Humor yihadista

Al humor sólo desean ponerle límites las personas sin sentido del humor. Estos días nos sale una risa amarga. Charlie Hebdo ha mostrado su próxima portada:

Foto: Vista de paquetes de copias del próximo número del semanario 'Charlie Hebdo'. (EFE)
Vista de paquetes de copias del próximo número del semanario 'Charlie Hebdo'. (EFE)

Al humor sólo desean ponerle límites las personas sin sentido del humor. Estos días nos sale una risa amarga. Charlie Hebdo ha mostrado su próxima portada: una caricatura de Mahoma, pero un Mahoma que llora, que dice Je suis Charlie Hebdo. Imagino los esfuerzos de los supervivientes durante su semana negra. Son humoristas replegados en sus cuarteles de invierno, protegidos por la policía en las oficinas del diario Libération, trabajando en busca de un motivo para reír, para hacer reír.

Lo ocurrido es tan trágico, tan espeluznante, que hasta cuesta reír por no llorar. Pero no se rinden, no nos rendimos. Buscan humor de trinchera porque el fanatismo ha declarado la guerra a la risa, como en los tiempos gloriosos de Sinè, que hacía del humor una masacre.

Yo me convierto para estos amigos en espía, me infiltro a través de las líneas enemigas en busca de un rastro difícil. Me preguntaba si los fanáticos se ríen por algo. Por más que he husmeado no di con la pista que conduce al humor de la yihad. Parece que ni siquiera se rían de nosotros. Me mueve un interés antropológico y bélico. Intento comprender al enemigo que me la tiene jurada. El día que algo haga reír a un fanático quedará desactivado, así que paso horas a la búsqueda de la comedia yihadista. Luego me quedo dormido, sueño que soy del servicio secreto y hablo con ellos por teléfono:

–¿Es el enemigo?

–¡Allah uak-bar!

–Que llamo para ver a qué hora van a atentar ustedes.

Cuando uno descubre que no se ríen por nada, el miedo se filtra por entre las letras del teclado. La seriedad hierática y pertinaz de los fundamentalistas rompe algo mucho más profundo: la ausencia de risa se sale de la norma de los malos del cine de acción

Sabemos que no les hace ni puta gracia Charlie Hebdo, pero los yihadistas, por fanáticos que sean, pertenecen al reino de los homínidos. Los biólogos dicen que hasta los simios se ríen, así que de algo tendrán que reírse los yihadistas, ¿no? Pues no: uno puede peinar las barbas de internet sin encontrar un solo piojo risueño.

–Un momento, un momento, Juan. ¿Nos estás diciendo que unos cantamañanas que van en pijama por el desierto se miran al espejo y no les da la risa tonta?

Os pregunto yo si, viéndoles la cara, creéis que se miran al espejo.

Touché.

He visto infinidad de documentales sobre el Estado Islámico y Al-Qaeda. Los más divertidos mostraban un montón de barbudos organizando fiestas. Pero las raves islámicas son decepcionantes, una mezcla entre karaoke y after a las siete de la mañana. Hay un tío subido a una palestra que chilla por el micrófono y el público le hace los coros. Recuerdan a los conciertos de Héroes del Silencio, pero en vez de mecheros encendidos hay granadas y lanzallamas. Por los atuendos remiten a las fiestas de pijamas. ¿Hablan de la menstruación los yihadistas? ¿Se comparan las tetas? Vaya usted a saber, pero ni rastro de la risa. Nadie se ríe en las fiestas que organiza la yihad.

En busca de lo que les divierte he identificado el ocio yihadista. A grandes rasgos, un ocio primario y embrutecido. Lo que más les gusta es subirse a una pick-up de marca Toyota y disparar metralletas desde la ranchera. En esta actividad lúdica se pasan los días, desfilan así por infinidad de vídeos, pero tampoco se ríen. Tiene otra noción del ocio, incluso tienen otra noción del concepto de esparcimiento: para nosotros es ir al campo; para ellos, esparcirse en sentido literal tras activar el cinturón bomba.

Tampoco tienen programas de humor. Les gustan las oraciones televisadas, la música coránica y los vídeos de otros yihadistas subidos al Toyota con metralleta. No existe un nightshow donde el Buenafuente islámico diga lugares comunes; ni rastro del club yihadista de la comedia. Tampoco hay Hora Chanante ni Vídeos de primera, donde a un tío le estalla el lanzacohetes en la oreja y otro se cae del Toyota con la metralleta. No tienen ni un mal Arévalo, ni unos Morancos, nada. ¿Hay al menos tomas falsas en los vídeos de Bin Laden?

–Corta, corta, que me da la risa con las gilipolleces que estoy diciendo.

No las hay. Siempre exaltados y serios, siempre con una expresión desesperada. ¿Será que jamás se ríen? ¿Se han vuelto así de locos por culpa de la amargura? ¿Tiene Occidente la responsabilidad de hacer reír a los yihadistas? Quizás deberíamos convertir Guantánamo en un campamento de risoterapia. Si no los hace reír, los matará la vergüenza ajena. Ahí lo dejo, es una idea.

Los fanáticos nos verán reír y no comprenderán nada. Jamás sabrán qué nos hace tanta gracia. Buscan el paraíso, pero yo me pregunto qué clase de paraíso espera a unos desgraciados que no aprendieron a reír

Una idea desesperada porque, cuando uno descubre que no se ríen por nada, el miedo se filtra por entre las letras del teclado. Esta nueva forma de guerra en pijama y pasamontañas rompe con nuestros esquemas, pero la seriedad hierática y pertinaz de los fundamentalistas rompe algo mucho más profundo. La ausencia de risa se sale de la norma de los malos del cine de acción. La risa de Goldfinger, del doctor Maligno, del emperador Palpatine: esa risa chalada era el rasgo que los humanizaba, los mostraba débiles y desequilibrados. Quien ríe el último ríe mejor, pensaba el espectador, a la espera del héroe.

Entonces, ante estos tipos que no se ríen nunca, ante estos canallas capaces de amargarnos la risa con unas cuantas ráfagas de plomo, ¿qué nos queda? El miedo se tuerce con forma de interrogación: ¿algún día oiremos su risa? ¿Bajo qué circunstancia, en qué trinchera los escucharemos reír?

Pero tras un instante de zozobra caigo en la cuenta de que es precisamente la risa lo que anticipa nuestra victoria. En este momento, mientras escribo esto, los dibujantes de Charlie Hebdo están intentando hacernos reír. Lo lograrán.

Sí, lo lograrán. Porque la risa ha sobrevivido a crímenes terribles, ha renacido de entre las cenizas de una Europa arrasada por la guerra y anida en los viejos tabús, se propaga como un hongo sobre todo lo sagrado. Los yihadistas no reirán los últimos ni reirán mejor. La risa los detesta, los expulsa, viene a refugiarse con nosotros y es el escudo que nos defiende. Así que los fanáticos nos verán reír y no comprenderán nada. Jamás atravesarán los muros de la risa. Jamás sabrán qué nos hace tanta gracia. Buscan el paraíso, pero yo me pregunto qué clase de paraíso espera a unos desgraciados que no aprendieron a reír.

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