Cagarse en el juez

Bastante dura es la vida de un juez existiendo las querellas de los infames famosos de Telecinco. Esto tiene que cambiar. La reforma del Código Penal es urgente

Foto: El actor Willy Toledo, tras declarar en el juzgado. (EFE)
El actor Willy Toledo, tras declarar en el juzgado. (EFE)

Yo me cagaba en Dios antes, ahora se ha vuelto demasiado comercial. Llenazo en la última actuación de Willy Toledo, acaso la más exitosa de su carrera como activista, cuando ha salido del calabozo para pronunciar su monólogo ante las cámaras de televisión. Pese a que Toledo es un gran actor, el jueves se le transparentaba la alegría por debajo de la expresión solemne. Sospecho que está encantado de convertirse en el Otelo de esta causa, una batalla que concluirá con la supresión del castigo por blasfemias del Código Penal, que en la jerga del BOE se llama “ofensa a los sentimientos religiosos”.

Denominación, si me lo permites, bastante imprecisa: a los devotos de la Santa Libertad de Expresión no hay juez que nos proteja cuando los Abogados Cristianos o 'les articulistes' de Buzzfeed mancillan a nuestro dios. Ni falta que hace, por cierto.

El caso: se ha discutido mucho el motivo por el que Willy Toledo pasó la noche en el calabozo, pero nadie ha reparado en lo esencial. Unos dicen que esto pasa porque vivimos en un país facha que condena la blasfemia, otros insisten en que la razón del lío es que Toledo no se presentase a declarar cuando se lo pidió el juez. Pero a mí esta polémica me demuestra que vivimos en un país de ciegos y de insensibles, porque nadie está defendiendo a la auténtica víctima de todo esto. ¿Es que nadie va a pensar en el pobre juez?

Ponte en situación. Te matas a estudiar la carrera de derecho, sacas unas notazas que ni en la Rey Juan Carlos compulsando el acta de diputado, te cascas un doctorado sorbiendo océanos de ácaros de infames legajos amarillos, te coronas como magistrado con una oposición más difícil que leer el libro de Leticia Dolera sin que te entre la risa tonta, y al final, cuando obtienes tu toga, tu peluca, tu mazo y tu plaza, llama a la puerta el secretario judicial y, con una sonrisa envidiosa y cruel, te endosa debajo del bigote el expediente de tu siguiente caso: resulta que un tipo se ha cagado en Dios y en el dogma de la virginidad.

No hay derecho. Pensé que el sistema blindaba a los jueces, pero está visto que no es así. Basta que un día un tipo blasfeme en su Facebook para que un grupo de abogados con cilicio venga a fastidiarte la semana. Con qué cara le dirás entonces a tus pobres padres, otrora orgullosos, en qué consiste verdaderamente tu trabajo. Con qué expresión, con qué fingimiento, con qué nudo en el estómago mirarás a tus hijos que tanto presumen en el colegio de tener un padre juez. En qué revista porno esconderás el expediente que te tienes que empollar en casa para que no lo encuentre tu pareja. Qué pretexto usarás si es que te descubre. No es lo que parece, cariño, te lo juro, ¿cómo va a ser este mi trabajo? Los del juzgado son tan bromistas...

Y todo esto, ¿para qué? Tan pronto como el cargante Toledo se ha presentado en el despacho, el juez lo ha dejado en libertad sin fianza. Normal. Seguramente haya sacado 50 euros de la cartera y se los haya dado a Toledo por debajo de la mesa con tal de quitárselo de encima. Imaginad lo que ha tenido que ser su declaración, pensad en el mitin que habrá tenido que comerse el pobre juez de buena mañana, a la hora del café. Es él, y no Toledo, el auténtico damnificado por este Código Penal tan ridículo que un grupo de meapilas puede sepultar a denuncias tu ya abarrotada y colapsada instancia judicial.

Basta que un día un tipo blasfeme en su Facebook para que un grupo de abogados con cilicio venga a fastidiarte la semana

Bastante dura es la vida de un juez existiendo las querellas de los infames famosos de Telecinco. Esto tiene que cambiar. La reforma del Código Penal es urgente. No podemos permitir que un juez tenga que perder el tiempo y la salud persiguiendo a un actor que está encantado de conocerse. Liberemos a nuestros jueces de la tortura. Suprimamos las ofensas colectivas de nuestros textos legales para que gente tan estomagante como los Abogados Cristianos no pueda obligar a una persona sabia y justa a comerse un marrón así.

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