La Constitución y Federico García Lorca, en lenguaje inclusivo

Las traductoras de grandes obras de la literatura a lenguaje de género y los diputados que buscan feminismo en la Constitución ignoran, olvidan o fingen haber olvidado lo que significa 'universal'

Foto: El espectáculo de luz 'Rendez-vous Bundesplatz' proyecta imágenes de 'El Principito'. (EFE)
El espectáculo de luz 'Rendez-vous Bundesplatz' proyecta imágenes de 'El Principito'. (EFE)

Está en marcha el proyecto Espejos Literarios, primera traductora literaria del castellano al idioma morado, diverso y políticamente correcto. ¿El motivo? Sostienen sus responsables que muchos de sus libros favoritos, escritos en otras épocas, carecen de mujeres protagonistas, perpetúan estereotipos de raza, género, orientación sexual y localización (?) y no utilizan lenguaje inclusivo. Se preguntan por qué iban a resignarse a renunciar a leer obras maestras de la literatura universal pudiendo reescribirlas, y nada, dicho y hecho.

Pero lo más curioso no es esto, sino las obras que han elegido. De entrada, 'El Principito' y 'La casa de Bernarda Alba'. Después de pasarlas por el filtro morado, el libro de Saint-Exupery se llama 'La Principesa' y la obra de Lorca se convierte en 'La casa de Bernardo Alba'. El resultado es un despropósito de proporciones navegables donde la familia de Bernardo Alba está llena de gais y vive bajo el cepo tiránico de un padre carca y malvado, mientras que la Principesa viaja de planeta en planeta aprendiendo mucho de diversidad y tal.

Dicen las traductoras en su web que quieren hacer la “literatura universal más inclusiva mediante la adaptación de obras al género femenino, a otras razas diferentes de la blanca o a otras orientaciones sexuales para que un mayor número de personas puedan identificarse más fácilmente con sus historias”. Poco les ha importado que 'La casa de Bernarda Alba' esté escrita por un gay y represente la opresión de las mujeres bajo la tiranía de la tradición o que 'El Principito' sea un canto a la diversidad. Según ellas, estas obras necesitaban adaptación. Pos bueno.

Esto no pasaría de ser una anécdota si no fuera por la abrumadora corriente de disfunción lectora que rodea la propuesta. La limpieza ideológica de clásicos de la literatura infantil lleva unos años podando obras como 'Los cinco', que en su última edición española se había vuelto políticamente correcta, o 'Huckleberry Finn', de donde borraron las alusiones a los “negritos” que sus personajes tenían todo el día en la boca. En lugar de contextualizar las obras y explicar a los pequeños lectores que antes la gente era de otra manera, se les arranca todo lo que, según ciertas mentes neuróticas, podría transformar a los niños en futuros votantes de Vox.

En lugar de explicar a los lectores que antes la gente era de otra manera, se les arranca todo lo que podría transformar a los niños en votantes de Vox

La corriente de literalidad no se reduce a los libros infantiles. Después de la polémica absurda de 'Operación Triunfo' con Mecano y la “mariconez”, que demostró que los pupilos de la Academia eran incapaces de averiguar la acepción correcta si una palabra se considera incorrecta, el miércoles vivimos una nueva aventura en la que Pablo Echenique tuiteaba que había buscado el feminismo en nuestra Constitución y no lo había podido encontrar.

La muerte de lo universal

Las traductoras de grandes obras de la literatura a lenguaje de género y los diputados que buscan feminismo en la Constitución ignoran, olvidan o fingen haber olvidado lo que significa 'universal'. El artículo 14 de la Constitución hace explícita la universalidad del texto cuando dice que todos los españoles son iguales sin “discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición”, y las grandes obras de la literatura universal son capaces de conmover a cualquier generación que se le ponga por delante.

Su esfuerzo para que todas las identidades estén incluidas está contribuyendo a borrar la única capaz de dejar atrás los prejuicios y la segregación

Pero es justamente la condición universal lo que ponen en entredicho estas posturas identitarias y fragmentadoras. Cuando los X protestan porque su colectivo no aparece en un libro o en una película, cuando convierten al niño de Saint-Exupery en una niña de pelo morado o pasan sobre el artículo 14 de la Constitución como si no existiera, lo que yo pienso es que ha cambiado mucho la cosa desde que me educaron para considerar iguales a todas las personas, independientemente de su raza, sexo, ideología, orientación sexual o religión.

Para colmo, sospecho que no hay nada más contraproducente que la neurosis de estos puristas. Su esfuerzo para que todas las identidades estén incluidas de forma explícita en todas partes está contribuyendo a borrar poco a poco la única identidad capaz de dejar atrás los prejuicios y la segregación: la humana.

España is not Spain

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