El fin del Marianato con la moción de censura

Rajoy repartió unos cuantos guantazos por la mañana, se le veía entero y engreído, pero luego se marchó a comer y la sobremesa se alargó más de lo previsto: concretamente, para siempre

Foto: La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, junto a la silla vacía del presidente, Mariano Rajoy. (EFE)
La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, junto a la silla vacía del presidente, Mariano Rajoy. (EFE)

La silla vacía de Rajoy era sobrecogedora. Su ausencia tenía más fuerza que los discursos de Sánchez, cosa que no es difícil, porque la oratoria del casi-presidente es como una Coca-Cola de dos litros que te has dejado abierta dos días en la nevera: roja por fuera y marrón por dentro, demasiado dulzona y sin gas.

En fin. Quien peleó con la osa andaluza que brotó para devorarlo y la venció con ayuda de los elfos de la militancia; quien fue traicionado hasta por su mochila; quien bebió de la copa de vino envenenado que le prepararon los barones de Dune, demostrando que tiene estómago de sobra para liderar el PSOE, aburrió hasta a las ovejas.

No es la primera vez que un socialista aburre cuando habla en el Congreso, pero sí es la primera vez que un hombre que no es diputado está a punto de convertirse en presidente tras una moción de censura. Lo que pasó ayer es que fue el día de primeras veces, porque nunca se había visto a un presidente que considera que no es importante asistir a su propia demolición.

La gente estaba anonadada. Rajoy repartió unos cuantos guantazos por la mañana, se le veía entero y engreído, pero luego se marchó a comer y la sobremesa se alargó más de lo previsto: concretamente, para siempre. Conocida la postura del PNV a través de los medios, desvelada su intención de pagarle el boleto para la balsa de Caronte, Rajoy se convirtió, a la caída de la tarde, en un muerto que no asistía a su propio entierro.

Con esta última muestra del respeto que ha tenido siempre el hombre de plasma por las instituciones a las que representa, no termina, sin embargo, una legislatura. Más bien termina una era: el Marianato, que algunos habían llegado a creer que no iba a terminarse nunca. Mientras escribo esto, solo queda la posibilidad de que Rajoy haga como el zombi en las películas de miedo y reaparezca antes de los créditos para dar la última dentellada fatal.

Puede que, como cavila el compañero Isidoro Tapia, Rajoy se dimita encima para fastidiar a Sánchez y siga en funciones hasta las próximas anticipadas, aunque esto daría demasiada ventaja a Rivera y está por ver si el PP prefiere morir matando. También es posible que Rajoy se cogiera un taxi, tirase para La Moncloa y ayudase a Viri a empaquetar los bártulos. O que se haya ido ya con Felipe González para empezar a conspirar. Todo puede ser.

El caso es que lo que la corrupción no destruyó por las urnas, lo ha obrado la avidez de los aspirantes a chico de la legislatura. Rivera —precisamente Rivera— recriminaba a Sánchez la prisa y la ambición de coronarse y le afeaba las compañías, mientras que Iglesias —precisamente Iglesias— le recomendaba más cuajo y nos ofrecía una imitación bastante convincente de Errejón, conciliador y con la americana puesta.

¿Hubo algo que marcase este jueves lo que podría ser la legislatura de Sánchez? Solo el discurso de Joan Tardà, que estuvo hablando más de media hora de Cataluña, de lo que quiere Cataluña, de lo que sufre Cataluña y del precio que Cataluña —su Cataluña— va a poner a este juego de tronos y de trinos. Concretamente, cabezas. Puede que las nuestras.

España is not Spain

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