El patriotismo cívico de Rivera es integrismo disfrazado

Baudelaire escribió que la mayor treta del demonio ha sido persuadirnos de que no existe, y Rivera sigue la misma táctica

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la presentación de la plataforma 'España Ciudadana'.
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, durante la presentación de la plataforma 'España Ciudadana'.

Albert Rivera tiene olfato para los eslóganes. Se ha sacado de la manga el patriotismo cívico y ha montado una plataforma en un acto donde Marta Sánchez lloró como la chica de #HelpCatalonia, cantó el himno de España y aplaudieron cientos de personas con banderas en las manos. Si no fuera porque repiten hasta la náusea que eso no es nacionalismo sino patriotismo, uno habría creído que estaba ante una nueva diada con banderas de 'prêt-à-porter'.

Algunos empezamos a pensar en este político cuando dio el salto a la política nacional. Se presentó como el adalid del entendimiento y la moderación, jefe de un partido joven de raíces socialdemócratas, enemigo de la corrupción y creyente en la unidad de España. Rivera proponía una política regeneracionista sin aspavientos, basada en lo bueno que nos une y capaz de trazar pactos. Todavía me duele la rabadilla del trastazo que me pegué desde lo alto del guindo.

Hoy sé que el entendimiento de Rivera es puro electoralismo, que la moderación le sirve para maquillar sus posturas extremistas, que la socialdemocracia ha sido convenientemente purgada tras un Vistalegre más discreto que el de Podemos y que es capaz de servir de muleta para la corrupción del PP si eso le permite tomar aire y ganar terreno. La ausencia de aspavientos se ha disuelto en un uso de Twitter que recuerda al de Donald Trump, y esa supuesta creencia festiva en la unidad de España desprende un agrio sabor integrista.

Baudelaire escribió que la mayor treta del demonio ha sido persuadirnos de que no existe, y Rivera sigue la misma táctica. El patriotismo es una postura pasiva de amor por las costumbres y la cultura de un país, mientras que el sentimiento patrocinado por Rivera desprende agresividad. Lo alimenta el mismo rencor que engorda a esos nacionalistas a los que tanto critica, y ahora monta su particular 'revolució dels somriures' con una puesta en escena que busca unir a la tribu contra el enemigo común, convirtiendo en votos el resentimiento.

Quizá Rivera fantasea con un patriotismo a la norteamericana, pero estoy seguro de que ignora las razones trágicas que terminaron con el nuestro

Quizá Rivera fantasea con un patriotismo a la norteamericana, pero estoy seguro de que ignora las razones trágicas que terminaron con el nuestro. España destruyó su patriotismo y alimentó el nacionalismo durante la segunda guerra de Marruecos, cuando la patria empezó a exigir bidones de sangre para una escabechina que tenía como fin lamerse las heridas de la pérdida de Cuba y Filipinas. Aquella guerra, desgraciadamente olvidada, galvanizó el integrismo de Franco y engulló los restos de patriotismo de Manuel Azaña, Miguel de Unamuno, Alcalá Zamora y otros decapitados de izquierdas y derechas. De allí saldrían todos esos españoles huérfanos de bandera.

Es evidente que el patriotismo de Rivera incumple sus propios métodos de verificación. Nos dice que es amor por lo nuestro alguien que se opone sistemáticamente a los idiomas periféricos. Nos dice que su postura no es excluyente alguien que acusa de antiespañoles a sus rivales de izquierdas, comparándolos con ETA o achacándoles una pérfida influencia venezolana. Y ahora nos invita a participar de un espacio transversal y abierto a todo el mundo, siempre con el patrocinio de su partido. Ajá.

A mí, qué queréis que os diga, ese discurso lacrimoso, ese orgullo, esa celebración de masas que ha montado Rivera me recuerda a 'un sol poble'. Fernando Savater tiene la decencia intelectual de aceptar la existencia del nacionalismo español, un movimiento del que admite formar parte aunque asegure que es neutro e inofensivo. Rivera, en cambio, niega la mayor y busca una palabra limpia con la que quiere ocultar que el resentimiento lo ha convertido en lo mismo que ataca.

En fin. Me preocupa este auge del nacionalismo 'nuestro' y ese hipócrita disfraz de piel de cordero. Durante los años de ETA, el nacionalismo español se articuló en torno a la no violencia, un terreno en el que los no nacionalistas podíamos permanecer a gusto. Sin embargo, cuando los otros dejan de matarnos, cuando dejamos de temer por nuestra integridad física, el integrismo es lo único capaz de mantener unida a la tribu.

Ahí empieza un camino que pretende convertir en celebración de lo nuestro lo que no es más que automutilación. El enemigo, nos dice Rivera, está larvado dentro de nosotros. No ama, sino que odia. No construye, sino que rompe. No canta, sino que grita. Y yo llevo suficiente tiempo oyéndoles la misma monserga a los hijos de Pujol como para arquear las cejas y decir: más no, gracias.

España is not Spain

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