Feminismo: ¿Por qué me violenta el feminismo?. Blogs de España is not Spain

¿Por qué me violenta el feminismo?

Creo que estoy enfadado, siempre en guardia, siempre atento a los errores de sintaxis de los manifiestos cutres feministas, porque hay otro sitio al que me interesa no mirar

Foto: Concentración que se ha llevado a cabo en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona durante la primera huelga general feminista del 8-M. (EFE)
Concentración que se ha llevado a cabo en la Plaza de Sant Jaume de Barcelona durante la primera huelga general feminista del 8-M. (EFE)

Llevo tiempo intentando escribir un artículo sincero sobre los hombres y el feminismo, o sobre lo que me pasa a mí con el feminismo. Es este. Empieza con un anhelo imposible en tono de confesión, que suena así: ¡cómo me hubiera gustado nacer en los años cuarenta en una familia culta y acomodada y haber sido, a los 30, todo un triunfador progre de los años setenta! Mi vida hubiera sido más fácil por varios motivos. El principal: las mujeres.

Yo hubiera podido considerarme todo un hombre feminista solo con hablar aquí y allá de la urgente pertinencia de la igualdad de género, con citar a Simone de Beauvoir con los pies encima de la mesa, es decir, sin mover un dedo en casa. Miento: habría podido limitarme a fregar los platos de vez en cuando y ya sería el marido más majo del barrio, ¡estos progres cómo son, friegan los platos! Mi paellita mensual, cocinada con una mezcla de amor y de amor propio, se celebraría como un prodigio de la humanidad.

Mis amigos y yo hablaríamos encendidamente de igualdad cuando nosotros quisiéramos, sin tener que aguantar las monsergas victimistas de las mujeres. Con unos cuantos mimos, hubiera puesto fin a la mayor parte de las peleas conyugales que son fruto del descontento que siente toda mujer que convive con un machista. Mi mujer no tendría mucho más donde agarrarse. Le faltaría todo este horizonte morado de hoy en día, todo este marco coral que vomitan a diario los medios de comunicación. Tendría que pensar, resignada, que al fin y al cabo soy un tío de puta madre, que la quiero, que la cuido a mi manera y que “las cosas son así”.

Subrayad esta frase: “las cosas son así”.

'Oh, brother'

Pero no. Mi madre tuvo que soltarme al mundo en esta época. Ahora mismo, si uno tiene cierta sensibilidad a las desigualdades, ser hombre puede convertirse en una mezcla de deferencia incómoda, peloterismo lacayo y ganas secretas de despotricar. El motivo es que las mujeres emparejadas con progres se han hartado de vivir con vagos y reclaman una auténtica paridad. La auténtica paridad va mucho más allá de equiparar los salarios y todo eso, por ese aro teórico pasa hasta Albert Rivera. La auténtica paridad es un trabajo hercúleo y desagradable para cualquier hombre que no haya sido educado en un gulag. De hecho, puedo decir algo más: la auténtica paridad es una putada para cualquier hombre. Pasa por asumir e interiorizar ese trabajo hercúleo que durante eones han hecho ellas. Y más difícil: soportarlo cuando es nuevo.

La auténtica paridad es una putada para cualquier hombre. Pasa por asumir e interiorizar ese trabajo hercúleo que durante eones han hecho ellas

Yo no quiero limpiar la casa. No quiero fregar los platos. No quiero comprar en el supermercado. No quiero cambiar pañales. Pero sobre todo: no quiero tener en la cabeza el orden previsor necesario para llevar una casa, no quiero llevar las cuentas, no quiero compartir esa carga, no quiero preocuparme porque faltan garbanzos o porque va a caducar el queso, no quiero, no quiero, no quiero. Quiero ser despreocupado y dejar que las cosas se hagan solas. He vivido muy bien enterrado en mierda, ¿por qué se me exige bajar la tapa del váter?

Esta no es la pregunta correcta, sino esta otra derivada: ¿cómo es posible que un hombre se queje por este trabajo hercúleo cuando las mujeres entraron en manada al mundo laboral y continuaron haciendo todas las tareas de casa, además del otro curro? Pero esta pregunta puede llevar con facilidad a otra pregunta errónea. ¿Cómo pueden hacerlo todo?

Respuesta a una pregunta errónea

“Es que ellas son así. Biológicamente están diseñadas para estar atentas. En serio, tío, yo no tengo cabeza para llevar la casa. Me parece la hostia que ellas lo hagan. Mi novia es un hacha. Yo las admiro por eso. Pueden con todo. Piensan en todo. Son mejores que nosotros biológicamente. Las admiro mucho. Mogollón”. Por frases como estas era genial ser un progre de los años setenta, pero de pronto vienen todas estas feministas con sus exigencias y sus reproches. Y claro. Acabamos a gorrazo limpio. Ofendidos.

Mis lectores más fieles sabréis que a mí hay algunas feministas que me persiguen con antorchas. Lo que no sabéis es que estoy pensando que igual esas cabronas tienen algo de razón. Llevo un tiempo pensando que algo se trasluce en mis artículos sobre feminismo. Casi siempre escribo desde la crítica. Mi forma de acercarme, salvo raras excepciones, es criticar los excesos y las exageraciones. Criticar está muy bien. Las feministas también critican el feminismo. Pero existe una diferencia fundamental. Yo no suelo hacer la otra parte. Me ofende más que un escuadrón feminista quiera prohibir 'Lolita' que leer 'Lolita' mientras mi mujer friega los platos.

Esta postura mía, la crítica constante, tiene dos explicaciones. La complaciente es que a mí me indignan la estupidez y el cacareo vengan de donde vengan. El feminismo, como todo movimiento de masas, deja crecer muchas lianas a las que agarrarse. Pero hay otra explicación menos complaciente, la que me empuja a escribir todo esto. Mi incomodidad podría no deberse a esos excesos y esas excentricidades, sino al ojo con el que estoy mirando. Un ojo bastante cómodo, por cierto. Y muy distinto al de esas feministas críticas.

Creo que estoy enfadado, siempre en guardia, siempre atento a los errores de sintaxis de los manifiestos cutres feministas, porque hay otro sitio al que me interesa no mirar.

El espejo

Voy a contar algunas anécdotas de mi vida con Andrea. Estoy leyendo 'La forja de un rebelde'. Son mil y pico páginas. Me encanta. Aprendo. Me emociono. Dedico a la lectura de Arturo Barea horas y horas. Además, estoy escribiendo un libro y publicando artículos. Durante mi lectura y mi trabajo, cada día, la comida se hace sola, la ropa se tiende mágicamente, la casa queda misteriosamente limpia. Andrea, entretanto, consigue corregir 140 exámenes, da clases en el instituto y la universidad y lee un libro de Emmanuel Lévinas. Creo que un duende mágico limpia y ordena todo para que nosotros podamos leer y trabajar.

Otra: compruebo aterrorizado que no hay calcetines limpios en mi cajón. Es extraño, pero sobre todo preocupante. Tengo que irme de viaje. Ya he terminado el libro, lo he publicado, estoy de promoción. ¡Y resulta que no hay calcetines! ¡Pero cómo demonios! De mi garganta sale una pregunta que siempre suena de esta forma: ¡Andrea, ¿sabes dónde hay calcetines?! Andrea no lo sabe, pero lo supone. Había dos pares en una maleta de mi viaje anterior, que sigue en la entrada de casa, sin deshacer. Se ve que los duendes están enfermos.

Otra: Andrea me pregunta, un poco tensa, qué se me ocurre que podríamos comer hoy. Está en la cocina, mirando de arriba abajo los estantes de la despensa, abriendo y cerrando la nevera como si este movimiento pudiera atraer al duende mágico. Yo acudo. Andrea está muy agobiada, turnos malos en el instituto y la universidad, y encima el seminario por la noche. Con la antológica despreocupación masculina le digo que no importa, vámonos a comer fuera. ¿Por qué se enfada? Responde airada que pensar en la comida cada día es una putada. ¡Demonios, estas chicas! ¿Acaso no friego yo los platos casi siempre? ¡Si los friego muy bien casi siempre!

De pronto me doy cuenta de que ella no las estaba defendiendo, sino que me estaba criticando a mí

Última anécdota: me enfrento a una nueva polémica de las feministas. Han dicho no sé qué parida. Corro a contárselo a Andrea. ¿Has visto lo que dicen? Andrea asiente suspicaz y, para mi sorpresa, empieza a defenderlas. O eso me parece, ¡en ningún momento me dice que tengo razón! Mientras avanza la discusión caigo en distintas trampas argumentales. De pronto me doy cuenta de que ella no las estaba defendiendo, sino que me estaba criticando a mí. Asesta un mazazo descomunal: dice que no me pongo las pilas y que un día esto va a ser un problema. Esto me ofende, me hiere, me siento culpable y le echo la culpa a ella. No nos aclaramos. ¡Estas mujeres! Tendrá la regla.

Coda 1

El duende mágico no vuelve, y como Andrea y yo nos queremos, poco a poco me pongo las pilas. Poco a poco, repito. Cuesta horrores, pero no hay excusas. Lidiar con la culpa empieza a ser menos jodido que poner en peligro la relación. El único heroísmo aquí es su paciencia. Empiezo a hacerlo para no tener broncas (estas mujeres) pero al final, con el paso del tiempo, me parece acojonante la falta de consideración que he tenido con la persona que quiero. Tengo la impresión de que me esfuerzo como un buey haciendo tareas que a los duendes parecían no costarles trabajo, y tampoco es que nadie me aplauda. A ver si es que esto era conciliar.

Pero tampoco quiero ir de guay. A mí me queda mucho por hacer. Es lo que tienen las casas. Cuanto más construyes, más te queda por construir.

Coda 2

Todo esto me explica mi actitud hostil con el feminismo. ¿Seguiré criticando? Pues sospecho que sí, la verdad. Cuando los misiles feministas impactan en la libertad de expresión, me es difícil andar callado. No creo que lo haga. La verdad es que mi examen de conciencia no pasa por convertirme en un perro faldero. Es difícil ser un hombre en tiempos del feminismo, pero mucho menos difícil que ser una mujer en estos tiempos o en cualquier otro. Supongo que muchas tienen motivos para parecer tan cabreadas.

Es difícil ser un hombre en tiempos del feminismo, pero mucho menos difícil que ser una mujer en estos tiempos o en cualquier otro

Mi examen de conciencia pasa por no convertir, cuando escriba, mi rencor en críticas concretas. Pasa por no proyectar en las feministas la hostilidad que siento contra ellas por matar a los duendes mágicos que hacían tan plácida la vida del hombre. Pero bueno, hay que reconocerles algunos méritos, y no despistarse. El movimiento tiene muchas cosas que me asquean, pero he escrito este artículo mientras Andrea hacía una tortilla de patatas. A mí me queda mucho por hacer.

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