¿Por qué esta semana en Bruselas se habla más de Turquía que del virus?
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Esteban González Pons

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¿Por qué esta semana en Bruselas se habla más de Turquía que del virus?

Los europeos corremos el riesgo de que el coronavirus se acabe convirtiendo en una cortina de humo tras la cual se escondan todos nuestros otros problemas

placeholder Foto: El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en Bruselas. (Reuters)
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, en Bruselas. (Reuters)

Los europeos corremos el riesgo de que el coronavirus se acabe convirtiendo en una cortina de humo tras la cual se escondan todos nuestros otros problemas. Como si la presencia misma del virus fuese a impedir a los terroristas atentar o a los ladrones robar. Como si esta peste fuese a conducirse como antídoto frente un Brexit duro, a convertir a Trump o a Bolsonaro en personas razonables y racionales o a desanimar a Putin y a su ejército de bots a interferir en asuntos ajenos. Como si el virus fuese a convertir a China en el paradigma de los derechos humanos.

En el caso español esta desconexión de cuanto sucede que no sea la peste es aún más grave, puesto que la descomposición política a la que asistimos en nuestro país actúa como una burbuja de la que es imposible escapar, actúa como una boina calada hasta las cejas. Visto desde Bruselas les aseguro que el debate político español, sus fundamentos, sus temas y sus objetivos, ha dejado de ser penoso para convertirse simplemente en incomprensible, incluso para los españoles que aquí vivimos. En España debaten y deciden los publicistas, ni los políticos ni los científicos, y una consecuencia de eso es que no existe nada en política que no sea lo que se publicita.

Foto: Foto: EFE/Ángel Medina G.

Pues no. Para bien o para mal el virus no ha impedido al mundo seguir girando, con sus cuitas, sus afrentas diplomáticas, sus disputas territoriales y sus partidas de geopolítica ajedrecística. Cuando despertemos del coronavirus todos nuestros dinosaurios seguirán ahí. La última de estas partidas está ocurriendo en el Mediterráneo oriental, donde Europa y Asia delimitan sus contornos geográficos.

Digo la última y quizá debería decir la eterna disputa, pues no son pocos los historiadores de las civilizaciones que consideran que los valores racionales europeos surgieron de la independencia de Grecia frente a los persas. Precisamente este mes se cumplen 2.500 años de la victoria de Salamina y el mes que viene, dentro de un año, 450 de la de Lepanto, corroborando que lo que entendemos por occidente se construyó en la confrontación frente a lo que conocemos por Oriente.

En el Consejo Europeo que se reunirá a partir del próximo jueves los jefes de Estado y de gobierno se va a centrar principalmente en la creciente tensión que se vive en la frontera entre Grecia y Turquía, donde las apelaciones al uso de la fuerza empiezan a estar presentes en las connotaciones de los mensajes que se cruzan y donde habría:

Primero, que posicionarse claramente al lado de Grecia y Chipre (este es un recado del Gobierno griego al español que me presto a dar).

Segundo, que intentar rebajar la tirantez que se respira y racionalizar la respuesta a la situación creada.

Foto: Marines griegos en febrero de este año. (Reuters)

El caso es que en esa zona de la cuenca mediterránea se han descubierto importantes reservas de gas, lo que ha llevado a todos los países de la región (empezando por Turquía y Grecia, pero continuando por Egipto, Siria y Libia) a incrementar las exploraciones en búsqueda de nuevas reservas. Estas actividades han conducido a una nueva confrontación por las delimitaciones de las zonas económicas marítimas de cada país, trayendo de nuevo a nuestros días un antiguo conflicto heredado de la Guerra Fría como es la partición de la isla de Chipre y las constantes reclamaciones entre los gobiernos de Atenas y Ankara por las aguas territoriales.

A mediados de agosto, Turquía envío uno de sus barcos perforadores a las costas sudoccidentales de Chipre. Un movimiento similar al que ya había realizado en octubre del año pasado (esa vez a la parte oriental) cuando las autoridades greco-chipriotas, las únicas reconocidas internacionalmente, ya habían concedido derechos de exploración a compañías francesas e italianas.

Esta iniciativa de Ankara fue la respuesta a un convenio de delimitación de aguas territoriales entre Grecia y Egipto anunciado días antes y que, ojo no se lo pierdan, era a su vez la represalia de Atenas a un acuerdo similar firmado anteriormente entre Turquía y Libia.

El problema se ha agravado porque ese barco explorador acudió escoltado por varias fragatas de la armada turca, lo que a su vez provocó una reacción de la marina griega, que se vio respaldada por la flota militar francesa presente en la zona, dispuesta a defender los acuerdos franceses de exploración frente a las pretensiones turcas.

placeholder El barco de prospección turco, tras abandonar el puerto de Antalya. (EFE)
El barco de prospección turco, tras abandonar el puerto de Antalya. (EFE)

Ahora bien, seríamos ingenuos si pensásemos que esto es solo una batalla por el gas. Los recursos energéticos no son más que una de las variables que afectan a este conflicto geoestratégico con muchas más derivadas que trataré brevemente de explicar.

La primera de ellas es sin duda, la posición en que Ankara se ve a sí misma como potencia regional. Desde la llegada de Erdogan al poder en 2003, Turquía ha ido progresivamente girando hacia una política nacionalista, islamista y también expansionista, en lo que algunos señalan como una reminiscencia del antiguo imperio Otomano. Esa posición entra cada vez más en conflicto con la posición mantenida por la Unión Europea en general y por las autoridades de Grecia y Chipre en particular, y con el conflicto de la división de la isla todavía congelado y sin visos de solución.

La segunda variable es la inestabilidad de las zonas limítrofes turcas. Al Norte, el conflicto congelado de Georgia. Al este, el siempre problemático Irán, y al sur, Irak y Siria. Obviamente Turquía tiene un problema, que se ha traducido en problemas en la frontera y también problemas con los emigrantes y refugiados.

La tercera variable es la crisis interna. Erdogan ejerce un poder casi absoluto y la economía está lejos de marchar tan bien como pretende vender. Por primera vez en años, la economía turca se contraerá entre un 5% y un 8%. Por otro lado, el fallido golpe de Estado y la represalia posterior han polarizado a la sociedad, hasta el punto de que la oposición se ha hecho con Estambul, joya de la corona de la que el propio Erdogan fue alcalde a finales de los noventa. Y aunque el apoyo popular al presidente sigue siendo elevado, su apuesta islamizadora no acaba de calar entre las capas medias de la sociedad. El proyecto visionario de Erdogan, aunque lejos de haber fracasado, se ha quedado peligrosamente estancado.

placeholder El presidente ruco, Recep Tayyip Erdogan. (Reuters)
El presidente ruco, Recep Tayyip Erdogan. (Reuters)

La reciente transformación de Santa Sofía en mezquita es un buen ejemplo de la política de provocación a Europa y populismo islamista con que Erdogan intenta perpetuarse en el poder.

En este escenario, la Unión Europea debe diseñar una estrategia clara para abordar las relaciones con Turquía que, no lo olvidemos, todavía conserva el estatus de país candidato a la adhesión al club comunitario, título que solicitó en 1987 y que recibió en 1999. Y aún más importante, Turquía es parte de la Unión Aduanera desde 1995 y de la OTAN desde 1952.

Con el camino emprendido por Erdogan, Turquía parece empeñada en cerrarse a sí misma las puertas a una futura adhesión que, a día de hoy, se observa más como una reliquia del pasado que como un proyecto realizable. Lo que no quiere decir que Ankara no sea un socio estratégico de la Unión Europea en el Mediterráneo.

Pero no deberíamos ser ingenuos, Erdogan ha hecho de la inestabilidad su política hacia la UE. Da lo mismo que sea engañando deliberadamente a miles de refugiados, enviándoles mensajes de texto a sus móviles para que acudan a la frontera griega, como enviando fragatas militares a escoltar sus barcos exploradores, consciente de que está militarizando el Mediterráneo oriental. A falta de una oposición interna y de una prensa libre, el líder turco necesita enemigos externos.

Foto: Un barco de exploración turco cruzando el Bósforo. (Reuters)

Sí, a los europeos se nos abre poco a poco otro frente en la frontera oriental. Como si no nos llegasen los fuegos de Ucrania y de Bielorrusia. Además, Erdogan cuenta con una baza negociadora, que es el acuerdo sobre refugiados.

Los dramáticos acontecimientos del campo de refugiados de Moria, en la isla de Lesbos, muestran hasta qué punto esta crisis está lejos de disolverse. Este suceso ha encendido de nuevo las alertas en todas las cancillerías, hasta el punto de que Margaritis Schinas, vicepresidente de la Comisión, tuvo que desplazarse a Lesbos y anunciar que el Ejecutivo comunitario pondrá de nuevo sobre la mesa una nueva propuesta sobre migración y asilo.

Aunque las autoridades griegas descartan cualquier implicación turca en el incendio que destruyó el campo, en el gobierno de Ankara han tomado buena nota. Erdogan no dudará en usar de nuevo a los refugiados como instrumento de guerra contra los europeos.

Foto: Helicópteros de la US Navy MH-60R en configuración antisubmarino (arriba) y ataque (abajo) que presumiblemente podría adquirir Grecia. (US Navy)

En estas condiciones, lo mínimo que puede hacer la Unión Europea son dos cosas. La primera es exigir a Turquía que respete las leyes y los convenios internacionales. La segunda es demostrar, como hizo el Parlamento Europeo la semana pasada, su apoyo y solidaridad inquebrantables con Grecia y Chipre. Lo que Turquía le haga a uno de los países de la UE nos lo hará a todos.

La negociación es posible. Una cosa es sentirse cómodo generando inestabilidad y otra cosa bien distinta es querer ir hacia una escalada en las tensiones que puede descontrolarse y acabar en un incidente militar. Además, Erdogan ha mostrado poco aprecio por nuestros valores, pero no así por el dinero europeo que sigue recorriendo las cañerías de la economía turca. Es una prebenda a la que no va a renunciar.

En definitiva, a cada paso que da, Ankara se va cerrando cada vez más a sí misma las puertas del club comunitario. Por desgracia, mientras siga Erdogan, no hay esperanza para una Turquía europea. A este respecto, ya ni nos engaña ni nos engañamos más.

Los europeos corremos el riesgo de que el coronavirus se acabe convirtiendo en una cortina de humo tras la cual se escondan todos nuestros otros problemas. Como si la presencia misma del virus fuese a impedir a los terroristas atentar o a los ladrones robar. Como si esta peste fuese a conducirse como antídoto frente un Brexit duro, a convertir a Trump o a Bolsonaro en personas razonables y racionales o a desanimar a Putin y a su ejército de bots a interferir en asuntos ajenos. Como si el virus fuese a convertir a China en el paradigma de los derechos humanos.

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