Trump y los constructores de muros: la última consecuencia de la globalización

La victoria del candidato republicano será recordada cuando la Historia, en el futuro, nos intente contar cómo colapsó la sociedad de la globalización

Foto: Performance contra la candidatura de Donald Trump en Ciudad de México, a finales de septiembre. (Reuters)
Performance contra la candidatura de Donald Trump en Ciudad de México, a finales de septiembre. (Reuters)

No perdáis de vista el muro que ha prometido Donald Trump porque es lo más importante para entender, desde el punto de vista de nuestra época, por qué un imbécil semejante ha pasado de ser rico y estrafalario a convertirse en presidente de los Estados Unidos con los votos de más de cincuenta millones de cobardes. Estos días he leído toda clase de explicaciones, algunas sesudas y pertinentes, la mayoría apocalípticas e histéricas, anonadadas, pero yo creo que el muro que ha prometido Trump para separar su país de México se basta para darnos la respuesta. Voy a intentar explicar por qué.

La victoria de Trump será recordada cuando la Historia, en el futuro, nos intente contar cómo colapsó la sociedad de la globalización. El muro es lo contrario de la globalización, que empezó disolviendo las fronteras culturales y preparó su propio suicidio disolviendo las fronteras comerciales. Todo parecía ir bien mientras la riqueza fluyó desde los países ricos a los pobres. Todo se torció cuando la pobreza, la desesperación y el peligro empezaron a fluir en el sentido contrario. Las puertas dan a ambos lados, y el enriquecimiento de una parte de la sociedad china ha traído la extinción de nuestra clase media industrial. Trump ha prometido revertir esta tendencia construyendo muros físicos y fiscales. ¿Miente? Posiblemente sí, pero lo grave es que nadie más racional que Trump haya sido capaz de brindar una alternativa creíble.

Seguidores de Donald Trump en Times Square, Nueva York, tras conocer los resultados electorales. (Reuters)
Seguidores de Donald Trump en Times Square, Nueva York, tras conocer los resultados electorales. (Reuters)

No creo que Hilary Clinton haya perdido las elecciones por representar a la casta ni por cobrar cientos de miles de euros por sus conferencias, como se ha dicho por ahí. Tampoco creo que haya perdido por ser una mala candidata -¿mala candidata? ¡si al otro lado estaba Trump!-. Creo que Clinton ha perdido porque permanece abrazada a la globalización neoliberal y se niega siquiera a ponerla en cuestión. Clinton repite el dogma de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero el pánico de los electores de la antigua Norteamérica industrial le niega la mayor. Ocurre lo mismo con el PSOE en España, incapaz de discutir el modelo global, culpable de cambiar nuestra Constitución para que la deuda externa sea más importante que la vida de los ciudadanos empobrecidos.

¿Existe alguna forma de defender a las clases trabajadoras sin controlar los efectos negativos de la globalización neoliberal? ¿Hay alguna alternativa diferente al arancel que propone Trump para que un norteamericano no compita en sueldos con los habitantes de China, Vietnam o Camboya? Estas son las preguntas que deberían haberse hecho desde hace muchos años los políticos civilizados, pero no lo han hecho. Al contrario: han tratado de imponer el dogma, han pervertido el debate sobre los límites de la globalización a base de tabú. Había ciertas cosas sobre las que era mejor no hablar siquiera. Se tachaba de impresentables o de comunistas a quienes vaticinaban lo que ha terminado por ocurrir. No es una tontería que Trump haya basado su campaña en la destrucción de los tabúes.

Pero volvamos al arancel, el muro y la protección. La globalización hiela la sangre de millones de familias que ven diezmadas sus posibilidades y las de sus hijos. A Trump le han votado esos ciudadanos que tienen la certeza de que sus hijos vivirán peor que ellos. Trump ha señalado a los inmigrantes como culpables porque sabe que la masa es suficientemente estúpida como para tragárselo. En el voto sentimental está el germen de todas las revoluciones. Millones de ciudadanos incultos e incapaces de comprender los grandes procesos votan por la construcción de un muro que los proteja. Si no se revierte el proceso, querrán quemarlo todo para empezar de nuevo.

Es urgente que los partidos socialdemócratas de izquierda y derecha discutan este modelo global y presenten una alternativa atractiva. Es la única manera de evitar que el miedo siga trayendo constructores de muros como Trump, Le Pen, Farage o Wilders, monstruos populistas cuya misión a largo plazo es la destrucción de la democracia.

Trump culpa a los inmigrantes porque sabe que la masa es suficientemente estúpida para tragárselo. En el voto sentimental está el germen de las revoluciones

No olvidemos este asunto: los constructores de muros odian la democracia. Se sirven del miedo para hacerse poderosos. No los une una ideología sino la intransigencia y el desprecio por sus adversarios, a los que llaman “enemigos” como hace Pablo Iglesias en nuestro Parlamento. El constructor de muros es un líder que apela a los sentimientos de una ciudadanía acobardada y los explota para su propio beneficio. Culpan al “otro” (al inmigrante, al presidente de otro país, etc.) de problemas que tienen su causa en el mismo sistema del que ellos se benefician personalmente. En este sentido, no creo que Donald Trump vaya a traernos la Tercera Guerra Mundial. Es suficientemente frívolo y 'bon vivant', suficientemente arribista como para creer que pondrá su propio beneficio por delante de consideraciones más peligrosas.

El hombre tiende a la cobardía y la xenofobia en una proporción infinitamente mayor que a la generosidad y la tolerancia. Cuando yo era más joven, escuchar declaraciones xenófobas de un político era algo impensable. Había consenso sobre el camino al que conducen los nacionalismos extremos. El miedo no lo provocaba el otro, sino nuestro propio pasado. Pero esta mentalidad ha cambiado. El terrorismo internacional y la pobreza ha hecho que el miedo cambie de orientación y se haga muy poderoso. Una sociedad con más miedo al futuro que al pasado prepara el camino para la destrucción. Hoy tiene cara de Trump, pero mañana mostrará rostros todavía peores.

España is not Spain
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