Pedro Sánchez cae derrotado por unas rosquillas

Cuando Pdro Snchz se operó las vocales parecía que se no podía caerse más bajo, pero entonces llegó Évole, lo envolvió, amarró el paquete con cintas

Foto: Pedro Sánchez participa en una 'Asamblea Abierta' del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez participa en una 'Asamblea Abierta' del PSOE. (EFE)

Cuando Pdro Snchz se operó las vocales parecía que no se podía caer más bajo, pero entonces llegó Évole, lo envolvió, amarró el paquete con cintas muy prietas y lo depositó en casa de una familia catalana junto con unas rosquillas adquiridas en la calle Ferraz. Los telespectadores pensábamos que el secretario del PSOE se enfrentaría a las preguntas y suspicacias de la gente corriente, pero a los pocos minutos de emisión fue tan evidente su falta de respuesta que tuvimos que conformarnos con el cara a cara entre el socialista y las rosquillas.

El problema no es de Sánchez, que al fin y al cabo es un mandao, sino de un Évole demasiado exigente. En la calle, antes del cataclismo, a Sánchez se lo rifaban las señoras de entre cincuenta y sesenta años. Pudiendo haberlo llevado a un centro cívico para aprender macramé o hacer aerobic, Évole lo lanzó a un nido de ciudadanos armados de sentido común. Por si fuera poco, estos ciudadanos deseaban hablar de política. Y para colmo de males, eran socialistas desencantados.

Siempre me da la impresión de que, en lugar de buscar votantes, Pedro Sánchez busca amiguetes para irse a tomar una caña. Incapaz de comprender por qué el señor Moliner continuaba hablándole de usted por más que él lo tuteaba, el socialista empezó a comportarse como un robot que no ha actualizado el antivirus

Los juicios de Nuremberg fueron El Hormiguero comparados con aquello. Sánchez sufría y ensanchaba la sonrisa: dientes, dientes, que es lo que les halaga. Su cara me recordaba a la del amante que no comprende el significado de “a partir de ahora seremos amigos”. Sánchez, como esta figura trágica, se negaba a escuchar, intentaba acabar a su favor las frases de los otros y no conseguía asimilar la cruda verdad. Sí a todo, con tal de recuperar una brizna del amor perdido.

Hizo lo que pudo, es decir: lo que le habían ordenado sus asesores de imagen, que en el caso de Sánchez funcionan como un super ego inflexible y todopoderoso. Besó a las mujeres, depositó la mano en cuantos antebrazos y hombros encontró en su camino, preguntó más nombres que una teleoperadora y lanzó risotadas amistosas ante las críticas, para ganar tiempo. A Eloi Moliner, el cabeza de familia, lo tuteaba con insistencia aunque el señor le hablara de usted en todo momento. Sánchez se quebraba así entre el mandato de la asesoría y el hecho de que un hombre mayor que él le hubiera negado el tuteo.

Siempre me da la impresión de que, en lugar de buscar votantes, Pedro Sánchez busca amiguetes para irse a tomar una caña. Incapaz de comprender por qué el señor Moliner continuaba dirigiéndose a él como “señor Sánchez” y hablándole de usted por más que él lo tuteaba, el socialista empezó a comportarse como un robot que no ha actualizado el antivirus.  

 

 

Vídeo: Entrevista a Sánchez en Salvados

 

Pese a los cortafuegos del departamento de imagen, a Sánchez le traiciona el rostro, que es el último aliado de los hombres sin ideas. Como los Moliner no comulgaron con una sola de sus ruedas de molino, él dejó entrever tragadas de saliva, un repertorio de titubeos bien surtido y un estrecharse de las cejas que, sin llegar a la mímica extra de Mariano Rajoy, daba a entender que el infierno hervía bajo su expresión tranquila.

Sus ojos eran los de un hombre que cae al vacío. Le dijeron que están hartos de políticos ladrones y él pronunció un tembloroso “yo no robo”. Le preguntaron qué ocurriría con España y Cataluña si su reforma constitucional no prosperaba, y él se rio, recriminó a Évole que sea tan negativo, volvió a reír y al cabo de un rato confesó que no se quiere plantear tal escenario.

- Bueno, pues le pregunto a ellos -se resignó Évole, y lanzó la pregunta a los Moliner, que se pusieron a dialogar sobre estas complejísimas cuestiones. Así, mientras el periodista y los comensales hacían el trabajo de los políticos, llegó la hora de cenar.

- A Sánchez ponedlo a mi derecha -dijo el educado Eloi Moliner cuando se sentaron a la mesa. De menú, canelones, la comida típica de las navidades catalanas. Ese mismo domingo por la mañana, Pablo Iglesias había abierto su mitin en Barcelona citando a Vázquez Montalbán y halagando a la ciudad. Habló largo y tendido de las virtudes de Barcelona, hizo inventario de sus visitas a la Ciudad Condal y largó alguna que otra palabra en catalán. A la hora de la cena, Sánchez admitía con beatífica sinceridad que no sabía qué narices era eso de los canelones de Cataluña.

Fue, sin embargo, un programa emocionante. La familia Moliner continuó su conversación sobre cuestiones complicadas. Sánchez fue contestando lo que podía hasta que en un momento dijo textualmente “perdón, me he perdido”

Bien. Este es el nivel. Fue, sin embargo, un programa emocionante. La familia Moliner continuó su conversación sobre cuestiones complicadas. Sánchez fue contestando lo que podía hasta que en un momento dijo textualmente “perdón, me he perdido”. A esas alturas, las rosquillas le lanzaban miradas desafiantes. Como si nadie se atreviera a llevárselas a la boca, se dio el duelo fabuloso entre el socialista y la masa de rosquilla.

La batalla fue cruel. Sánchez salió victorioso del primer round, pues las rosquillas no pudieron competir con él en dulzura y melosidad. Sin embargo, perdió el segundo, la batalla de la coherencia, lo cual es muy natural. Hoy día, un socialista es cualquier cosa menos socialista, mientras que la honesta rosquilla no es más que eso, rosquilla. Y así, cualquiera.

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