha tomado el pelo a todos, pero sí se muestran alarmados por el papel que Podemos e Izquierda Unida pueden jugar en la evolución de nuestras cuentas públicas.

En Bruselas, proclamarse "comunista" causa la misma alarma que proclamarse "fascista" o "nazi". Si se piensa que media Europa sufrió crueles dictaduras comunistas durante 40 años, puede que se entienda lo que digo. España ahora tiene ministros que presumen de su 'comunismo 'y que en los consejos se van a sentar entre colegas polacos, rumanos, letones o croatas, para los que mencionar el comunismo es recordarles los gulags de Siberia, el racionamiento o la falta de libertad. No hay otro Gobierno con comunistas en el continente, ni siquiera Portugal, donde su primer ministro cuenta con sus votos, pero no los incluye en el Ejecutivo.

El exministro griego de Finanzas Yanis Varoufakis. (EFE)
El exministro griego de Finanzas Yanis Varoufakis. (EFE)

En cuanto Pablo Iglesias o Alberto Garzón, por ejemplo, se personen ante las instituciones europeas para defender su modo bolivariano de entender el gasto público y la gestión 'política' de los servicios públicos, a los dirigentes de la Unión les va a venir a la memoria Yanis Varoufakis, el exministro griego que intentó primero cambiar la política económica de Europa y después sacar a Grecia del euro y de la Unión. Muchos aquí ya hablan de eso. Dicen que o Podemos se come al PSOE o el PSOE se comerá a Podemos, pero que los dos en paralelo no pueden durar mucho, que representan formas muy diferentes de entender la política europea, que, de hecho, el PSOE es europeísta y Podemos no.

No hace ningún bien a los intereses de los agricultores, los empresarios, los bancos, los pescadores o los prestadores de servicios españoles el que al Gobierno de su país se le empiece a llamar “el de los comunistas”. Ningún bien.

Precisamente, la semana que viene se cumplirán cinco años de las elecciones griegas que dieron por primera vez el poder a Syriza, condenando al histórico partido socialista heleno, el Pasok, a una humillante derrota que casi lo convierte en extraparlamentario y de la que todavía no se ha recuperado, sobreviviendo con ventilación asistida, a la espera de un milagro que lo devuelva a la primera línea política.

Mientras tanto, el que fuera su verdugo, Alexis Tsipras, aunque ahora en la oposición, ha convertido lo que era un conglomerado de partidos minoritarios y radicales en una potente maquinaria electoral, parecida a Podemos, en torno a la cual gravitan el resto de fuerzas de izquierdas, las 'confluencias', bajo riesgo constante de verse absorbidas. También lo que queda del Pasok.

Lo de los griegos con el Pasok fue una historia de amor sin final feliz. Más bien un final trágico. Una historia de desengaño, de mentiras, de promesas incumplidas. Tristemente, he de decir, nada nuevo bajo el sol. Los partidos que venden soluciones a granel, que tienen siempre las mismas respuestas, ya sea al cambio climático, a la crisis migratoria o al aumento de la deuda, acaban siempre defraudando a la población.

Alexis Tsipras, líder de Syriza. (Reuters)
Alexis Tsipras, líder de Syriza. (Reuters)

Y esto no tiene que ver con ser de derechas o de izquierdas. En la gran mentira de la economía griega, que se destapó con la crisis, tuvieron tanta culpa el Pasok como su adversario de centro derecha. En honor a la verdad, lo que Yorgos Papandreu, hijo y nieto de primeros ministros, se encontró en octubre de 2009 cuando ganó las elecciones y llegó al Gobierno fueron unas cuentas falseadas, una caja pública con telarañas.

Pero no es menos cierto que los organismos internacionales como el FMI y también las instituciones europeas como la Comisión fallaron a la hora de monitorizar la situación real de la economía griega. Lo que no van a hacer ahora con los gastos del programa de Pedro Sánchez.

Y entonces llegó Syriza, una organización que, igual que había hecho el Pasok 40 años atrás, supo leer el descontento social con la situación del país, el miedo ante el abismo económico y la furia de los ciudadanos por lo que se consideraban imposiciones draconianas llegadas desde fuera. ¿Cómo iban a decidir desde Berlín, Washington o Bruselas cuánto debían cobrar de pensión las viudas griegas, o cuántos años debían trabajar los funcionarios de la Administración, o a qué años podían comenzar a jubilarse? El discurso de nuestros ministros de Podemos, vaya.

Tsipras supo reaccionar. Entendió que Bruselas no era el enemigo a batir, sino el amigo y aliado que quería y podía ayudar a Grecia a salir de la crisis

Tsipras trató de hacer el juego populista. Nombró ministro de Economía y hombre fuerte en Bruselas a Varoufakis, cuyas dotes como dirigente y negociador fueron una de las mayores burbujas políticas que se recuerden y que le acabaron costando el puesto a los pocos meses.

Se empeñó en convocar un referéndum carente de toda lógica porque partía de una gran mentira. Los griegos votaban sobre la gestión de un dinero que no existía. La economía helena no subsistía por sus propios medios, sino porque permanecía conectada artificialmente a los flujos del dinero a través del apoyo de las instituciones europeas y el FMI. El referéndum fue una especie de 'Grexit' y tampoco le sirvió para nada.

Esa fue la realidad a la que despertaron Tsipras y Syriza poco tiempo después del referéndum. Unos meses preciosos perdidos que acabaron pagando los sufridos griegos. Los que otrora se vanagloriaban de que con ellos llovería maná del cielo para la 'gente', como hacen los ministros de Podemos, se dieron cuenta de golpe y porrazo de que una cosa es predicar y otra bien distinta dar trigo. Dicho de otra manera, una cosa es llenar estadios y recorrer platós de televisión como una estrella mediática y otra muy diferente es sentarse tras la mesa de un anodino despacho de ministro y enfrentarse a la realidad de los números.

Pablo Iglesias llega al Palacio de la Moncloa para asistir al primer Consejo de Ministros. (EFE)
Pablo Iglesias llega al Palacio de la Moncloa para asistir al primer Consejo de Ministros. (EFE)

Lo malo es que, como siempre ocurre, quienes acaba pagando el pato de la mala gestión de los gobiernos son los ciudadanos, los trabajadores, las pequeñas y medianas empresas, los pensionistas y las capas más débiles de la sociedad.

Quienes paga el pato de la mala gestión de los gobiernos son los ciudadanos, los trabajadores, las pymes, los pensionistas...

Tsipras, todo hay que decirlo, supo reaccionar. Entendió que Bruselas no era el enemigo a batir, sino el amigo y aliado que quería y podía ayudar a Grecia a salir de la crisis. Yo mismo, que desde el Parlamento Europeo critiqué los excesos populistas y eurófobos del líder de Syriza, reconozco que en sus últimos años al frente del Gobierno encontré en él un líder político ideológicamente contrario, pero políticamente responsable. Lo que venimos llamando un social-demócrata, en realidad.

Syriza sigue siendo a día de hoy un partido de izquierdas, pero su discurso dista mucho de ser el de 2015. Perdidas las elecciones, Tsipras sigue como líder de la oposición al Gobierno de centro derecha. Pero no llama la atención como un enemigo del sistema, sino como alguien que trata de cambiarlo desde dentro. Vamos, democracia y alternancia de poderes. ¿Ocurrirá lo mismo con Podemos?

Es pronto y sería presuntuoso por mi parte aventurar acontecimientos, pero lo que estamos viendo del nuevo Gobierno de Sánchez invita a todo menos al optimismo. Desde la hiperinflación ministerial hasta los discursos esquizofrénicos sobre la unidad territorial y el reparto del cuento de la lechera que se prevé hacer de los Presupuestos Generales del Estado.

Y lo que más me preocupa de este nuevo Gobierno social-populista español es que pretende enfrentarse a los problemas del siglo XXI con herramientas políticas más propias del siglo pasado. La factura de tanta irresponsabilidad, cuando llegue, correrá a cargo de los de siempre, de los mismos: los ciudadanos.

Tenemos en Grecia un espejo que nos enseña lo que pasa cuando el populismo intenta cambiar el curso de la historia en Europa, solo tenemos que mirarnos en él antes de que sea demasiado tarde.

Wiertz, 60
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