Quiero asesinarte cuando haces ruido al masticar

La misofonía tiene distintos grados de intensidad que pueden llevar a los aquejados a la depresión y la violencia

Foto: Foto: iStock.
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Me he cambiado de asiento de tren cuando abriste el bocadillo porque ya no podía soportar estar a tu lado. He abandonado una comida de trabajo con la excusa del teléfono porque el que me iba a contratar encontraba resistencia en el filete que se estaba embuchando. He encerrado a mi perro en la otra punta de la casa porque no podía soportar que triturase ese hueso a mi lado. He dejado de quedar con un amigo porque existe la posibilidad de que tomemos unas tapas. He dejado de ver sexy a una mujer durante una cena romántica. Y todo esto porque, según leo en internet, tengo un trastorno llamado misofonía.

Mi primer recuerdo de la misofonía es diáfano. Tengo cinco años y mi padre mastica patatas fritas delante de la tele. Estamos viendo 'Farmacia de guardia'. Es mi serie favorita. Espero a que llegue el miércoles con impaciencia, pero entonces se desata ese ruido atroz y huyo a toda prisa a mi cuarto. ¿Pero qué te pasa? Que quiero dibujar. Permanezco un rato en la habitación y vuelvo a salir. Mi padre sigue comiendo patatas. Concha Cuetos dice algo en la pantalla, pero ya soy incapaz de seguir el argumento. Un asco ha venido a vivir conmigo.

Los ruidos masticosos me han torturado desde entonces. Leo que la misofonía tiene distintos grados de intensidad que pueden llevar a los aquejados a la depresión y la violencia. Lo comprendo perfectamente. Reconforta leer estas cosas, porque de lo contrario piensas que eres tú el único que está loco. Si Carlos Sobera me hubiera preguntado en su programa de citas qué espero yo de una pareja, le habría respondido sin titubear que, para una relación duradera, lo que valoro por encima de todo es que ella no haga ruido al masticar.

¿Qué imagino cuando empiezas a trabajarte el bocadillo a mi lado en el tren? Membranas purulentas reventando al ser oprimidas, regurgitación de fluidos grumosos en una cloaca de carne, separación de teselas en el intestino de un cerdo moribundo, cataratas de vómito, órganos deformes en botes de formol que siguen vivos y se agitan. Cosas así pasaban por mi cabeza cuando oía masticar a mi abuela materna, una mujer adorable, sabia y amorosa a la que llegué a desear un infarto en las eternas sobremesas yeclanas. La misofonía te lleva precisamente a eso: a detestar a quienes quieres.

—¿Te pasa algo? —me pregunta Andrea. Niego con la cabeza, pero intento mirar para otro lado. He debido echarle una mirada desagradable en los postres porque ha cometido el crimen de enfrentarse a una fruta. Dará cuenta de ella durante tres eternos minutos en los que no hablaré en absoluto. Pensaré en el Apocalipsis de San Juan y en la caída del asteroide que erradicó a los dinosaurios. Lucharé por dentro contra los sentimientos más mezquinos. Iré al baño y a la cocina intentando tardar todo lo posible con cualquier pretexto para no volver antes de que el melocotón haya desaparecido de la faz de la tierra. Pero el melocotón seguirá allí.

—¿No has terminado?

—Te estaba esperando.

La ira, el pánico y la angustia. Y también la vergüenza por ser tan soberanamente tiquismiquis. Hablo con otras personas que tienen el mismo problema y descubro que obramos de la misma forma. Te callas y tratas de sobreponerte, pero el ruido te desquicia y te desespera. Te hundes en un pozo de ruindad. No contestas, no miras directamente. Terminan creyendo que te han enfadado por cualquier cosa porque eres incapaz de reprocharles que se alimenten.

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