La peor mutación del virus sería el racismo

Estamos a cinco minutos de que muchos nacionalistas y populistas empiecen a señalar a los inmigrantes como propagadores de la enfermedad

Foto: Foto: Reuters.
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La culpa siempre es del otro, del diferente, del extranjero. Y en lo que respecta a las enfermedades, todavía más; solemos ponerles el nombre del lugar de donde surgen para explicarnos su virulencia, su maldad o su ceguera. Ébola, por ejemplo, es un río que discurre por el Congo, y Zika, un bosque tropical en Uganda, en ambos casos se entiende así, fácilmente, que hablamos de males que vienen de África, del continente que no tiene remedio.

La gran epidemia de gripe de 1918, aunque afectó a todo el mundo, recibió el nombre de 'gripe española' porque en esos momentos España no estaba inmersa en la I Guerra Mundial y, por tanto, aquí los periódicos contaban abiertamente lo que pasaba con la enfermedad. No como en Alemania, Francia o Estados Unidos (de donde vinieron los primeros casos), de ahí no llegaban noticias porque se embargaban. Daba la impresión de que solo había gripe en nuestro país y eso, sumado a los prejuicios hacia nosotros (pobres, atrasados, crueles, inquisidores…), hizo que lo de ser autores de un mal tan desalmado nos cuadrara a la perfección. Es obvio que las trincheras fueron la tubería por la que aquella gripe se repartió, pero venía más a cuento con el miedo atávico del norte europeo que fuera causada por esa raza sanguinaria de los conquistadores españoles.

Con la sífilis sucedió que cada cual se la asignó directamente a su enemigo natural. En Alemania, Reino Unido y España se llamó 'el mal francés'; en los Países Bajos y Portugal, 'el mal español'; en Francia, 'el mal napolitano'; en Turquía, 'el mal cristiano'… Que las epidemias se hayan utilizado en ocasiones como arma de guerra no quiere decir que siempre lo sean. De hecho, las grandes epidemias se han valido de las guerras, como de la pobreza o de la falta de higiene, para expandirse, pero raramente las han provocado, ya que suelen matar a ambos enemigos por igual.

Las grandes epidemias se han valido de las guerras, como de la pobreza o de la falta de higiene, para expandirse, pero raramente las han provocado

El ejemplo de todos los pánicos universales, tal vez también el mejor conocido, fue el provocado por la peste negra que recorrió Eurasia entre 1347 y 1353. Y también en esa ocasión se buscó un causante exterior: los judíos. Se decía que envenenaban los pozos y los ríos. En 1349, en el cementerio de Estrasburgo, más de 2.000 hebreos fueron quemados vivos. Ese mismo año, en Basilea, se construyó una gran casa de madera, se recluyó ahí a toda la comunidad judía y también se le prendió fuego. Pese a la advertencia del Papa de que la peste no distinguía a sus víctimas por sus creencias y que mataba por igual judíos y cristianos, los primeros fueron masacrados y expoliados a lo largo de toda Europa; eran los culpables extranjeros.

De aquellos cadalsos vinieron las ejecuciones masivas de judíos del siglo XX para demostrarnos que nuestra naturaleza no cambia. Nuestra educación y nuestra cultura pueden avanzar, también nuestros límites morales, pero los miedos irracionales y el reflejo defensivo que provocan siguen siendo los que sacamos de las cavernas.

Todo esto empieza a suceder con el coronavirus, ya conocido como 'gripe china' o como 'la enfermedad de Wuham'. Y que primero produjo un boicot espontáneo de los negocios regentados por ciudadanos de origen asiático —lo que obligó a las autoridades a advertir de que no se trataba de una pandemia promovida por una raza determinada— y que últimamente está provocando una sospecha incómoda y cierta exclusión social hacia los italianos, por ser este el país donde el brote se ha producido con mayor fuerza.

Pero lo más peligroso está aún por llegar y debemos poner todo de nuestra parte para evitar que suceda. A Europa se le ha juntado la crisis del coronavirus con una nueva crisis migratoria en la frontera marítima entre Grecia y Turquía, y estamos a cinco minutos de que muchos nacionalistas y populistas empiecen a señalar a los inmigrantes como propagadores de la enfermedad. El miedo de una población alarmada por las extraordinarias medidas de seguridad que se están adoptando podría ser terreno bien abonado para semejante infundio. Como mezclar fuego y gasolina.

De hecho, semejante intoxicación moral ha comenzado ya. El partido de extrema derecha alemán AfD pidió el cierre de fronteras por eso. También en Reino Unido se han producido ataques a ciudadanos asiáticos al grito de: “¡No queremos tu coronavirus en mi país!”. Debemos ser precavidos y muy, pero que muy, muy didácticos al respecto.

Es verdad que los controles sanitarios de la población refugiada en Turquía dejan mucho que desear, por no decir que no existen, y que la mayoría de quienes se agolpan en la frontera no son expulsados por la guerra siria sino emigrantes económicos de origen iraní, indio y afgano, pero también es verdad que esta epidemia viaja en avión y no a pie, que no la paran los sistemas nacionales de salud y que se ha instalado en Milán, una de las regiones más ricas del planeta, antes que en cualquier campamento de la Cruz Roja en Cercano Oriente.

Esta epidemia viaja en avión y no a pie, no la paran los sistemas nacionales de salud y se ha instalado en Milán, una de las regiones más ricas

Estamos al principio de un gran pánico, vale la pena advertirlo. Cuando los contagios empiecen a multiplicarse, las medidas adoptadas por las autoridades se endurezcan y las consecuencias económicas se traduzcan en pérdida de empleos, entonces, además del llamamiento consabido a la autoprotección médica, habrá que hacer otro al entendimiento colectivo para que no busque otros culpables que el propio coronavirus. Será la hora de comprobar si el pensamiento científico resiste bien las embestidas de estupidez que la globalización ha traído consigo. Ojalá los gobiernos sean conscientes de que no solo han de contener al bicho sino también la oleada de noticias falsas y alarmas mentirosas que el bicho está provocando.

Por otra parte, la visita de ayer del presidente turco Erdogan a los líderes europeos en Bruselas permite albergar la esperanza de que la presión sobre la frontera griega vaya a disminuir en el corto plazo. Erdogan utiliza a los emigrantes como un arma de guerra. Cuando la situación interna o el curso de los combates lo requieren, impulsa a los inmigrantes hacia la frontera europea, y cuando recibe el dinero que considera bastante o la atención internacional que busca, vuelve a cerrar ese grifo humano. La UE no debería aceptar jamás semejante chantaje. Además, el impuso a cruzar a Europa se produce siempre en las fronteras griega y chipriota, y nunca ante la búlgara; otra vez el espantajo del enemigo secular.

Debo añadir, de todas formas, que nada de eso nos exime de la responsabilidad de recoger y salvar a cuantos seres humanos queden a la deriva en el mar. Y que de lo que se vale Erdogan es principalmente de nuestra división interna. A día de hoy, solo Francia, Portugal, Luxemburgo, Finlandia y Alemania (España no), de los Veintisiete, se han mostrado dispuestos a acoger a alguno de los niños no acompañados que llegaron últimamente a las costas griegas. Habrá que tener en cuenta también la responsabilidad que toca a esta prevención frente al extranjero, sembrada irresponsablemente desde algunos gobiernos europeos, si finalmente la crisis migratoria termina cruzándose con el miedo al coronavirus.

La mutación más peligrosa que puede sufrir este virus es la del racismo.

Garantizar la seguridad de nuestras fronteras no puede nunca ser la excusa para la incitación a actitudes xenófobas y racistas como las que desafortunadamente ya estamos viendo. Repito: la emergencia sanitaria del coronavirus ha llegado a Europa no por los inmigrantes, sino a través de ciudadanos europeos que estaban de vacaciones o en viajes de negocios y han tenido la mala fortuna de contagiarse. Curiosa ironía frente a los Salvini de nuestro tiempo: el coronavirus llegó a África de la mano (o de los estornudos) de un ciudadano italiano.

Garantizar la seguridad de nuestras fronteras no puede ser la excusa para la incitación a actitudes xenófobas y racistas como las que estamos viendo

Por eso, ahora más que nunca, deberíamos ser muy precavidos en nuestras afirmaciones. Y no solo los responsables públicos y los medios de comunicación. También la población en general, la cual no debería dejarse atrapar por la desinformación y las mentiras interesadamente propagadas por la ultraderecha, los nacionalistas, los racistas y sus aliados mediáticos. Si tiene dudas sobre el coronavirus, acuda siempre a fuentes oficiales, ya sea del Gobierno de España, de la Unión Europea o de la Organización Mundial de la Salud. Ni 'influencers', ni cuñados ni apologetas del fin del mundo.

Prevención sí. Fanatismo y discriminación no. Si algo hemos aprendido en los últimos días es que el coronavirus no tiene nada que ver ni con la raza ni con la religión. Tampoco la estulticia.

Wiertz, 60
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