Esa otra corrección política de la que nadie habla

Cualquier tipo de corrección política es un intento por negar o esconder realidades deprimentes, confiando en que lo que no se nombra tiende a desparecer

Foto: Imagen de 2015 de manifestantes ante el Congreso de los Diputados, en Madrid, para protestar contra la Ley Mordaza. (EFE)
Imagen de 2015 de manifestantes ante el Congreso de los Diputados, en Madrid, para protestar contra la Ley Mordaza. (EFE)

Normalmente se habla de la corrección política de izquierdas, que intenta borrar del discurso ramalazos sexistas o racistas, que no entiende de ironías ni dobles sentidos, que clama por la censura de aquello que considera incorrecto u ofensivo. Esta corrección política ha llegado a todas partes y resulta asquerosa y opresora para cualquier espíritu libre, pero existe otra más taimada y triunfadora de la que nunca se habla, porque es pura ideología según la definición de Marx, es decir: un código tan omnipresente, tan interiorizado, tan enroscado al nervio ocular que rara vez puede ser visto y mucho menos combatido. Me refiero a la corrección política capitalista.

Cualquier tipo de corrección política es un intento por negar o esconder realidades deprimentes, confiando en que lo que no se nombra tiende a desparecer. En el caso de la izquierda, las nuevas palabras que designan a personas desfavorecidas no sólo tienen que sonar bien y desprenderse de cualquier tufillo potencialmente ofensivo, sino que han de dar a entender algo falso: por ejemplo, que en un discapacitado no hay una disminución de las capacidades, que no hay una merma, sino una “diferencia”.

La corrección política de izquierdas intenta suprimir conceptos desde una élite moralista, mientras que la capitalista conectó con el anhelo de la población

Entonces, ¿dónde está la corrección política capitalista? Entre 1980 y 2008, palabras como “obrero”, “pobre” y hasta “trabajador” fueron sistemáticamente suprimidas del discurso político de los partidos socialdemócratas. Quedaron como patrimonio de agrupaciones marginales de izquierda. Su empleo era una garantía para perder las elecciones. ¿El motivo? Nadie quería para sí estos epítetos, nadie quería identificarse con un pobre por más que su patrimonio fuera un espejismo de créditos bancarios en una burbuja financiera. Es decir: nadie quería votar a un tipo barbudo y avinagrado que le estaba llamando paria de la tierra. Preferíamos vivir en la ensoñación y ocultarnos a nosotros mismos la realidad, que cayó como un mazazo sobre todos nosotros tras la quiebra de Lehman Brothers.

La diferencia con la otra corrección política es que esta era aspiracional. Mientras que la corrección política de izquierdas intenta suprimir conceptos desde una élite moralista y soberbia, la corrección política capitalista conectó con el anhelo de la población. El deseo de dejar de ser racista es mucho menos fuerte que el de dejar de ser considerado pobre. Y el eufemismo más efectivo fue el de "clase media", un potaje donde se mezclaban banqueros, albañiles, abogados, cajeras de supermercado, médicos, agricultores y periodistas. Casi todos.

El éxito de la corrección política capitalista se debió a que conectó con una ciudadanía pacífica, poco propensa a unirse por la defensa de una causa reivindicativa, cuyo bienestar era patente por más que estuviera apoyado en una frágil estructura de hipotecas, préstamos, créditos, colchones públicos y trabajos progresivamente precarizados. Dos personas podían considerarse “clase media”, pero lo cierto era que cualquier gasto inesperado, como el dentista, podía marcar una diferencia radical. Lo único que definía a la clase media era la función capitalista de consumir, con lo que “miembros de la clase media” significaba en realidad “consumidores”.

Durante la bonanza de los noventa y la primera década del milenio, la corrección política capitalista se deslizó por todas partes a través del trabajo con un torrente nauseabundo de eufemismos. Hoy las criadas son camareras de piso, los porteros son empleados de finca urbana, los policías son agentes de movilidad o cuerpos de seguridad del estado, los barrenderos son operarios municipales de limpieza, los que dan folletos por la calle son relaciones públicas y los repartidores de comida que no tienen dinero para una moto son “riders”.

El éxito de la corrección política capitalista se debió a que conectó con una ciudadanía pacífica, poco propensa a la defensa de una causa reivindicativa

A los aprendices de 35 años se les sigue llamando trabajadores en prácticas, el temporero y el bracero son trabajadores con contrato ocasional, el jefe prefiere que le llamen CEO o líder, y ya no se da una patada en el culo a un trabajador, sino que termina su relación laboral con la empresa. Toda una parafernalia lingüística engañosa se expande convirtiendo en tabú las palabras reales, que se han vuelto ofensivas. Y no hay despidos masivos, sino una reestructuración empresarial y expedientes de regulación de empleo.

Es también evidente que si dejas de llamar pobre a un pobre, esa persona no empezará a vivir mejor ni ganará una mayor dignidad social, de la misma manera que erradicar la palabra “nigger” del discurso norteamericano no borró del mapa el racismo. Pero en fin, todos siguen empeñados en arreglar el mundo hablando raro.

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