Nos rendimos, Colau: que los guiris se queden el centro de Barcelona

Nuestra esperanza de vivir en el centro de Barcelona es nula. Nos vamos, señora Colau, ¡es hora de aceptar la derrota!

Foto: Vecinos de la Barceloneta protestan contra el denominado 'turismo de borrachera'. (EFE)
Vecinos de la Barceloneta protestan contra el denominado 'turismo de borrachera'. (EFE)

Cuando Ada Colau llegó a la alcaldía de Barcelona, prometió que haría algo contra el disparate turístico que hace imposible la vida en el centro de la ciudad. Todos suponíamos que, contra esta plaga, no había nada que se pudiera hacer desde el ayuntamiento de un país democrático. Colau hablaba de tasas, de moratoria hotelera y facilidades para la dispersión del turismo en otros barrios. Nosotros soñábamos con la ira de Khaleesi.

Soñábamos con ejércitos de antidisturbios lanzando agua a presión contra los rebaños de borrachos sin camiseta y disparando pelotas de goma contra las turbias 'barbies' drogadas que deciden ponerse a cantar el 'God Save The Queen' debajo de tu ventana a las cuatro de la madrugada. También, por qué no, con comandos de zapadores del departamento de jardinería municipal cortando las pichas de esos gabachos que confunden el portal de tu casa con un urinario público y dejan su 'eau du bastard' para solaz de tus fosas nasales a la mañana siguiente.

Hace unos meses, empezamos a buscar piso en barrios alejados y feos, porque la fealdad es lo único que puede contener a los turistas

Soñábamos con una noche de los cristales rotos que redujera el comercio de yogur helado y botijos de porcelana cutre a una ruina de peñascos y ceniza humeante. Soñábamos con derrumbar los edificios de falso gótico decimonónico y aparente, con sembrar de barricadas y zanjas ese redil apestoso de la Rambla de las Flores, con contenedores de plutonio y chimeneas de azufre entre las 'tienduquis' de camisetas Kukuxumuxu, los Desigual, los H&M. Soñábamos con que el aeropuerto del Prat dispusiera de baterías antiaéreas como un aeródromo de la Segunda Guerra Mundial.

Nada de esto ha llegado. Nuestra fe en el Estado de derecho es más grande hoy, pero nuestra esperanza de vivir en el centro de Barcelona es nula. Nos vamos, señora Colau, ¡es hora de aceptar la derrota!

Porque hace muchos años que el centro de Barcelona es intransitable, insufrible, y cada día es peor, pero al menos no es inevitable. Hace unos meses empezamos a buscar piso en barrios alejados y feos, porque la fealdad es lo único que puede contener a los turistas. Andrea y yo nos íbamos a las barriadas obreras a mirar pisos y nos maravillábamos con los acabados cutres de ladrillo.

"¡Mira, amor, mira esas ventanas de aluminio, esos toldos verdes y podridos, este hediondo bar lleno de Manolos que liban vino de garrafa con cara de mala digestión! ¡Aquí seremos felices!". Una temporada en el infierno del Borne trastoca radicalmente los conceptos estéticos.

La inutilidad contra la invasión de los ultrahorteras queda demostrada en el cachivache más estúpido que he visto: un rótulo luminoso que pide silencio

Y ya estamos haciendo cajas. No seré tan petulante como para considerarme un exiliado porque tampoco hay que irse tan lejos, pero sí quiero denunciar esta realidad española donde la única salida económica posible parece ser abrir un chiringuito y escupir sangría. La empresa que gestiona las fincas que hemos habitado estos tres últimos años ha empezado a subir los alquileres, como ocurre en todos los barrios condenados por su belleza a ser el parque temático.

Así que esta es la historia de una rendición. La inutilidad del ayuntamiento contra la invasión de los ultrahorteras queda demostrada en el cachivache más estúpido que he visto en toda mi vida. Junto a la Basílica de Santa María del Mar, monumento precioso, flanqueado como todos ellos por cientos de abrevaderos de guiris, se proyecta en el suelo un rótulo luminoso que pide a los turistas un poco de silencio educadamente.

Cada noche, durante toda la semana, las tropas guiris pasan por encima gritando. El suelo donde se proyecta el rótulo está tan negro por las copas derramadas que apenas se puede leer. Los balcones de la Rambla del Borne muestran un aspecto desolado. Los bares llenos, la calle repleta y ruidosa, y las pancartas de los últimos resistentes cuelgan moribundas. "Queremos un barrio digno", dicen. Ya se mudarán.

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