La gramática es una mujer maltratada

Sacarse de la manga que la Constitución no contempla a las mujeres porque dice 'españoles' es crear un problema donde no lo había

Foto: La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. (EFE)
La vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo. (EFE)

El lenguaje cambia y evoluciona. Me lo dicen a modo de reproche los defensores del lenguaje inclusivo cuando me río porque Carmen Calvo quiere introducir en la Constitución el desdoblamiento de género (españolas y españoles). Y me río porque Calvo, sin darse cuenta, le está dando involuntariamente la razón al empresario que decidió no pagar a las mujeres de su aceitera porque en el convenio decía 'trabajadores'. Sacarse de la manga que la Constitución no contempla a las mujeres porque dice 'españoles' significa que ese convenio, efectivamente, no alude a las 'trabajadoras'. Es crear un problema donde no lo había.

¿Estoy diciendo que el lenguaje inclusivo tiene la culpa de que el empresario no pague? No, la culpa es del empresario. ¿Hubiera encontrado el sinvergüenza otro subterfugio para estafar a una parte de su plantilla sin esta coartada? Seguro. Pero el caso es que utilizó esta confusión provocada por la izquierda bienintencionada, que otorga al género gramatical una referencia explícita e inequívoca al sexo. Los actos motivados por buenas intenciones no están libres de provocar consecuencias negativas.

Ejemplos menos anecdóticos: cuando Mao animó a los labradores a matar a los pájaros que les robaban el grano, sirvió la cosecha en bandeja a las plagas y provocó una de las hambrunas más ridículas, asombrosas y evitables de la historia de la humanidad. Cuando los soviéticos construyeron una red de canales para convertir el desierto en un huerto, cortaron el flujo que alimentaba el mar de Aral y lo condenaron a ser la nauseabunda charca de salmuera que hoy extiende los eriales allá por donde le sopla el viento.

¿Estoy achacando a los defensores del lenguaje inclusivo hambrunas y destrucción de los mares? No, claro que no. Tampoco Mao y los soviéticos pretendían matar a millones de personas con estas medidas, sino liberarlas de la servidumbre de la naturaleza. Señalo un problema clásico de las soluciones utópicas: en la endogamia de sus espacios de discusión, los utopistas olvidan con frecuencia que el mundo está lleno de sal y de langostas, es decir: son incapaces de calcular las consecuencias de proyectos que funcionan en el plano formal pero hacen tremendas aguas en su aplicación material.

El lenguaje evoluciona por donde dice el hablante

El lenguaje evoluciona bajo la tiranía de su depredador natural, que es el hablante. Ocurre así en la gramática, en la sintaxis y sobre todo en el léxico. El hablante es una criatura voraz que devora vocabulario hasta extinguir especies enteras de palabras, con lo que deja espacio para que surjan otras nuevas. Mata por ejemplo a la 'fanega' cuando deja de llenar sacos, y permite que 'giga' prolifere porque le da por mandar archivos a la nube.

Es por usos como el de 'nube' que este texto resultaría denso y farragoso para cualquier hablante del siglo XVIII, pero este podría llegar a entender lo que digo sin una piedra Rosetta porque la gramática cambia con mayor lentitud que el léxico. Sus estructuras básicas permanecen en el tiempo. Un cambio esencial de la gramática es un cambio drástico del idioma. La evolución de la gramática latina dio lugar a las lenguas romances sin que los emperadores decretasen esos cambios desde arriba.

En la endogamia de sus espacios de discusión, los utopistas olvidan con frecuencia que el mundo está lleno de sal y de langostas

La evolución del género gramatical no siempre es evidente. Los hablantes parecen elegir sin problema unas terminaciones femeninas y las normalizan, mientras que desprecian otras o las connotan. Presidente, participio activo de 'presidir', podría señalar a los dos sexos —como 'residente'—, pero ha derivado sin trauma a 'presidenta' en un mundo donde estas todavía brillaban por su ausencia. Sin embargo, 'hablante' chirría si la convertimos en 'hablanta', por más que la capacidad de hablar esté repartida con generosidad entre los hombres y las mujeres desde el origen de los tiempos.

Creo que el lenguaje, como las artes, es un espejo que refleja el pensamiento y las costumbres de las épocas, así que es natural que naturalicemos palabras como 'médica', 'jueza' o 'soldada' a medida que las mujeres curen, condenen o marchen con el fusil al hombro. Pero la duplicación artificial para señalar que los dos sexos están representados en un conjunto ('los y las jueces y juezas', etc.) es una fórmula incómoda, justificada solo por una determinada agenda política y contraria al principio de economía del lenguaje.

De la misma forma que algunos académicos de la RAE lloran por la pérdida de palabras hermosas, los políticos y los activistas pueden forzar su expresión cuanto quieran con la esperanza de que la gente empiece a hablar como ellos por la calle, pero no va a ocurrir. El lenguaje será menos machista en una sociedad que haya evolucionado, y no al revés. La gramática no es un bálsamo social, sino un sistema que interiorizamos y automatizamos. Gracias a ese automatismo, que algunos panfletos catalogan de interiorizada imposición heteropatriarcal, nos entendemos sin necesidad de recurrir al traductor, ni al diccionario de buena ética. Seguiremos expresándonos con más eficacia y naturalidad que la ley, los diputados y las firmantes, que no 'firmantas', del manifiesto del 8 de marzo.

España is not Spain
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