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"Non auro, sed ferro", la dictadura de Draghi
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Esteban González Pons

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"Non auro, sed ferro", la dictadura de Draghi

Draghi es una solución y una garantía, pero no deja de ser una anormalidad democrática que el Parlamento elija primer ministro a un ciudadano que no se presentó a las elecciones

Foto: El nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi. (Reuters)
El nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi. (Reuters)

Contaba la Roma republicana con una institución salvadora cuya leyenda gloriosa ha justificado los golpes de Estado más espantosos por los siglos de los siglos. Cuando las cosas se ponían muy difíciles y se precisaban decisiones y sacrificios extraordinarios, imposibles de adoptar por una asamblea necesitada de conciliar innumerables intereses particulares, el Senado podía nombrar un dictador por seis meses o un año, otorgándole todos los poderes excepto el de disponer del presupuesto a voluntad. Gracias a la dictadura, Roma se salvó de sus peores enemigos y se reconstruyó, incluso cuando los propios romanos exigían vender la ciudad impía y mudarse a la capital etrusca de Veyes.

Recuerda el maestro Indro Montanelli que se trataba de un cargo aristocrático, que todos los dictadores de la Roma republicana, menos uno, fueron patricios y que necesariamente debían haber ostentado previamente el puesto de cónsul, algo así como primer ministro en la época. También que todos, menos dos, respetaron los límites de tiempo y poder que les fueron impuestos. Hasta Julio César, pues, no hubo mejor parapeto para la Constitución republicana que la dictadura.

Foto: Mario Draghi, cuando todavía era presidente del BCE, junto a Pedro Sánchez. (EFE)

La vocación italiana por los salvadores de la patria viene de lejos. Lo digo porque lo de Mario Draghi no es otra cosa que una dictadura a la romana. Sé que esta opinión resultará impopular porque para los italianos Draghi es una solución y para el resto de europeos una garantía, pero no deja de ser una anormalidad democrática que el Parlamento elija primer ministro, por práctica unanimidad y casi sin oposición relevante, a un ciudadano que ni se presentó a las elecciones ni jamás se comprometió con elector alguno.

Democracia significa que el pueblo se autogobierna, sí, y también que el Gobierno cuenta con contrapesos institucionales que impiden que olvide que ejerce su poder en representación del pueblo. En el caso de Draghi, es dudoso que su elección pueda considerarse del pueblo y también que haya quedado ningún contrapeso para limitar su poder. En efecto, como a los dictadores romanos, la República le ha encargado la reconstrucción de la patria y le ha entregado un poder sin frenos.

De los políticos providenciales, ningún demócrata debería fiarse demasiado. La Historia nos ha dado ya demasiadas lecciones al respecto

Hace pocas semanas, cuando quise compartir aquí el intrincado ciclo electoral que nos espera por delante en Europa, me aventuré a escribir que probablemente los italianos acabarían acudiendo este año a las urnas por culpa de la debilidad de su Gobierno. Eso es lo que sucede en las democracias más o menos funcionales. Pero no, en Italia, se empeñan en repetir errores pasados.

Foto: Mario Draghi. (EFE)

En honor a la verdad, debo decir que el ya ex primer ministro Giuseppe Conte goza de mi simpatía. Su adscripción ideológica al Movimiento 5 Estrellas, partido situado en las antípodas de mi pensamiento político, ha sido más circunstancial que otra cosa. Ha gobernado sin estridencias, en algunos casos incluso de manera eficiente y digna. Y pese a haber compartido cama política con lo más variado del sistema italiano, desde la Liga Norte hasta el Partido Socialista, ha sabido mantenerse al frente del Ejecutivo nada menos que dos años y medio. Les recuerdo que la media italiana se sitúa en un nuevo primer ministro cada 14 meses durante los últimos 75 años. Derrocado por las siempre fascinantes conjuras romanas, ha sabido retirarse y ha anunciado que retomará la vida de profesor de universidad que tuvo que abandonar.

A Mario Draghi, todos lo situaban en una carrera más a largo plazo, la de presidente de la República. No quiero decir, desde luego, que no lo consiga. Pero antes deberá sobrevivir al crematorio de líderes en que se ha convertido la política italiana. A Draghi le debemos los europeos gratitud eterna por tres palabras: “whatever it takes”. Lo que en castizo vendría a ser, cueste lo que cueste. Con esas tres palabras, salvó al euro de la embestida a la que estaba siendo sometido y, conscientemente o no, probablemente también salvó el proyecto comunitario.

placeholder El nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE)
El nuevo primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE)

No valoro su gestión como presidente del BCE, sino su capacidad analítica, su agudeza política y el arrojo del que hizo gala para decir lo que debía ser dicho, sabiendo por quién iba a ser escuchado. Sus palabras surtieron el efecto deseado y Europa comenzó, suave pero incesantemente, su recuperación. Al menos hasta que llegó la pandemia. Acabada su presidencia bancaria, en medio del reconocimiento de la clase política y económica y de sus compatriotas italianos, regresó a su arado como Cincinato.

Solo un hombre como Draghi podía generar el consenso necesario entre los partidos políticos italianos. Y, lo que es más decisivo, recibir el respaldo del urdidor del complot para derribar a Conte, el florentino Matteo Renzi, para quien Draghi era la única manera de salvar la legislatura y no acudir a las urnas, ya que a su partido, una escisión del Partido Socialista, no le va muy bien en las encuestas. Draghi tiene experiencia y, por el momento, capital político acumulado para gobernar la nave italiana hasta al menos final de año. Pero en Italia, los tiempos corren de distinta manera. Los traidores de hoy son los salvadores de ayer.

Y, con todo, el error no es Draghi. El error, y grave, es que una vez más en Italia se hace política en los cuartos oscuros de la democracia

Y, con todo, el error no se llama Draghi, al que deseo la mejor de las suertes al frente de Italia. El error, y grave, es que una vez más en Italia se hace política en los cuartos oscuros de la democracia. Y estas jugadas, a la larga, acaban saliendo muy caras.

Cuando las circunstancias económicas obligaron a Berlusconi a dimitir en noviembre de 2011, tenían que haberse convocado elecciones o haberse nombrado a un sustituto elegido dentro de los partidos políticos de la mayoría. Sin embargo, las presiones europeas condujeron a la elección de Mario Monti como primer ministro tecnocrático. Cuando después Monti se presentó para ser votado por los ciudadanos, solo fue capaz de obtener un 10,5% de apoyo electoral. Este es el precedente más cercano del experimento Draghi.

El problema no son las habilidades de los dictadores. Tanto Monti como Draghi son profesionales de elevadísimo prestigio. El problema es que no han sido votados. Y cuando la élite política de un país deja de ser representativa de la ciudadanía, es que la democracia ha dejado de funcionar. Algunos dirán que más vale un buen profesional que un buen político. Yo digo que depende de por dónde se mire. Porque eso ya lo tuvimos en España y los propios franquistas también lo llamaron 'tecnocracia'.

Foto: Mario Draghi (Reuters)

Los políticos estamos muy lejos de ser perfectos, como todos. Pero nos presentamos a unas elecciones, nos exponemos públicamente, decimos lo que pensamos y en lo que creemos. Pero con la política la última palabra siempre es de los votantes; deciden quién gana y quién pierde. Ese es el pacto democrático. Con este tipo de dictadura constitucional que acaba de instalarse en Italia, ese pacto está roto desde el principio.

Lo de Mario Draghi será muy efectivo, o eso deseo, pero es poco democrático y creo que es mejor decirlo que disimularlo

Lo de Mario Draghi será muy efectivo, o eso deseo, pero es poco democrático y creo que es mejor decirlo que disimularlo. Dos comentarios para terminar:

Uno, me preocupa que en Bruselas se haya instalado la sensación de que el Gobierno Draghi es el modelo para los países con dificultades. Me explico: Alemania puede ser gobernada por una gran coalición, pero quien no sea Alemania (o Francia), además de una gran coalición, necesitará a un jerarca europeo como primer ministro. Aquí cada día se escuchan más comentarios elogiosos hacia la 'solución Draghi', incluso algunos fantasean con que suceda a Merkel en el liderazgo blando de Europa, y cuando Bruselas está muy contenta con un Gobierno nacional, es que ese Gobierno carece de corazón. El modelo Draghi nunca será una buena idea para España, lo digo antes de que ese debate surja, que surgirá.

Foto: Imagen: Laura Martín.
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Nacho Alarcón. Bruselas

Y dos, Draghi va a tener que afrontar ajustes duros. No lo han elegido dictador para disfrutar del cargo, sino para ejercerlo. Para hacer lo que hay que hacer para salir de la crisis. Nosotros, en cambio, tenemos un Gobierno que disfruta y no ejerce. En poco tiempo, podemos ver una Italia que nos deja atrás y a España convertida en la Grecia de la crisis anterior. También con esto, anticipo lo que vendrá, si no lo evitamos.

Draghi viene aprendido de su predecesor Marco Furio Camilo, quien al ser nombrado dictador tras la destrucción de Roma por los galos afirmó: “Non auro, sed ferro, recuperanda est patria” (la patria se restaura con hierro, no con oro). Pues eso, serán reformas más que fondos europeos lo que tendrá que llevar Draghi a Italia si quiere que su dictadura se acabe legitimando por el resultado. Y las reformas en la Europa del XXI duelen como el hierro

Contaba la Roma republicana con una institución salvadora cuya leyenda gloriosa ha justificado los golpes de Estado más espantosos por los siglos de los siglos. Cuando las cosas se ponían muy difíciles y se precisaban decisiones y sacrificios extraordinarios, imposibles de adoptar por una asamblea necesitada de conciliar innumerables intereses particulares, el Senado podía nombrar un dictador por seis meses o un año, otorgándole todos los poderes excepto el de disponer del presupuesto a voluntad. Gracias a la dictadura, Roma se salvó de sus peores enemigos y se reconstruyó, incluso cuando los propios romanos exigían vender la ciudad impía y mudarse a la capital etrusca de Veyes.

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