El centro político es un bien constitucional

Los resultados en Emilia-Romaña confirman que el centro político italiano ha desaparecido, que la política se ha roto en dos bloques irreconciliables que parecen dominados por los más extremistas

Foto: Matteo Salvini. (Reuters)
Matteo Salvini. (Reuters)
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Se temía que el resultado de las elecciones regionales italianas del domingo en Emilia-Romaña pudiera provocar la caída del Gobierno y el acenso imparable del ultraderechista y eurófobo Matteo Salvini al poder en solitario. En la misma semana en que se producirá definitivamente la salida del Reino Unido de la Unión Europea, un golpe así sobre la decisiva Italia se habría considerado algo más que una señal de alarma para el proyecto europeo. Sin embargo, a última hora, se salvaron los muebles, ganó la coalición de las izquierdas y por ahora resistirá el Gobierno italiano. Las instituciones europeas respiran aliviadas, pero ¿realmente hay razones para relajarse? Yo creo que no.

Los resultados de Emilia-Romaña confirman que el centro político italiano ha desaparecido, que la política italiana se ha roto en dos bloques irreconciliables y que ambos bloques parecen dominados por los más extremistas. La derechista Liga prácticamente ha fagocitado ya a la Forza Italia de Silvio Berlusconi, convirtiéndose en la única opción de voto para todos aquellos que no quieren respaldar a la izquierda.

En el otro frente, es cierto que el Partido Democrático ejerce un renovado liderazgo y que el famoso Movimiento 5 Estrellas ahora parece abocado a su disolución, o a su división entre los dos bloques. Aunque no es menos cierto que el impulso que mantiene ese liderazgo recuperado se basa solo en el que-no-gane-Salvini y que únicamente se consolidará si se muestra inflexible y se abona al discurso más izquierdista. En otro caso, si se mostrara como partido de centro, revitalizaría a los seguidores de Grillo.

La división radical entre los políticos italianos empieza a trasladarse a la calle y eso es lo realmente peligroso; las democracias representativas occidentales no funcionan sin centro político, igual que no sobreviven sin clase media.

El centro político es un bien constitucional

En Emilia-Romaña ganó la coalición de izquierdas, liderada por el Partido Democrático, con el 51,4% de los votos, pero para eso llevó al resto de fuerzas anti-Salvini al borde de la irrelevancia. El Movimiento 5 Estrellas, por ejemplo, el otro partido del Gobierno de coalición a nivel nacional, se quedó en un testimonial 3%. Por su parte, la Liga rozó el 44%, cuando en los comicios anteriores no había pasado del 29%. De momento, Salvini no se lleva esta región, es verdad, de momento eso no pasa. Pero Salvini se ha convertido ya en la única alternativa, y el día en que la coalición gubernamental pierda unas elecciones, será la extrema derecha quien las gane, pues también eso se ha confirmado.

Debo añadir que Italia no es el único país de Europa en el que el centro político ha desaparecido y en el que la extrema derecha se ha convertido en la única alternativa de Gobierno posible. El caso más grave es el de Francia. Macron ha abusado tanto de su estrategia de saltarse a socialistas y populares y confrontarse solo con el Frente Nacional que ha terminado por otorgar al Frente Nacional el liderazgo de la oposición. Ganaron las últimas elecciones europeas y si, por cualquier razón, Macron fallara en las próximas presidenciales, sería Marine Le Pen quien tendría la presidencia de la república al alcance de sus dedos. Igual que en 'Sumisión', la distopía de Michel Houellebecq.

En España, deberíamos tomar buena nota de lo que sucede en Italia y Francia, porque si no cuidamos nuestro centro político, seremos los siguientes

En España, deberíamos tomar buena nota de lo que está sucediendo en Italia y Francia, porque si no cuidamos nuestro centro político como si fuera un bien constitucional, que lo es, nosotros seremos los siguientes. Nuestra sociedad será la próxima que se parta en dos.

Tendemos a pensar de forma ilusa: si el PP abandona el centro, lo ocupará Ciudadanos o quien venga a sustituirlo. Pero no es verdad. La experiencia italiana y francesa sugiere que si el PP abandona el centro, el centro desaparece.

Italia es considerada por muchos el laboratorio político más grande de Europa, solo comparable a la diminuta pero siempre irreverente Bélgica. Un país que le ha cogido el gusto a eso de asomarse al abismo político cada poco tiempo.

Luigi Di Maio, tal vez previendo la derrota que se avecinaba, dimitió como líder del Movimiento 5 Estrellas hace escasamente dos semanas, lo que le evitará en cierta manera ser la diana por los malos resultados. Sin embargo, la crisis de los grillinos es más profunda de lo que esta derrota electoral pueda aparentar. Una crisis que quizá comenzó a fraguarse el mismo día de su fundación. Pero vayamos por partes.

En septiembre de 2009, Italia, al igual que el resto de países del sur de Europa, comenzaba a asomarse al pozo de una crisis económica que acabaría por deshojarlo todo.

El entonces primer ministro, Silvio Berlusconi, al que, dejando otras consideraciones aparte, olfato político no le faltaba, vio que la tormenta que estaba avecinándose era más bien un huracán, pero no acertó a dar con las teclas adecuadas para transmitir la confianza que los mercados reclamaban. Berlusconi no conseguiría salvar su cabeza política y acabaría dimitido dos años más tarde. Y hoy, sometido al poder oscuro de la Liga.

La crisis económica y el descrédito de la clase política fueron la combinación perfecta para que un movimiento como el M5S irrumpiera en escena

Lo que nos interesa aquí es cómo esa crisis y el descrédito de la clase política fueron la combinación perfecta para que un movimiento como los 5 Estrellas pudiera irrumpir en escena y revolucionar el escenario institucional italiano. Igual que lo hizo Podemos en España.

Fue en ese entorno de decadencia política, económica y social donde se juntaron dos personajes como Beppe Grillo y Gianroberto Casaleggio, un cómico con poco público y un anodino empresario de la publicidad en internet, para poner en marcha un experimento político, que hoy en día, solo 10 años más tarde, pisa casi todas las moquetas del poder italiano. La pregunta que resta es saber hasta cuándo, porque el poder institucional está matando a las estrellas antisistema.

No se podría entender el movimiento sin Rousseau, la plataforma digital nacida en 2015 que, tomando como inspiración al erudito francés, sirve de herramienta para ejercer la democracia directa dentro de la organización y que, lejos de encarnar la perfección democrática que promueve, ha demostrado ser un oscuro instrumento al servicio de los intereses de la cúpula del partido, favoreciendo a aquellos candidatos que contaban con el respaldo del líder. También en esto recuerdan los 5 Estrellas a los de Podemos y el chalé de Galapagar.

El caso del Movimiento 5 Estrellas siempre ha sido contradictorio. Se declara apolítico, pero tiene una clara orientación de izquierda. Se define como un no-partido, pero tiene una estructura más centralizada que un politburó comunista. Hasta hace bien poco, básicamente todo lo decidía Beppe Grillo, que aseguraba ser no el líder sino el megáfono del movimiento, pero al final del día incluso poseía personalmente los derechos sobre la marca de la organización y decidía quién pertenecía a ella y quién no. Y, lo más irónico, presumía de no tener 'staff' político. Y ciertamente no lo tenía, porque las labores de 'staff' se las hacían los trabajadores de Casaleggio Associates, la firma de publicidad del cofundador.

Desde 2009 y hasta 2012, el movimiento logró pocos, pero singulares, éxitos electorales. El punto de inflexión llegó con las elecciones generales de febrero de 2013, logrando un 25,6% de apoyo entre los ciudadanos. Sin embargo, el movimiento, o más bien su líder, se negó a llegar a acuerdos con el resto de partidos políticos, provocando una situación de bloqueo que tardó meses en resolverse.

La crisis de credibilidad de los partidos tradicionales, acentuada por las luchas internas, acabó por arrojar a los italianos en brazos de dos fuerzas en teoría totalmente contrapuestas ideológicamente como la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas, pero en la práctica mucho más similares de lo que cabe pensar. El experimento de coalición Liga-Movimiento ha durado poco, pero lo suficiente como para demostrar que, en la política sin centro, los contrarios ni dialogan ni establecen acuerdos duraderos. Luego vinieron la crisis y finalmente la coalición con los socialistas del Partido Democrático.

La crisis de credibilidad de los partidos tradicionales arrojó a los italianos en brazos de dos fuerzas en teoría contrapuestas ideológicamente

De momento, el movimiento ha sobrevivido más de lo que los analistas y sus enemigos políticos habían previsto. Ha sobrevivido al liderazgo de sus dos cofundadores y al menos lo hará al del dimisionario Di Maio. Que sobreviva al próximo, es algo que está por ver.

El caso es que la política italiana también tiene un recado que dar a Pablo Iglesias y sus acólitos antisistema de Podemos: cuando los revolucionarios se montan en el coche oficial, siempre se vuelven socialdemócratas. Y acaban cortándose la coleta.

Felipe González dijo que la política española tiene problemas italianos, pero no políticos italianos para resolverlos. ¿Qué diría ahora que tampoco los políticos italianos saben resolver los problemas políticos italianos?

Ay, España, cuando veas las barbas políticas italianas cortar, pon las tuyas a remojar.

Wiertz, 60
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