Contra Amaia Montero

Una mujer famosa que no pasa por su mejor momento vital es alimento para los buitres. Se la despelleja a cambio de 'likes' con la impunidad de la camaradería

Foto: La cantante española Amaia Montero. (EFE)
La cantante española Amaia Montero. (EFE)

Durante los últimos meses de vida de Amy Winehouse, lanzaron una web que se llamaba '¿Se ha muerto ya Amy Winehouse?'. Entrabas allí, pulsabas un botón y la página te iba dando respuestas negativas: no, todavía no, casi casi. La risa, ¿verdad? Yo sabría más tarde, gracias al documental 'AMY', que la cantante tenía una salud y un carácter extremadamente frágiles: bulímica, manipulable, sensible, depresiva.

Fue una mujer incompleta criada y explotada por un padre ambicioso y negligente. Algo que se intuía, sí, por su comportamiento desastroso en conciertos a los que llegaba borracha y drogada, aunque los últimos episodios de la artista produjeran poca compasión y la convirtieron en el objeto de la burla de 10 millones de mediocres hijos de puta, incluidos algunos famosos presentadores de 'late shows'.

Los paparazis, la única raza que habría que erradicar, la persiguieron a lo largo de su autodestrucción buscando la foto más asquerosa

Winehouse amaba la música pero no el estrellato. Repetir las mismas canciones de éxito en conciertos efectistas sobre escenarios gigantes la deprimía. Deseaba encerrarse a componer y cantar para pequeñas audiencias, pero su nombre tenía el símbolo del dólar en cada sílaba y la industria la exprimió hasta matarla.

Los paparazis, la única raza que habría que erradicar de este mundo, la persiguieron a lo largo de su autodestrucción buscando la foto más asquerosa. Se pagaba a precio del petróleo una instantánea donde se viera polvo blanco en su nariz. ¿Quiénes fueron los responsables de sacarla de gira por última vez pese a que su salud estaba al límite? ¿Quién se ocultaba tras esa página donde corroborabas que no había palmado aún? Olvidé consultarla tras su muerte, pero doy por hecho que reservaron para ella un chiste final.

Vuelvo a pensar en Amy Winehouse en estos días de otoño en los que Amaia Montero, primera cantante de La Oreja de Van Gogh, se ha convertido en el objeto de la crueldad de miles de tuiteros y medios de comunicación. No, no creo que sea comparable la situación que atraviesa Montero a la de Amy Winehouse, pero sí recibe la misma crueldad. Una mujer famosa que no pasa por su mejor momento vital es alimento para los buitres. Se la despelleja a cambio de 'likes' con la impunidad de la camaradería.

¿Alguien se preguntó si le pasaba algo? No: su actitud sobre el escenario la convirtió en un muñeco al que se podía golpear sin sentimiento de culpa

Al inicio del verano fue evidente que algo iba mal en la vida de Montero. Salió de gira con su nuevo disco y el concierto inaugural fue desastroso. ¿Alguien se preguntó si le pasaba algo, si estaba bien? No: su actitud sobre el escenario la convirtió en un muñeco al que se podía golpear sin sentimiento de culpa. Los troles rieron cuando contuvo sus lágrimas en un vídeo de 'La Vanguardia' y juró que no estaba borracha.

¿Lo estaba? ¿Miente? Me pregunto qué importa eso, y desde cuándo no es comprensible que una persona a la que se está avergonzando en público de esa manera mienta para proteger su imagen. Yo, que soy un borracho confeso, no juzgaría a alguien que se pasa de frenada, pero el mundo está lleno de borrachos que son unos cabrones cuando están sobrios.

Es cómodo vivir siempre tras la barrera y no ser uno de los que tienen el valor de ponerse a la vista del público hasta en los momentos más frágiles. Jean Claude Van Dame, en su genial película paródico-biográfica 'JCVD', pronuncia un monólogo sobre lo que pasa al otro lado. Quienes consideren divertido insultar ahora a Amaia Montero harían bien en echarle un vistazo.

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