Lo analógico ha muerto, ¡viva el mundo digital!

Oigo decir a mi alrededor que esta pandemia nos hará mejores y también que toda crisis conlleva una oportunidad, y me quedo callado porque no quiero decir en voz alta lo que pienso

Foto: Una rueda de prensa por videoconferencia de la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. (Cs)
Una rueda de prensa por videoconferencia de la líder de Ciudadanos, Inés Arrimadas. (Cs)
Adelantado en

Oigo decir a mi alrededor que esta pandemia nos hará mejores y también que toda crisis conlleva una oportunidad, y me quedo callado porque no quiero decir en voz alta lo que pienso y que luego me acusen de falta de colaboración con el optimismo obligatorio impuesto por el Gobierno. La gripe de 1918 no hizo mejores a nuestros bisabuelos y tampoco fue una oportunidad para nada más que no fuera seguir la Primera Guerra Mundial hasta su último día. ¿Cambió el mundo cuando esa pandemia se fue como había venido en 1920? Sí, cambió y mucho. ¿Fue por la gripe? Pues no creo. Tal vez la gripe acelerase alguna transformación que en todo caso iba a producirse igual.

Lo plantearé de otra manera: si pudiéramos excluir aquella gripe terrible del 18, ¿la historia del siglo XX habría continuado igual? Creo que sí, que la Revolución rusa habría seguido idéntico desarrollo y que en Alemania se habría sembrado lo mismo la semilla venenosa de la que emergieron los nazis y su locura. Así pues, siguiendo cierto paralelismo, podríamos decir, con perdón de quienes se vayan a ofender, que este coronavirus no nos va a hacer mejores de lo que ya éramos, aunque impulsará saltos históricos que en cualquier caso estaban por llegar.

Por ser más preciso, no es la peste sino nuestro miedo, nuestra desconfianza y nuestra desesperación quienes actuarán como aceleradores de la Historia. Y sobre todo la experiencia de haber sobrevivido a un mes y pico de arresto domiciliario masivo prescindiendo de muchas cosas que no sabíamos que ya no necesitábamos. No será por tanto el coronavirus sino el confinamiento quien nos va a cambiar la vida.

De golpe y porrazo nos hemos visto encerrados en nuestras casas y lo más sorprendente de todo es que se puede vivir así, que si queremos no necesitamos salir para nada. Trabajamos desde nuestro ordenador, hacemos la compra por internet, los niños usan una tableta para asistir a clase, administramos la cuenta del banco desde el móvil, los libros nos llegan en formato electrónico y los estrenos cinematográficos se producen en plataformas de emisión en continuo. Hasta las misas de nuestra parroquia se emiten por las redes sociales y las familias se reúnen por videoconferencia. Y todo esto usando tecnologías que ya estaban a nuestra disposición, pero que necesitábamos un empujón como este para decidirnos a utilizarlas.

Y a partir de ahora, cuando hemos probado que todo esto es posible, ya no habrá ninguna excusa que nos haga retroceder. Después del gran confinamiento, no haremos otra cosa más que perfeccionar nuestra presencia en este universo virtual recién descubierto para la inmensa mayoría de los europeos. El virus nos perseguía en el mundo analógico y nos hemos refugiado en el mundo digital, donde no existen las enfermedades. ¿Quién volverá al viejo mundo analógico cuando la peste pase?

A partir de ahora, cuando hemos probado que todo esto es posible, ya no habrá ninguna excusa que nos haga retroceder. ¿Quién volverá a lo analógico?

Muchas empresas, incluso la propia Administración, le están perdiendo el miedo al teletrabajo y calculando de cuántos metros de oficina pueden prescindir en el futuro. Muchos educadores están descubriendo cómo dar clase sin aulas ni patios, y saben que es más barato poner un ordenador en la casa de cada alumno que construir un colegio nuevo. Muchos grandes almacenes, tiendas de barrio y vendedores del mercado están comprendiendo que al nuevo mercado central se llega por internet y que hasta las personas más mayores estos días han descubierto cómo llenar la cesta de la compra con un clic de su ratón. Los bancos, por ejemplo, ya llevan algún tiempo cerrando sucursales o transformándolas en comercios de electrodomésticos, seguros y coches de alquiler porque el servicio bancario lo prestan en línea.

No digo que me guste lo que está sucediendo ni mucho menos, solo digo que sucede y que tendrá consecuencias. Que iba a ocurrir de todos modos, pero que el confinamiento ha acelerado la transición del mundo analógico al mundo digital.

Pongo mi caso, por ejemplo. Después de algunas vacilaciones y ajustes técnicos, los parlamentarios europeos y los funcionarios de la Comisión y el Consejo estamos trabajando con normalidad a través de videoconferencias. Pregunto, pues: ¿cómo se justificarán tras el coronavirus cada uno de esos incontables viajes que hasta ayer se hacían a Bruselas para celebrar una reunión de no más de dos horas cuando tales reuniones se pueden celebrar igual por videoconferencia? Y que, además, si se hacen en formato digital quedan grabadas y se cumple con el principio de transparencia.

¿Horrible? Sí, horrible, pero ya estaba aquí. La herencia del coronavirus se empezó a forjar antes de que el coronavirus naciera.

El Consejo Europeo se está reuniendo electrónicamente, sin necesidad de que ningún jefe de Estado o de Gobierno salga de su despacho, pues bien, por qué no hacerlo siempre así a partir de ahora. Piénsese, además, en las emisiones de carbono que nos ahorraríamos si todos esos aviones se quedaran en tierra.

El mundo no volverá a ser lo que era. ¿Recuperaremos la normalidad? Claro que sí. Volveremos a salir a las calles, a frecuentar los bares, a bailar en las discotecas, a bañarnos en las playas, a vibrar en los estadios… Volveremos a abrazarnos y a besarnos, especialmente los del sur de Europa, para los que el contacto físico es una necesidad casi tan grande como el comer. Pero esta pandemia global marcará un punto y aparte en la historia del siglo XXI.

La crisis del coronavirus pasará, aunque el cambio del mundo analógico al digital dejará tras de sí una profunda huella, imposible de imaginar por el momento, en todos los aspectos de la vida. Habrá cambios en la política, en la economía, en las relaciones laborales, en las sociales, en la educación. Difícil será encontrar un sector donde no se vayan a producir cambios, por pequeños que sean.

La crisis del coronavirus pasará, pero el cambio del mundo analógico al digital dejará una profunda huella todavía imposible de imaginar

También habrá que estar muy atentos a que esta crisis no sea utilizada por algunos gobiernos para imponer medidas restrictivas a largo plazo en materia de derechos civiles o libertad de prensa, o para que algunas dictaduras vean justificada su razón totalitaria de ser.

Por contradictorio que parezca, esta crisis que es global y transnacional va a poner, sin embargo, más presión sobre el multilateralismo y la integración económica. Dirigentes como Trump ya habían manifestado con anterioridad su menosprecio por la globalización. El coronavirus reforzará su discurso. La crisis será un revitalizador de los nacionalismos. No lo perdamos de vista.

Abrirá las fronteras digitales y cerrará aún más las analógicas.

El coronavirus es el viento a favor que esperaban los nacionalistas y los enemigos de la democracia.

Al igual que se hizo tras la Segunda Guerra Mundial, será necesario diseñar, planificar y construir un nuevo orden digital internacional, con nuevas reglas, nuevas formas de protección y nuevos y más avanzados métodos de cooperación internacional.

Para España, es hora de darse prisa. Para empezar, necesitamos que los programas educativos que se hagan a partir de ahora sirvan tanto para el mundo físico como para el digital. O que todos los planes de trabajo detallen qué porcentaje es necesario hacer desde una oficina y cuál puede hacerse remotamente. Habrá trabajos que, al menos en el medio y largo plazo, requerirán siempre la presencia de personas físicas y reales, tales como la pesca, la agricultura, la ganadería, la agricultura, la construcción o la restauración, pero en otros muchos los robots están a punto de presentar su solicitud de empleo.

Cuando ese momento llegue, nuestros sistemas sociales y laborales deberían estar preparados. Y la mejor forma de hacerlo es empezando ahora por reformar radicalmente nuestro sistema educativo. En el futuro, seguirá habiendo fontaneros. Pero el fontanero estará en su casa controlando desde la pantalla de una tableta lo que un robot a sus órdenes ejecuta en otra casa distinta. O eso quiero creer.

No sé qué vendrá después de la pandemia. Pero, sea lo que sea, deseo que al menos resulte más humano, más ético, más comprometido con las cosas y las causas que realmente importan, y sí, también más sostenible. Este virus mata por días. El cambio climático tarda más… Pero se nos lleva a todos por delante.

Wiertz, 60
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
13 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios