Cataluña, ya cansas. Les toca a los vascos romper España

Lo del PNV es un “ahora me toca a mí” en toda regla. Un relevo que trata de pasar inadvertido tras el juego de tronos del Congreso y sucede al punto de saturación español

Foto: Esteladas e ikurriñas durante un amistoso entre Cataluña y Euskadi. (EFE)
Esteladas e ikurriñas durante un amistoso entre Cataluña y Euskadi. (EFE)

Paseo con mi amigo M. por Barcelona. Ha venido de Fuenlabrada para visitarme, digo yo para que le guíe por el conflicto hispanocatalán, así que sin que él me pregunte le señalo con el dedo una ventana donde cuelga una bandera con las franjas, el triángulo y la estrella. M. la mira con la mansedumbre de un buey que pace bajo la luna y las estrellas y me dice: bueno, y qué.

Tuvo la misma reacción la otra noche en el concierto de Nacho Vegas del Palau de la Música. Estábamos en este templo que es menos abigarrado por su arquitectura que por las mordidas corruptas que brotaron a su alrededor, pero M. salió del concierto y yo, con idea de llevar la charla hacia los hijos de Pujol, le dije que a mí el edificio me parece muy cuco. Él me respondió: bueno, y qué.

La canción protesta le emociona menos que la canción sentimental porque él es un revolucionario de andar por casa en bata y su única barricada en llamas está en el sillón de leer. Me decidí por despertar su sentimentalismo patriótico y, soplando un café, murmuré que aquí en Cataluña hay gente que odia, muy especialmente, a los que vienen de Fuenla. M., que soplaba su café asomando los labios al borde de su barba, sólo dijo: bueno, y qué.

¿Por qué no se da cuenta de que el suelo que pisa se abre bajo sus pies y de que la vía Layetana está convirtiéndose en la cresta de una dorsal continental?

Intuyo que mi amigo opina que Cataluña está pasando de moda y me da rabia, porque hace poco que conseguí yo aprenderme todos los nombres de los enemigos de la patria española. M. es un manso de los cojones y un esteta. ¿Por qué no se da cuenta de que el suelo que pisa se abre bajo sus pies y de que la vía Layetana está convirtiéndose en la cresta de una dorsal continental? ¿No ve las dolinas provocadas por el peso tremebundo del sí a la independencia, no nota temblar las paredes del Liceu, conmovidas por el cántico dels segadors de Girona que se acercan como bárbaros a esta ordenada ciudad? Le chillo a M. que aquí, a la vuelta de la esquina, está una de las sedes embargadas de Convergencia. Él me dice: bueno, y qué.

A las cuatro de la tarde le insistía en que ya iba siendo hora de comer y me ha dicho que es hedonista pero frugal, y con la calma chicha de sus ojos examinaba las fachadas tardomodernistas y postbarrocas como un guiri del montón. Yo me subía por esas paredes y me preguntaba por qué ignora tan deliberadamente que bajo esta Barcelona visible hay otra Barcelona cloacal, donde corren las aguas corrompidas del separatismo haciendo aumentar la presión social. ¿No oye los gritos antiespañoles? ¿No nota el pinchazo de la uña que cercena la igualdad de los españoles? Nos cruzamos con Anna Gabriel y la señalo con una mueca de triunfo en la cara. M. le pasa los ojos por encima y dice: bueno, y qué.

He de admitirlo: la córnea se deforma de tanto mirar los periódicos por delante y por detrás. Me lavo los ojos con las respuestas desdeñosas de M. y me doy cuenta de que las esteladas ondean más musitas de lo que yo creía en sus balcones y sus astas. Puede que a Cataluña le esté pasando esta semana lo que al País Vasco tras el Ibarretxazo. Puede que esta oscuridad y esta mansedumbre en las calles se deba a que muchos catalanes, que anteayer iban de indepes, pasan ahora silbando la internacional.

Hay que dar relevo a los antagonistas de la patria; lo único vital para la estabilidad de la derecha es amenazar a su audiencia con un separatismo letal

- ¡Molabas más ingobernable! -grita una chica hipster a las paredes de la Generalitat cuando M. y yo pasamos por su lado. En el silencio nocturno, noto que vuelve a sonar el acordeón de la murga vasca. El PNV, de cuya existencia ni se acordaban los de Madrid, ha vuelto a levantar la voz para dibujar en la agenda mediática su línea roja con una tinta que es la de siempre, pero de pronto parece nueva: su derecho de autodeterminación. 

Es un “ahora me toca a mí” en toda regla. Un relevo que trata de pasar inadvertido tras el juego de tronos del Congreso y sucede al punto de saturación español. Un lector comentaba a mi artículo sobre Puigdemont: ¡Cataluña, ya cansas! Y es que cada cierto tiempo hay que dar relevo a los antagonistas de la patria para que se mantenga encendido el fanal de la tensión. Lo único vital para la estabilidad de la derecha española es amenazar a su audiencia con un separatismo letal.

El pobre Puigdemont, tan indepe de toda la vida y tan de Girona, va pasar a la historia como el político que devolvió el seny a Cataluña como esto siga así. Y no será porque el hombre no se lo curre con la provocación ni porque los indepes se hayan pasado a la rojigualda. Será porque la gente, cansada del tema, oirá el eco y responderá desmañadamente lo que M: bueno, y qué.

España is not Spain
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