La tarde en que vimos el suelo de las Ramblas

La Rambla es una batalla perdida, a la que los barceloneses han terminado despreciando. Pero de pronto les han dicho que la han matado. Y entonces se dan cuenta de que la quieren

Foto: Efectivos policiales en el lugar del atropello en las Ramblas de Barcelona. (EFE)
Efectivos policiales en el lugar del atropello en las Ramblas de Barcelona. (EFE)

De pronto ha cambiado algo en la forma de caminar de una chica que iba mirando el móvil. Las piernas, apresuradas, de pronto languidecen y se paran como si los huesos se le hubieran convertido en goma. Se queda embobada un momento con la mirada clavada en la pantalla, la cabeza agachada de monje meditando. De pronto reacciona. Se lleva el móvil a la oreja de un golpe y empieza a gesticular y a bailar sobre las losas. La misma escena en todas partes. ¿Qué es? Una persona que dice que está bien. Tranquilos. Estoy bien.

Nosotros avanzamos en coche por una ciudad que pierde el ritmo mientras las noticias corren por los móviles. A las 17:01 ha llegado al WhatsApp de una de las ocupantes del vehículo un mensaje de un pariente que trabaja en las Ramblas. Advertía: “No entréis por plaza Cataluña, pasa algo”. Poco después llegaban fotos a WhatsApp. La radio seguía con su monotonía. En el coche se hablaba de atentado. Y se interrumpen los programas.

Marcos Lamelas. BarcelonaMarcos Lamelas. Barcelona

La Rambla es una avenida poco transitada por los barceloneses. Abandonada al turismo y devorada por él, la mencionan con un deje de nostalgia resentida. Atravesarla es trabajoso, mejor no hacerlo. Verse obligado a cruzar es un fastidio. La Rambla es una batalla perdida, a la que los barceloneses han terminado despreciando, como a una exnovia guapa que se fue con otro que tenía más pasta. Pero de pronto les han dicho que la han matado. Y entonces se dan cuenta de que la quieren.

No hay manera de verla porque la policía ha cortado los accesos. Llamo a un amigo que vive allí y me manda un vídeo de ambulancias. La cruz luminosa de una farmacia palpita con taquicardia. Dicen que la gente se ha escondido en los bares y las tiendas y los portales de los edificios. Hay escenas de histeria colectiva. Hay un carrito de bebé tirado junto a un árbol. Abren paso a las ambulancias y la policía. Por los móviles corre la noticia de que el conductor de la furgoneta ha escapado, es un hombre con camisa blanca y verde, o blanca y amarilla, o... Se desata la suspicacia y se producen escenas de pánico.

Los helicópteros cruzan el cielo y las ambulancias corren hacia los hospitales mientras los barceloneses siguen pendientes de sus teléfonos. Un hombre con un transistor portátil ha concitado un círculo que escucha, todo son caras circunspectas. A cuentagotas sube la apuesta de los heridos y los muertos.

Rambla de Cataluña con Mallorca: un grupo de inglesas ríe de paseo. Mallorca con Passeig de Gracia: corren las ambulancias. Aragó con Pau Claris: un camarero grita ¡12! como en un bingo. Roger de Lluria con Diputació: una pareja abrazada y quieta. Conviven la normalidad y la agitación, la consternación y la frivolidad, el verano y el infierno. Más abajo, hacia el centro, la ciudad está tintada de sirenas azules.

Tan abarrotadas durante todo el año, tan transitadas, es inusual que los barceloneses puedan ver cómo es el suelo de las Ramblas. Durante años se olvida que está ahí, pero ahora, cuando por fin queda despejado, lo que se ve es un paisaje mustio con algunas mantas térmicas sobre las víctimas. Como la aguja de un reloj sangriento, la furgoneta ha quedado detenida sobre el mosaico de Joan Miró.

España is not Spain

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