A la UE se le está poniendo una cara de ONU que da miedo

Como dice Pericles en su oración fúnebre, no es recibiendo beneficios sino prestándolos que se granjean amigos. ¿Cuándo nos olvidamos de que de eso iba precisamente Europa?

Foto: Foto: EFE.
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Si la peste, probablemente el tifus, pudo acabar con la Atenas de Pericles, por qué el coronavirus no iba a poder llevarse por delante la Unión Europea. Ya sé que ha pasado tanto tiempo que la comparación entre las dos epidemias es poco más que retórica, pero vale para empezar diciendo que las instituciones no son eternas, ninguna lo es, y que se resienten con los vaivenes de nuestra fortuna, y que la UE, el mayor esfuerzo pacífico hecho jamás por los europeos, hace mucho que se quedó a medio construir y que hoy parece haberse contagiado del virus tanto como su población.

¿Morirá la UE por el coronavirus? Quisiera responder que no, aunque debo admitir que es posible. Al menos, que es probable que involucione, cuando la lección aprendida de cuanto estamos viviendo es justo la contraria: con una UE terminada, nos habría ido mejor. Mucho mejor, debo decir. Con una UE fuerte, habríamos tenido una sola respuesta frente al virus y no 27, todas diferentes y a destiempo. Si metemos en el saco de competencias las regiones europeas con capacidad de actuación sobre el sistema sanitario, es posible que sumemos 50 respuestas distintas al virus en el mismo continente.

Sin embargo, no hay un vicio político contra el europeísmo en que incurriéramos en el pasado y que en estos días no hayamos recuperado corregido y aumentado. Disparar a los pies de la UE y hacerla saltar es el único desahogo que les queda a los atribulados políticos nacionales y regionales. ¿Nacionalistas y regionalistas? Seguramente, aunque no lo saben.

A ver, pregunta sin ánimo de ofender: ¿alguien puede explicarme por qué en estos delicados instantes es irresponsable, quizás incluso antipatriótico, culpar de nada a los gobiernos nacionales, a Sánchez-Iglesias por ejemplo, y, sin embargo, sí se admite poner a escurrir la gestión de la Comisión Europea?

Si un diputado nacional, es un suponer, dijera ahora mismo que los Sánchez-Iglesias defendieron tarde y mal a los ciudadanos de la pandemia, todos los comentaristas razonables que conozco, y son muchos, se le tirarían encima y le exigirían responsabilidad, al menos mientras la peste pasa. Ahora bien, si un ministro, un presidente autonómico o un líder de la oposición afirma “Europa nos ha dejado tirados”, entonces le dan la razón.

Criticar al Gobierno es insensato; poner a parir a la UE no. Una vez más, el trasfondo de esta actitud reposa en aquel prejuicio nacionalista según el cual el europeo no es un Gobierno nuestro sino un Gobierno extranjero. Después de tanto tiempo, aún no hemos entendido que las instituciones europeas, los tribunales incluidos, son tan españolas como el Congreso de los Diputados o la Diputación de Soria, que son nuestras instituciones.

Hasta mi madre, cuando me llama desde el aislamiento en que la tenemos a la pobre en Valencia, me dice: “Esteban, es que la UE no está haciendo nada por nosotros”. Y yo le respondo: “Mamá, dentro de sus competencias, lo mismo que el Gobierno de España y la Generalitat valenciana, todo lo que humanamente pueden”. Y entonces me responde: “No están siendo solidarios con nosotros”. Y yo: “Son los otros países los que no están siendo solidarios”.

La UE está funcionando, lo que no funciona es el europeísmo. Si Francia o Alemania se reservan las mascarillas que fabrican solo para ellos, cosa que ha sucedido, no es porque la UE sea incapaz de forzarles a compartir mascarillas, no tiene ninguna competencia al respecto, es porque sus gobiernos piensan, y probablemente también sus ciudadanos, que primero van los franceses y alemanes. Seamos sinceros, si fuésemos nosotros los fabricantes de mascarillas, qué ministro se habría atrevido a compartirlas con Italia por más que se lo pidiera la UE.

Ha faltado liderazgo europeo contra el coronavirus, pero, también, ¿algún país lo ha demandado?

Hace ya mucho que tenemos líderes europeos, mas no líderes europeístas; que el Consejo hace política europea, mas no paneuropea. La última disputa encendida que se produjo en el Parlamento Europeo antes de que llegara la peste, ahora parece hasta irreal, se debió a que los gobiernos europeos decidieron recortar drásticamente el presupuesto comunitario, empezaron a deconstruir la UE. Cuanta menos UE exista, más poder recuperarán las naciones, de eso va el debate presente y, desde luego, el que viene tras el coronavirus.

La solidaridad entre los países europeos lleva suspendida mucho tiempo. Tras la crisis de 2008, los del norte nos hicieron pasar a los del sur por draconianos ajustes presupuestarios, el famoso recate consistió en que nos rescatamos solos. Cuando Grecia quebró, le pusimos un alto precio social a nuestro auxilio, no nos comportamos como una familia con un hermano prodigo, desde luego.

Muestras en un laboratorio. (EFE)
Muestras en un laboratorio. (EFE)

Y más tarde, al estallar la crisis de los refugiados, fueron muchos los Estados que no quisieron aceptar a ninguno en su territorio, hubo incluso quien exigió que fueran refugiados cristianos para acogerlos. El Brexit es la expresión más radical de un egoísmo nacional que ya lleva mucho resucitado, pero no una excentricidad.

Que la estructura económica de la zona euro siga sin terminar o que Alemania, y por tanto el Banco Central Europeo, solo acepte hablar de eurobonos cuando a la economía alemana le interesa son dos muestras irrefutables de lo que digo: que la UE no presenta otra limitación estructural más que su falta de poder efectivo, que su condición de proyecto a medio hacer. A la UE se le está poniendo una cara de ONU que da lástima verla.

Cuando el bicho se vaya y recuperemos la normalidad, necesitaremos a la UE más que nunca, y me temo que la orientación que han tomado los políticos nacionales es la de ponerla en cuestión como siempre o más. Lo diré claro: no habrá recuperación económica sin una UE unida, fuerte y generosa. Las economías nacionales por sí mismas, incluida la alemana, no tienen grandes oportunidades frente a la China renacida. Y no quiero pensar en lo que va a ocurrir cuando el virus llegue a África, cuánto vamos a necesitar todos a la UE.

Además, sería injusto decir que no se ha hecho nada. En el aspecto monetario, el BCE ha sabido reaccionar tras días de incertidumbre y desconcierto con una inyección de 750.000 millones de euros para compra de activos públicos y privados que ha calmado a los mercados mandando el mensaje adecuado: el euro, una vez más, resistirá y haremos lo que sea necesario, ha venido a decir.

La Comisión también ha reaccionado. Ha conseguido arañar 37.000 millones de euros de fondos no utilizados hasta el momento para paliar los daños económicos de esta pandemia, de los cuales 4.000 irán a parar a nuestro país. Ha creado una reserva de material sanitario que estará disponible para todos los países. Y como parte del programa Horizonte 2020, se ha lanzado un programa dotado con más de 47 millones de euros para reunir todo el talento europeo en materia de investigación médica.

Foto: EFE.
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Pero eso es lo que puede hacer Von der Leyen, por el momento. Las limitaciones son las que son. No tiene más competencias porque los Estados no han querido. Ya que la Comisión y el Parlamento tienen los poderes que tienen, se esperaba al menos del Consejo que ejerciese con mano firme su papel de coordinador de las capitales. Algo que ni se ha visto ni se ve por el momento.

Ha faltado liderazgo europeo contra el coronavirus, pero, también, ¿algún país lo ha demandado? Yo he escuchado muchas peticiones de fondos europeos, pero ninguna de liderazgo.

Disponemos de un centro europeo para la prevención y el control de las enfermedades, el ECDC. Pero cuando los expertos de este centro llamaban a las capitales para preguntar sobre casos y protocolos, el silencio era la respuesta.

Vista del Palacio de Justicia de Bruselas. (EFE)
Vista del Palacio de Justicia de Bruselas. (EFE)

Pocas administraciones nacionales han sabido o han querido compartir los datos en la primera fase de la epidemia, lo que hubiese sido fundamental para crear una base de datos común para todo el continente. Tampoco sabían explicar cuántos controles y de qué tipo estaban realizando. Aunque ahora casi todos los gobiernos han adoptado medidas similares, lo cierto es que la disparidad ha sido, durante demasiado tiempo, la nota dominante.

Padecemos una epidemia, no una guerra. Me dan miedo las banderas, los himnos y las patrias que estoy viendo renacer contra una enfermedad causada por una partícula que ni siquiera es un ser vivo. Nos sobra Churchill y nos falta Tucídides, lo que nos armará o nos desarmará frente a la epidemia no es lo de la sangre, sudor y lágrimas, sino los valores democráticos y solidarios que hacen de nuestro sistema político el mejor de la Historia. Esto no va de soldados, va de ciudadanos. Y no va de nacionalismo, va de europeísmo. Aunque costará explicarlo.

Como dice Pericles en su oración fúnebre, antes del final de Atenas, no es recibiendo beneficios sino prestándolos que se granjean amigos. ¿Cuándo nos olvidamos de que de eso iba precisamente Europa, de dar más que de recibir?

Wiertz, 60
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