El Gobierno confunde inmunidad de rebaño con espíritu de rebaño

Desde que esto comenzó, hemos visto a los gobiernos concentrar todos los poderes, a los parlamentos quedar reducidos a la mínima expresión y a los tribunales de Justicia cerrar sus puertas

Foto: Las estatuas doradas de la plaza de Trocadero, en París, aparecen adornadas con mascarillas de protección. (EFE)
Las estatuas doradas de la plaza de Trocadero, en París, aparecen adornadas con mascarillas de protección. (EFE)
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¿Se dejarían secuestrar nuestros hijos? Seguro que no. Pero ¿y si el secuestro fuera promovido por el flautista de Hamelín? Ah, bueno, entonces sí. Aunque el flautista de Hamelín solo es un cuento. Cierto. Como probablemente lo sea la cruzada infantil de 1212. Se dice que 20.000 niños, siguiendo a otro niño francés al que le había hablado Jesucristo, se juntaron en Niza esperando a que se abriera el mar para caminar hasta Jerusalén y liberarla con su pureza y su inocencia como únicas armas. El mar obviamente no se abrió y la mayoría acabaron embarcados y vendidos como esclavos en Alejandría.

Lo mismo sucede con nuestra libertad. Seguro que nuestra libertad no desea ser secuestrada ni esclavizada, pero si el flautista de Hamelín pronuncia su nombre o si le proponen la conquista pacífica de Jerusalén con una revolución de sonrisas es muy probable que pique el anzuelo y se deje engañar, y que acabe secuestrada o esclavizada. La libertad nos hace fuertes, pero ella en sí misma es muy frágil. Los hombres libres dedican toda su vida a conservar su libertad. La libertad jamás puede darse por supuesta.

Si el Gobierno nos dijera que nos va a instalar una aplicación en el móvil para saberlo todo de nosotros, la mayoría reaccionaría con indignación. Pero si nos cuentan el cuento de que esa aplicación servirá para luchar contra el coronavirus, es diferente, entonces sí. Entonces aceptaremos dócilmente ser monitorizados y seguiremos al flautista de Hamelín. Conque en esas estamos. Durante la pandemia, la democracia se ha debilitado en toda Europa, también en España. Pues bien, el punto sin retorno de esta desescalada democrática sería permitir que el poder se meta en nuestros móviles, en esos pequeños aparatos donde habita nuestra intimidad más sagrada, y lo vamos a admitir mansamente. Por nuestro bien, claro está.

Una cosa es la inmunidad de rebaño y otra el espíritu de rebaño, y los gobiernos tienden a confundir la una con la otra.

Desde que esto comenzó, hemos visto a los gobiernos concentrar todos los poderes, a los parlamentos quedar reducidos a la mínima expresión y a los tribunales de Justicia cerrar sus puertas. Hemos consentido someternos a un arresto domiciliario de meses, aún más estricto que el toque de queda, ¿qué remedio?, porque la imprevisión, la incompetencia y la vanidad de algunos gobiernos impidieron que se atajara la epidemia con sacrificios menores. Hemos contemplado al personal sanitario enfrentarse a la peste casi sin protección alguna porque el Gobierno no la ofrecía, y al Gobierno, como toda reacción, pedirnos que saliéramos al balcón a aplaudir.

Hemos asumido sin rechistar que los decretos contra la pandemia del Gobierno sirven para transformar nuestro sistema económico, comprometer gasto para varios ejercicios presupuestarios o reformar la Administración, incluso para aclarar quién manda de los espías. Hemos asistido a ruedas de prensa sin preguntas, con preguntas filtradas o con asistentes que hablan, pero que no responden, y a comparecencias en que un político comenta los periódicos, y a recurrentes discursos amazónicos del presidente padre de la patria en horario de máxima audiencia.

Hacía más de 40 años que en España no pasábamos por nada parecido. Yo soy mayor y me acuerdo.

Hemos convertido a los chivatos en ciudadanos ejemplares. Antes se les llamaba delatores.

Un general de la Guardia Civil afirmó que las fuerzas de seguridad minimizarían “el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. Y ayer, ¡ayer!, la Policía Nacional animaba en un tuit a denunciar al 091 las “conductas insolidarias”. La policía está para perseguir delitos, no conductas insolidarias, ni adulterios, ni mentirijillas ni desafecciones al líder. ¿Ser solidario ya no es una opción? ¿Desde cuándo la insolidaridad es un delito en España? O ¿desde cuándo la policía actúa en España contra conductas que no son delictivas?

Así que si dices lo que yo estoy escribiendo ahora corres el riesgo de que te llamen antipatriota. O que te señalen por insolidario y alguien llame al 091. Pero, no. No podemos seguir así. Nuestra democracia, nuestro Estado de derecho, nuestra separación de poderes, nuestra libertad de prensa, nuestros derechos fundamentales, nuestra libertad… son tan importantes como la lucha contra la pandemia. Me niego a aceptar que exista un dilema entre salud y libertad, o entre sanidad y economía, o entre eficacia y democracia. Sin libertad, economía y democracia, no hay salud, ni sanidad ni eficacia que merezcan la pena.

En el Berlín a medio confinar de estos días, estaban preparados para celebrar el 75 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial con una exposición sobre las consecuencias del nacionalismo y el populismo. Uno de los carteles de la muestra, sin embargo, parece más un aviso a las futuras generaciones: “Todo empezó con unas elecciones”.

Las tiranías y los regímenes autoritarios también saben germinar al calor de los usos democráticos. La Alemania de Weimar es un ejemplo de ello

Los españoles, por nuestra propia historia, tendemos a pensar que toda dictadura llega después de un golpe de Estado militar. La realidad, sin embargo, es bien distinta. Las tiranías y los regímenes autoritarios también saben germinar al calor de los usos democráticos. La Alemania de Weimar es un ejemplo de ello. Pero si sienten que aquellos años les quedan muy lejos, pueden mirar hacia la Venezuela de Chávez, la Rusia post-soviética de Putin o la Turquía de Erdogan. Esa es la desgracia de la democracia, que por sí sola no se basta para defenderse contra quienes pretenden destruirla, que los enemigos le crecen dentro.

En estos momentos, en casi todos los países hay impuestas medidas similares, como por ejemplo el cierre de los centros educativos, la prohibición de reuniones multitudinarias o la restricción de movimientos dentro del territorio nacional. Pero son medidas que cada país aplica según sus propios criterios y según sus propios tiempos. Lo que nos ha conducido a una situación esperpéntica, donde las vergüenzas de la Unión Europea han quedado al descubierto.

La peste no ha cogido desprevenidos a todos los países y no ha golpeado a todos los países por igual. Los sanitarios no se han contagiado en todos los países por igual y no ha faltado material sanitario en todos los países. Las economías no han sufrido lo mismo, no todos los países lo han cerrado todo y el paro no devorará a todos los países por igual. Y lo mismo reza para la democracia y la libertad, no en todos los países con la excusa del virus se ha conculcado el Estado de derecho por igual.

En España, tenemos mucho de qué hablar cuando se vaya la peste y nos quedemos a solas.

En Hungría, el Parlamento ha aprobado la declaración del estado de emergencia, pero concediendo al Gobierno poderes por un tiempo indeterminado. Dentro de las medidas que recoge ese decreto, está la posibilidad de imponer condenas de hasta cinco años a quienes difundan información falsa sobre las medidas aprobadas por el Gobierno en la lucha contra el coronavirus.

En Polonia, la situación es irónicamente la inversa. El Gobierno ultraconservador se ha negado a aplicar el estado de alarma, lo cual le impediría modificar la ley electoral y convocar elecciones. Ha reformado la ley electoral para que solo se vote por correo y sea el ejército el que recoja los votos casa por casa, y ha convocado presidenciales para este mes. La oposición en su conjunto rechaza participar en esas elecciones.

Estamos empezando a oír cosas que, hasta hace solo unos días, solo escuchábamos en las películas de ciencia ficción, como por ejemplo esa aplicación de seguimiento para detectar y ubicar a ciudadanos de la que hablaba antes, o el no menos inquietante certificado digital de inmunidad, que permitiría cruzar las fronteras si estas siguiesen cerradas.

Todos hemos tenido la sensación de que nuestro móvil nos escucha y luego nos envía publicidad, ¿acaso no nos escuchará lo mismo el Gobierno si nos instalamos su aplicación? ¿Quién tendrá acceso a nuestro historial médico, y a nuestros movimientos, y a nuestras conversaciones?

Google y Apple, enemigos comerciales irreconciliables, se han puesto de acuerdo para desarrollar juntos esta aplicación y vendérsela a los gobiernos europeos. ¿Por qué? Pensadlo, ¿por qué? Desde luego, no porque sea su tradicional línea de negocio, ni porque se sientan amenazados por la inexistente competencia de las empresas europeas. No. Es más sencillo. Porque si se instala esa aplicación en todos los móviles de los europeos, se liberará una cantidad incalculable de datos personales que hará poderoso a quien la administre. Y que nos hará vulnerables al resto. No en vano, Francia está preocupada por su soberanía digital.

Si se instala esa aplicación en todos los móviles de los europeos, se liberará una cantidad incalculable de datos que hará poderoso a quien la administre

¿Y España? En España este debate no existe, este ni casi ninguno. Últimamente, en nuestro país se ofende a los que mandan hasta con el pensamiento.

Ahora que Europa está a punto de conmemorar los 75 años del fin de una guerra mundial atroz causada por el nacionalismo y el populismo, conviene no olvidar que todo empezó con unas elecciones.

Wiertz, 60
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