Con respeto, pido a Francia su silla en la ONU para la UE

Tras el Brexit, la única silla permanente que le queda a la UE en el Consejo de Seguridad es la francesa. Y Francia, aun sin pretenderlo, puede condicionar de manera unilateral la política exterior europea

Foto: Fotografía cedida por la ONU donde aparece el secretario de Estado de los Estados Unidos Edward R. Stettinius Jr mientras firma la Carta de las Naciones Unidas junto al presidente Harry S. Truman (i). (EFE)
Fotografía cedida por la ONU donde aparece el secretario de Estado de los Estados Unidos Edward R. Stettinius Jr mientras firma la Carta de las Naciones Unidas junto al presidente Harry S. Truman (i). (EFE)
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El pasado viernes se cumplieron 75 años desde la firma de la carta fundacional de la Organización de Naciones Unidas y el mundo ni se enteró. No se le ocurrió a nadie celebrarlo. La ONU es el instrumento más necesario y peor construido que ha visto en su Historia la humanidad.

Dicho en otros términos, si la ONU no existiera, habría que inventarla, pero como existe contrahecha, pues transmite la idea de que es innecesaria. Creemos que se puede vivir sin la ONU y no es cierto, pero como la actual ONU parece no cumplir con los objetivos para los que fue creada, nos inclinamos a pensar que podríamos prescindir de ella sin mayor consecuencia. La diplomacia profesional, que a veces da la impresión de servir solo para justificar que gastemos mucho en pompa diplomática, parece la única satisfecha con el actual modelo de gobierno mundial, que les permite pasar horas y horas jugando al Risk.

La ONU sirve a quien interesa que no sirva.

Si la ONU no existiera, habría que inventarla, pero como existe contrahecha, pues transmite la idea de que es innecesaria

Pregunto: si ya se han globalizado la economía, la sociedad, la cultura, la ciencia, las manifestaciones, la crisis climática…, ¿por qué no se globalizan también la política y el gobierno? ¡Pero si hasta los virus son globales! Todos nuestros problemas son ya de ámbito planetario y, sin embargo, ninguna de nuestras soluciones lo es. Afrontamos retos que afectan al 100% de los seres humanos y respondemos con medidas que protegen solo al porcentaje que vive en nuestra región. Es absurdo y no creo que ocurra por casualidad.

De hecho, para mí, una de las paradojas de nuestro tiempo es la resurrección del nacionalismo cuando menos sentido filosófico le queda, supone un calamitoso paso atrás. ¿Cómo, quién y cuándo ha perdonado al nacionalismo las dos guerras mundiales? Un planeta que dialoga, comercia, investiga y aprende unido es absurdo que se gobierne desunido.

En este sentido, la Unión Europea debería ser un camino y un modelo. Con todas sus imperfecciones, la UE representa el compromiso más elaborado de superación del nacionalismo que hemos sido capaces de desarrollar, por lo que merece la pena seguir adelante con su impulso e imitarlo en tantos lugares como se pueda. Ir sumando para ir avanzando.

La UE representa el compromiso más elaborado de superación del nacionalismo que hemos sido capaces de desarrollar

El mundo es hoy un lugar más violento que hace 10 o 20 años. La conflictividad global no solo no ha cesado, sino que sigue en aumento. Es cierto que hay menos guerras clásicas, de enfrentamiento entre Estados, pero hay más conflictos armados, más acciones terroristas, más grupos criminales, que provocan más muertes, más miseria, más personas desplazadas, más exiliados y más refugiados.

Lo hemos visto tras el descarrilamiento de la Primavera Árabe, que ha dejado el norte de África sumido en la inestabilidad, y con un país geográficamente tan importante como Libia en situación de Estado fallido. Lo hemos visto con Ucrania y la guerra de Crimea y del Donbass, que ha complicado sobremanera la política europea de vecindad hacia el este. Lo hemos visto en América Latina con la crisis de Venezuela, que ya no solo es una crisis política y humanitaria sino que puede acabar degenerando en una guerra civil o incluso en un conflicto armado con el Estado vecino de Colombia. Y lo estamos viendo en Cachemira, donde hace menos de cuatro semanas el ejército chino y el indio volvieron a enfrentarse militarmente dejando los primeros muertos en 40 años de tensiones fronterizas desde la guerra sino-india de 1962.

Estamos reviviendo una era de polarización geopolítica, con unos Estados Unidos en caída libre hacia el unilateralismo, despreciando aliados y cortejando a enemigos, con una Rusia cada vez más agresiva, buscando en cada crisis una oportunidad para volver a las dinámicas de la Guerra Fría, y una China con un imponente músculo económico, tecnológico y diplomático que exhibe la paciencia de quien se sabe cada vez más influyente pero que elige cuidadosamente qué batallas librar.

En ese mundo, sería la hora de que la UE alzara su voz y contara su experiencia de guerra, reconstrucción y paz, pero la UE no solo no dice nada sino que además no tiene silla desde la que decirlo. La UE no tiene sitio en la ONU, con eso está todo dicho al respecto.

Es cierto que no siempre los europeos tenemos los mismos intereses. Pero ese argumento se queda cada vez más obsoleto.

Primero, porque como bloque económico y comercial, nuestros intereses nacionales están donde estén los de la UE. Y cuando nuestros intereses no estén suficientemente cubiertos por el bloque comunitario, lo que nos interesa es que pasen a estarlo, no lo contrario.

Y segundo, porque como comunidad de principios y de valores, nuestra interpretación del derecho y del orden internacional es uniforme. Tendremos distintos acentos, pero entonamos el mismo discurso. La paz, la libertad y la seguridad, la igualdad de oportunidades y los derechos humanos, y la democracia y el Estado de derecho forman el bloque trinitario sobre el que se levanta y se sustenta el modo de vida europeo.

Pero ese modo de vida que conocemos está bajo amenaza de derribo. Y, o lo defendemos nosotros, o nadie saldrá a hacerlo. Algunos llevamos años reclamando una verdadera política exterior europea. Ahora ya no es un reclamo, es una urgencia. Necesitamos colocar la Unión Europea en el mapa de las grandes potencias. Necesitamos que nuestra voz europea se oiga y se atienda allí donde se toman las decisiones que afectan a la seguridad y el orden mundial.

La UE debería ocupar una silla permanente y con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. En otro caso, ONU y UE representarán proyectos diplomáticos que, como las rectas paralelas, solo se cruzarán en el infinito.

Antes de que me llamen iluso y que me digan que eso es imposible, les diré que la vida está llena de personas que dijeron que algo no se podía hacer y en cambio se hizo. Precisamente la UE es la prueba viva de ello. Que se lo digan a Robert Schuman y a Jean Monnet.

Fotografía cedida por la ONU donde aparece un libro con la Carta de las Naciones Unidas. (EFE)
Fotografía cedida por la ONU donde aparece un libro con la Carta de las Naciones Unidas. (EFE)

Como ya he dicho, pertenezco a ese club de idealistas pragmáticos que creen que la ONU no sirve para arreglar todos los problemas del mundo, pero que, pese a todo, sin la ONU, el mundo sería bastante peor de como lo conocemos. Así de sencillo. Algo parecido a lo que nos pasa con la UE.

El actual Consejo de Seguridad, donde se discute formalmente la seguridad en el mundo, sigue rigiéndose por las mismas reglas que hace 75 años. Con una composición que ya no representa adecuadamente el equilibrio de poderes globales. Ni siquiera sirve el pretexto de las potencias nucleares, porque todos sabemos que son bastantes más de las cinco que tienen asiento permanente.

Reformar el Consejo de Seguridad es la piedra angular de una reforma en profundidad de la ONU. Y a los europeos nos va mucho en ello. No solo por lo que representa, sino porque tras el Brexit, la única silla que nos queda es la silla francesa.

Reformar el Consejo de Seguridad es la piedra angular de una reforma en profundidad de la ONU. Y a los europeos nos va mucho en ello

Sí, tras el Brexit, la única silla permanente que le queda a la UE en el Consejo de Seguridad es la francesa. Y Francia, aun sin pretenderlo, puede condicionar de manera unilateral la política exterior europea. Algo que va en contra del espíritu y la letra de los Tratados. ¿Qué pasaría si uno de los intereses u objetivos estratégicos de la Unión, definidos, acordados y negociados por los Veintisiete, entrase en colisión con la política exterior francesa? ¿Qué ocurriría si ese interés u objetivo estratégico son precisamente las relaciones con otro de los países miembros del Consejo de Seguridad como Rusia o China?

Por eso, con respeto, le pido a Francia que la ceda o la comparta con la Unión Europea. No se trataría de una cesión gratuita. Si no buscar una fórmula innovadora para que ese asiento, mediante la cooperación y la coordinación necesarias, represente no solo a 67 millones de franceses sino también a 446 millones de europeos. La UE podría así estar incorporada a uno de los puestos permanentes con derecho a veto, mientras que Francia compartiría su privilegio con el conjunto de los europeos y vería incrementar exponencialmente su influencia.

Sería una gran concesión por parte de Francia, no vamos a engañarnos. Sin embargo, creo que merecería la pena el intento.

¿Qué pasaría si uno de los intereses u objetivos estratégicos de la Unión entrase en colisión con la política exterior francesa?

Porque nuestro drama es que los europeos nos hemos vuelto un gigante normativo, capaz de moldear las relaciones comerciales mundiales con nuestra potencia de fuego reguladora, pero políticamente seguimos siendo diminutos, sin voz ni voto en las salas donde se sientan los adultos.

Nos enfrentamos a un rebrote del populismo y el nacionalismo, que se mueve sobre las olas de noticias falsas y la desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones. Somos testigos de ataques a la democracia liberal en todo el mundo. Estamos viviendo una revolución digital con la que ahora mismo hay corporaciones tecnológicas, incluso personas físicas, más poderosas que muchos Estados. El planeta se ahoga por el cambio climático. Y nosotros, la Europa que renació de las cenizas del nazismo, el fascismo y el comunismo, ¿no vamos a tener dónde dar nuestra opinión?

Wiertz, 60
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