Esa es mi madre

Mira con resentimiento a los guiris en desbandada y murmura una frase que voy a recordar. Esa frase me explica cómo me transformó mi madre en la persona que soy

Foto: Foto: EFE.
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El recuerdo de los primeros días del bebé, cuando lo tuvieron que ingresar en el hospital, pasa con nosotros por debajo del Arco del Triunfo de Barcelona. Mi madre revive su desesperación de entonces en las arrugas nuevas de su cara. Se pone color ceniza entre el sol y los turistas fotogénicos.

Dio a luz a los 21 años y el bebé octomesino salió sin terminar. En dos días se había puesto todo amarillo. El pediatra del pueblo soltó con indiferencia que se podía quedar imbécil y el cigarrillo no le temblaba en los dedos.

Mis padres corrieron a un hospital que estaba en otro pueblo, al otro lado de una carretera con muchas curvas. En cuanto pasaron por la puerta, el bebé fue a parar a cuidados intensivos. Le vendaron la cabeza y lo pusieron debajo una lámpara. No se le podía tocar, mi madre lo veía al otro lado de un cristal. Con 21 años y recién parida tendría que ir sola cada día para mirar a su bebé amarillo. Los médicos, en su recuerdo, son insensibles a su desesperación. Han pasado 34 años. El bebé, dice mi madre, soy yo.

Mi padre y mi mujer vienen con nosotros, van atentos a su historia, estamos todos pendientes de ella. Hace más de una década, cuando a mi hermano estaban a punto de diagnosticarle el tumor que casi se lo lleva por delante, conocí en Madrid a una vieja extraña que vivía en su diminuto estudio de pintura de la calle Fuencarral. La vieja explicaba a quien quisiera escucharla que esos cuadros raros que tenía por todas partes eran sus recuerdos de la cuna. Imágenes abstractas y desordenadas, suaves y oscuras, nubes de pan rallado.

Cuando mi madre habla de ese bebé amarillo es como si yo volviera a examinar los cuadros de la vieja: quiero descifrar su mensaje pero me distraigo en las cosas del presente. Entonces era el estudio desordenado y el olor a óleo y ahora es el sol, y el viento que lleva locas a las nubes, y una madre primeriza que pasa empujando su carro. El niño que lleva recordará tanto de este día como yo de aquel hospital o la vieja de su cuna, pero algo está a punto de ocurrir y este día se va a quedar grabado en mi memoria.

La vieja explicaba a quien quisiera escucharla que esos cuadros raros que tenía por todas partes eran sus recuerdos de la cuna

Al otro lado del Arco del Triunfo está el paseo de Lluís Companys, que lleva al parque de la Ciudadela entre las farolas que diseñó Pedro Falqués inspirándose en las grúas del puerto. Es un malecón que gusta mucho a los adictos al selfi y en el que, cada 100 metros, hay vendedores de globos tentando la glotonería de los niños. Representan el panteón completo de los héroes de la infancia, los viejos dioses y los nuevos, de Bob Esponja a Mickey Mouse, a cinco euros la unidad. Mi madre, de pronto, se para y deja de hablar.

El viento acaba de arrancarle a un vendedor con pinta de carterista barroco todos sus globos. Estira el brazo para alcanzar el hilo, como yo hace un momento, cuando quería agarrarme a la cuerda del recuerdo de mi madre, pero el viento tira de las figuras y el tiempo tira de la infancia. Los turistas apuntan sus cámaras a la escena, el parque temático BCN presenta su nueva atracción, ¡atentos! Los globos corren lejos del vendedor y cuando chocan con el brazo de una farola la gente se arremolina. Allí se quedan enganchados.

La situación es precaria. Veinte figuras tiran del racimo pero Pikachu se ha trabado al otro lado del hilo. El vendedor gira en torno a la farola como una polilla. Los guiris se divierten, en 10 segundos han improvisado un estudio de televisión con más cámaras que el programa de Pablo Motos. Unos alemanes empiezan a jalear y unas americanas cacarean 'ohmygods' buscando el mejor encuadre con sus teléfonos. En ese momento aparece el héroe.

Es un chaval con coleta y apariencia de saber mucho de huertos urbanos y malabares con fuego. Sin mediar palabra se encarama al pedestal de piedra de la farola y empieza la escalada. Mi madre cruza los brazos y gorjea que eso es muy peligroso. Mi madre piensa en el peligro, el muchacho piensa en los globos, el vendedor piensa en el dinero a punto de volatilizarse y los guiris, creo, piensan en visualizaciones de vídeo y 'likes' cuando el muchacho alcanza la parte metálica de la farola y busca puntos de apoyo con las manos y los pies.

Turistas en Barcelona. (EFE)
Turistas en Barcelona. (EFE)

Hay tanta gente abajo que cualquiera diría que alguien ha subido a un campanario y amenaza con tirarse. El muchacho ágil llega hasta el extremo de la farola y se estira. Roza el hilo blanco con la punta de los dedos pero justo en ese momento el hilo se parte y los globos emprenden alegremente su viaje a ninguna parte. Colgado como un mono, el muchacho echa un vistazo desanimado abajo y empieza a bajar.

Los guiris aplauden, revisan los vídeos que han grabado y se dispersan. El vendedor sigue con los ojos la trayectoria de sus globos. La ruina se entiende mejor de esta manera que mirando gráficas. Esta es la clase de ruina que no aparece en los papeles color salmón del suplemento financiero del periódico. El escalador ha llegado abajo sano y salvo. Se despide con una disculpa del vendedor. La atracción turística ha concluido.

Mi madre piensa en el peligro, el muchacho piensa en los globos, el vendedor piensa en el dinero y los guiris, creo, piensan en visualizaciones de vídeo

Los guiris se han dispersado, ya tienen lo que querían, una escena para subir a Instagram, una anécdota para contar. Pero mi madre no. Sale disparada camino del vendedor, que se ha quedado solo, y saca del bolso un billete de 50 euros. Mi padre la observa entre complacido y atemorizado. El vendedor está estupefacto, agarra el billete sin decir nada, como en sueños. Entonces mi madre se da la vuelta y se aleja de nosotros a toda prisa.

Cuando la alcanzo tiene lágrimas en los ojos. Le tiembla la barbilla. Le paso el brazo por encima de los hombros. Ella mira con resentimiento a los guiris en desbandada y murmura una frase que voy a recordar. Esa frase me explica qué es lo que pasó con ese bebé amarillo, cómo lo transformó mi madre en la persona que soy. Es: “¡Qué vidas de mierda!”.

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