Diversidad: la farlopa que el capitalismo ha vendido a la izquierda

El desánimo se ha dejado notar en el plano teórico, donde la izquierda ha perdido el aura de excelencia y ha caído en una guerrilla interna que se sucede al ritmo de las batallas tuiteras

Foto: Foto: EFE.
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Algo le pasa a la izquierda para que, en los años más proclives al cambio, es decir, tras la constatación de la estafa que fue el 'crack' de 2008, haya ido dando tumbos por el mundo como si estuviera drogada. No solo no consiguió vender sus soluciones en la mayor parte de los países, sino que en aquellos donde triunfó, como en Grecia, fue desarticulada por opacas instituciones neoliberales como la Troika que derechizaron su rumbo bajo amenaza de intervención. El desánimo se ha dejado notar en el plano teórico, donde la izquierda ha perdido el aura de excelencia y ha caído en una guerrilla interna que se sucede al ritmo de las batallas tuiteras.

De ahí que los libros proliferen, llenos de preguntas, desde la victoria de Trump, el Brexit y el ascenso de los neofascismos centroeuropeos. Una pregunta particularmente interesante es la que se ha propuesto responder el periodista Daniel Bernabé en su libro 'La trampa de la diversidad' (Akal), que me suena más o menos así: ¿por qué la pléyade de movimientos sociales de izquierdas no hace peligrar al capitalismo neoliberal? ¿Cómo es que toda esa energía reivindicativa, capaz de infiltrarse en la prensa internacional y tumbar a empresarios tan poderosos como Weinstein, no cristaliza en una nueva propuesta económica y política?

Hace falta una vuelta al enfoque marxista adaptado a la transformación que la precariedad neoliberal ha introducido en lo que se había llamado clase obrera

El autor señala acertadamente la raíz del problema: nos encontramos ante una batalla posmoderna. Desde esta perspectiva, los efectos de la posmodernidad en el pensamiento de izquierdas han sido devastadores por tres motivos: primero, barrió con su relativismo el materialismo histórico, es decir, abolió la concepción marxista del pasado como lucha de clases; segundo, difuminó las clases con el vaporoso giro foucaultiano del concepto de opresión; tercero y mezcla de los dos anteriores, introdujo una perspectiva que, pese a sus ventajas innegables para las minorías oprimidas, desarmaba el discurso económico de la izquierda ante el deslizamiento neoliberal.

La diversidad se convierte para Bernabé en la trampa donde la izquierda del siglo XXI tropieza una y otra vez. El autor no ataca la diversidad (de hecho la defiende) sino que la somete a análisis y la acopla de manera inteligente al funcionamiento del mercado. Nos habla así de un 'mercado de la diversidad' donde las identidades se disputan la cuota de pantalla pujando con su opresión contra la opresión de otros colectivos, y encaja con audacia dos piezas que generalmente quedan desligadas en esta clase de análisis: la representación y la explotación. Para Bernabé, en la sed de representación (queremos estar representados para normalizarnos) muchas identidades han olvidado que la explotación es muy diferente, por ejemplo, en una hipotética lesbiana perteneciente a la élite de Hollywood y en una hipotética lesbiana de los suburbios de Detroit.

Bernabé propone una recuperación del discurso de clase sin abolir la contribución a la igualdad que han supuesto las luchas por la diversidad. Es decir: centrarnos nuevamente en la explotación, atacar al motor del capitalismo, sin descuidar la lucha por los derechos civiles de mujeres y minorías. Por lo tanto, el libro de Bernabé se inscribe en esta sana tendencia autocrítica que, desde puntos de vista tan dispares como el de Zizek o Jones, pretende refundar la izquierda quitándole el pos al modernismo. Una vuelta al enfoque marxista adaptado, por supuesto, a las inmensas transformaciones (o deformaciones) que la precariedad neoliberal ha introducido en lo que se llamó entonces clase obrera.

La facilidad con la que PP o Cs adaptan su discurso al feminismo o se fotografían en el orgullo LGTB es una prueba de que el poder no se siente amenazado

En el mundo posterior al 'crack' de 2008, los trabajadores compiten entre sí en un ambiente de inseguridad extrema. Son incapaces de agruparse por sus intereses de clase, de refundar la lucha sindical, en parte por sus condiciones volátiles pero en parte también porque el discurso de la izquierda los divide por género, raza, orientación sexual y demás. Como bien apunta Bernabé, casi citando a Jim Goad y su 'Manifiesto Redneck', el capitalismo no es en esencia racista, homófobo o sexista, sino netamente explotador. La facilidad con la que el PP o Ciudadanos adaptan su discurso a la ola feminista o se quitan el polvo tradicionalista para dejarse fotografiar el día del orgullo LGTB es una prueba de que, si bien las luchas por la diversidad siguen siendo necesarias, el poder económico no se siente amenazado por ninguna minoría.

Como señala Crispin, si estas luchas de la diversidad terminan conduciendo a que una mujer alcance la cima de la pirámide social para explotar desde allí a hombres y mujeres, lo mismo nos daría que el explotador siguiera siendo un hombre. Dicho de otra manera: la diversidad se ha convertido en una farlopa que lleva a la izquierda a un estado de frenesí cultural y de representación, es decir: a una aparente actividad que en realidad es quietud, mientras el capitalismo gana todas las batallas importantes.

PD: escribir sobre el libro de Daniel Bernabé, en mi caso, pasa necesariamente por decirle algo al autor. Hace unos años tuvimos un fuerte encontronazo por una huelga a la que yo me opuse públicamente. Pues bien, Daniel: tú tenías razón y yo estaba equivocado.

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