En Barcelona no saben tirar las cañas

En Barcelona no saben tirar las cañas

Observen en el rostro de este plumilla el semblante de la desolación que se ve en la imagen que acompaña a este artículo

Foto: Juan Soto Ivars. (EC)
Juan Soto Ivars. (EC)

El demonio del 'procés' vive en los detalles. En Barcelona no saben tirar las cañas. Vean la foto que acompaña al texto. Entenderla bien requiere una pequeña explicación: lo de la mesa son cañas. Lo crean o no, son cañas. He ampliado una en detalle. Están recién servidas. Observen ahora, en el rostro de este plumilla, el semblante de la desolación. Vasos de birra burra echados sin presión, sin gas, sin cariño. Del grifo a las cloacas previo paso por el sistema digestivo de un pobre peatón que quería refrescarse.

Vino mi amiga Angy a visitarme desde Madrid. Llegó la misma noche en la que ardieron un par de contenedores como protesta contra el auto del juez Llarena. Me preguntó Angy qué tal estaba la cosa por aquí, y yo le dije que entrase rápido en casa. Cuando estábamos a salvo le conté lo de las cañas. Se rio como si yo estuviera de broma, pero al día siguiente nos la llevamos a un bar que hay cerca de casa y pedimos unas cañas. Cuando las vio, dijo “tiene que ser una broma”, pero esta vez lo hizo espantada y sin reírse.

Durante los altercados, varios manifestantes han quemado contenedores. (EFE)
Durante los altercados, varios manifestantes han quemado contenedores. (EFE)

A continuación se quedó pensativa. La política quedaba en un segundo plano. Estaba tratando de averiguar por qué en Barcelona tiran así las cañas y hacía preguntas que a mí, que llevo aquí seis o siete años, me parecían de primero de 'procés'. ¿Por qué no las echan bien? ¿Qué pierden echándolas bien? ¿Se les ha roto el grifo? Después llegaban las preguntas metafísicas con las que mi querida Angy se aproximaba lentamente al quid de la cuestión: ¿es por un rasgo cultural? ¿La presión del Estado les hace odiar cualquier otra clase de presión?

El camarero estaba mirando desde la puerta del bar. Para que nadie acusase a Angy de catalanofobia, ella se mojó los labios con el brebaje, del mismo color de los lazos en apoyo a los presos que se ven últimamente en las solapas. Al instante torció el gesto, se le desfiguró el ánimo. “Esto no se puede beber”. Le pedí que mirase a su alrededor. Aquí y allá, en las otras mesas de la terraza, barceloneses joviales bebían esta sopa fría sin inmutarse. “Dime que no estoy muerta”. No estás muerta. “Dime que no estoy soñando”. Estás despierta.

Empecé a darle otras pistas. “En Barcelona”, le dije, “no pasa como en Madrid. Aquí las cañas se calientan en la mesa, es fácil ver copas a medio beber en las mesas vacías cuando se van los amigos”. Angy negaba con la cabeza. “Después del trabajo, si los compañeros se van a tomar unas cañas, terminan a las 10 de la noche y luego se recoge cada uno para su casa”. Angy asintió comprensiva. “Los grupos en Barcelona se mantienen iguales a lo largo de una noche de copas; si sales con cuatro amigos, puedes estar segura de que acabarás la noche con esos cuatro amigos”. Angy sacudió violentamente la cabeza. “En Barcelona solo se emborrachan los 'botiflers', los viejos y los guiris”. Se le empañaron los ojos y murmuró: “Pero cómo van a alternar con gente nueva si les ponen estas cañas...”.

Aquí y allá, en las otras mesas de la terraza, barceloneses joviales bebían esta sopa fría sin inmutarse. “Dime que no estoy muerta”

Así que Angy lo había entendido todo. El carácter popular se ve poniendo al trasluz un vaso de cerveza. La caña bien tirada de Madrid es la llave de oro que abre las puertas de todas las casas de la ciudad. Por eso en Madrid sales a tomarte una caña nada más y es mejor que hayas dejado el testamento en regla. Por eso en Madrid puedes tumbarte en más camas en un fin de semana que durante siete años de vida en Barcelona.

“Pero no sería tan difícil arreglarlo, ¿no?”, se preguntó Angy. “Es decir, podrían venir unos camareros experimentados de Madrid y dar unos cursillos a los camareros de Barcelona. No puede ser tan difícil, todo depende de que empecemos a escucharnos, de la buena voluntad”. Le respondí que aquí no se vería con buenos ojos que vinieran de la capital, que se entendería como colonialismo cultural, más todavía después del 155. “Entonces no hay solución”, masculló, mojándose de nuevo los labios con el brebaje espeluznante, que en este momento había adquirido la temperatura y la textura de un caldo de gallina. Y su rostro, tan jovial antes del trago, se puso tenebroso como el de un miembro de la ANC.

España is not Spain

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