Las guerras del género: la militancia masculina ha llegado

Proliferan ahora en España los militantes masculinos. Se equivocará quien piense que son simples misóginos o quien quiera convertirlos en monstruos fáciles de identificar

Foto: Foto: iStock.
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¿Presunción de inocencia? ¡Cuentistas! ¿Mujer maltratada? ¡Exagerada! ¿Divorciado vulnerable? ¡Ja ja ja! ¿Discriminación laboral? ¡Ji ji ji! La discusión se ha deformado totalmente. El debate sobre el género sobrevive en refugios como reuniones y coloquios, en escenarios ajenos al ajetreo cínico de las redes y de las tertulias de televisión, donde ha proliferado su depredador, que es la guerra de sexos. Marcada por identidades orgullosas y muy poco proclives a la empatía o el interés recíproco por los problemas del otro, que son negados categóricamente y despachados con la risotada despectiva de un 'meme', a esta guerra de sexos solamente le faltaba la irrupción de Vox para enquistarse definitivamente.

Pasó lo mismo en Estados Unidos. Proliferan ahora en España, como lo hicieron allí, los militantes masculinos. Se equivocará quien piense que son simples misóginos o quien quiera convertirlos en monstruos fáciles de identificar y les atribuya el deseo de que las mujeres sean maltratadas. No es así en la inmensa mayoría de los casos. No son enemigos de las mujeres, sino de un feminismo institucional que perciben como algo muy poderoso, descontrolado. Son hombres que están abrazando su identidad colectiva de la misma forma que lo han hecho tantas mujeres con la última ola del feminismo.

No son enemigos de las mujeres, sino de un feminismo institucional que perciben como algo muy poderoso, descontrolado

Se perciben a sí mismos como las víctimas de una maquinaria social perversa que les quita sus derechos. Han terminado persuadidos de que las mujeres son ciudadanos con unos privilegios que ponen en peligro su existencia. Utilizan con frecuencia un concepto vacío que parece explicarlo todo: ideología de género. Como 'marxismo cultural', 'heteropatriarcado', 'masonería' o 'fascismo', este tópico es una fórmula vacía que servirá para explicar cualquier cosa. Es previsible que el fenómeno trascienda en seguida los foros y las redes sociales e inaugure organizaciones proselitistas dedicadas a agrandar en el lucrativo espacio de la incomprensión.

La diferencia esencial entre el militante y la persona con una visión crítica de las cosas es que la primera no está preparada para la discusión. Mientras el crítico somete a prueba su propia opinión de las cosas, el militante piensa desde la identidad y descarta con cinismo cualquier indicio de su error. Cree que cualquier duda podría beneficiar a su enemigo. Con la proliferación del militante, el camino se hace tortuoso y áspero para quien no tenga una relación más intensa con su género que con el cartero comercial. Toda crítica a los rebuznos que emanen de este Furor infantiloide será despachada con la etiqueta correspondiente. Si no te tiran al contenedor feminazi, irás a parar al de Santiago Abascal.

Desde el minuto uno, están demostrando ser tan falaces, agresivos y ensimismados como las militantes más caníbales del feminismo. Tan empeñados como aquellas en repartir carnés y construir una ortodoxia excluyente, es cuestión de tiempo que el discurso vaya calando en unos hombres que han pasado los últimos tiempos atemorizados y a la espera de mesías que los ayuden a celebrar su identidad de grupo. Muchos de vuestros amigos, que siempre habían sido desapasionados, se radicalizarán. Lo estoy viendo ya a mi alrededor: en este ambiente viciado, la testarudez seduce a hombres excelentes.

Desde el minuto uno, están demostrando ser tan falaces, agresivos y ensimismados como las militantes más caníbales del feminismo

¿Ha cambiado algo? ¿No era ya imposible el debate? Las feministas más lerdas habían tenido mucho éxito en las redes y los medios, donde se premia el lema por encima del razonamiento. Era incómodo plantear críticas cuando las redes están llenas de profesionales del desprestigio dispuestos a sacar de contexto cualquier frase que pueda silenciar tus argumentos. Pero ahora, cuando se levantan los contendientes dispuestos a la batalla en el otro lado del ring, sospecho que las cosas serán peores. De entrada, muchas feministas autocríticas van a preferir callarse sus enmiendas para evitar que sus enemigos las utilicen en su beneficio.

La polarización, que convierte cada idea en un arma idónea para unas agendas políticas, disputa lo que le quedaba de espacio a la zona gris. El debate social que está suscitando el pacto de Estado contra la violencia de género es el ejemplo perfecto del veneno que estamos tragando a cucharadas.

Supuestamente, nadie quiere que haya personas maltratadas en nuestra sociedad. Pero si uno pone la tele, se lleva una impresión muy distinta. En las tertulias solo hay espacio para los que defienden la ley como un icono sin defectos y los que desean destruirla por completo. Esto conduce a situaciones surrealistas donde unos acusan a los otros de desear que las mujeres sean asesinadas, mientras que estos contraatacan señalando a sus rivales como insensibles a los problemas de los niños o los ancianitos. Cualquier argumento es un rasgo de machismo o una cobardía progre y acomplejada. Una vez más, hemos permitido a los peores que marquen las reglas del debate.

Tengo muy claro que esta es la consecuencia directa de plantear los problemas políticos como conflictos de identidad. El identitarismo femenino se ha dedicado durante los últimos años a alimentar un 'nosotras' excluyente y ha suscitado la aparición de un 'nosotros' según la fórmula de las fuerzas reactivas de Newton. Entre ellos se establece desde ahora un falso debate de falacias contra falacias que solo puede conducir a la parálisis.

Quizá no sabemos hacer las cosas de otra manera.

España is not Spain
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