Las calles no serán nunca vuestras

Anoche, algunas calles sí que fueron propiedad de unos pocos. Pero pagaron el pato los que no tenían nada que ver

Foto: Altercados tras la manifestación en el primer aniversario del 1-O. (EFE)
Altercados tras la manifestación en el primer aniversario del 1-O. (EFE)

Barcelona vivió el lunes uno de esos días tan suyos, pero esta vez la sangre llegó al Llobregat. Ciertos grupúsculos se despojan en este otoño caliente de la careta cívica. No les importa la violencia si se trata de imponer su presencia. Esos episodios remiten a la cosmología de 'els carrers serán sempre nostres' que, propuesta con un lenguaje positivo, oculta el reverso evidente de que 'las calles no son de los demás'. Conecta con otro cántico popular ("fora feixistes dells nostres barris") que, dado que algunos ven fascista a cualquiera que no les guste, convierte en fascista al que lo emplea.

Un ejemplo. Si uno busca #AlertaUltra en Twitter estos días, encuentra los tuits de independentistas que se dedican a denunciar la presencia de supuestos ultras en lugares públicos, como terrazas de bar, y a informar del lugar en que se sientan a tomar el café con leche, supongo que para que alguien vaya a cantarles las cuarenta. Alimentaron esta etiqueta en los prolegómenos de la manifestación de Jusapol, que terminó con las escenas de violencia que todos hemos visto. De nuevo, #AlertaUltra era una buena forma de encontrar ultras: eran los que la utilizaban para delatar a otros ciudadanos.

La creencia de que los ultras siempre son los otros y de que las calles son siempre 'nuestras' se sostiene sobre una tonelada de propaganda y de falsedad. Los últimos días han dejado muchos ejemplos, uno de ellos protagonizado por Antonio Baños. El antiguo cupero intentó demostrar que el agresor de un policía de Jusapol era, en realidad, un policía infiltrado. Baños lanzó un tuit con un burdo montaje (una foto recortada hacía parecer que el agresor y el agredido caminaban juntos por la calle cuando en realidad era el fotograma previo al instante de la agresión), y su patraña superó los 8.000 retuits. Baños no publicó una rectificación cuando se le hizo saber que estaba mintiendo.

Las calles son de las élites

El problema de esta propaganda es que, poco a poco, acaba salpicando. Los aprendices de brujo convergentes y republicanos empiezan a ser conscientes ahora de que la criatura que han creado para mantenerse en el poder se ha vuelto incontrolable. De la misma forma que empujaron a Puigdemont a inmolarse al grito de traidor en octubre del año pasado, ahora empujan a Torra, que se sostiene al filo de la legalidad con un discurso vacío que no convence a nadie. Quieren que Torra haga una república en la que Torra no cree, pero de cuya existencia trata de convencer a la ciudadanía.

Esto nos lleva a los patéticos episodios de la noche del lunes, al filo de la madrugada, protagonizados por un grupo de exaltados en la puerta del Parlament. Los chicos más idealistas creen que la república es posible y, además, que en una república ideada por la élite derechista catalana ellos tendrían un lugar. El lema de 'els carrer seran sempre nostres' se convierte, de pronto, en un rasgo de ingenuidad. Lo descubrieron anoche esos jóvenes exaltados bajo los porrazos de los Mossos d'Esquadra, enviados por la Generalitat para restaurar el orden.

Las calles no serán nunca vuestras

Todo quedaría en enfrentamientos internos si no fuera porque estos choques producen ondas expansivas que afectan a quien no está interesado en participar. Me cuenta mi ex que estaba anoche tomando cañas en el paseo de Sant Joan, a unos 600 metros del parque de la Ciudadela, al fondo del cual está el Parlament. Incluso en los días marcados por el folclore de la protesta hay calles y barrios y terrazas donde la gente disfruta de su propia vida, ajena a la infructuosa guerra de los idealismos. Las calles son de quien las pasea, de quien las vive, de quien paga impuestos y también de quien se ve obligado a dormir sobre cartones.

Estos choques producen ondas expansivas que afectan a quien no está interesado en participar

De pronto, la terraza del bar Lleida, regentado por chinos, se vio aplastada por una avalancha de Mossos d'Esquadra que arrambló como el séptimo de caballería desde la Ciudadela, de donde habían desalojado a los exaltados, que huían en todas direcciones. Mi ex y sus amigas dejaron la caña sin pagar y corrieron delante de la policía sin entender qué estaba pasando. El saldo: una de ellas terminó en el hospital.

¿Por qué cuento esto? Porque anoche, de la forma más absurda, la violencia de un pequeño grupo salpicó a todos. Es decir: anoche, algunas calles sí que fueron propiedad de unos pocos. Pero pagaron el pato los que no tenían nada que ver.

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