Disparar la consigna y matar el cerebro

Lo más llamativo de las reacciones a la condena de La Manada en el Supremo es que la feminista Irene Montero y el antifeminista Francisco Serrano dieron la misma consigna

Foto: Manifestación en Córdoba contra La Manada. (EFE)
Manifestación en Córdoba contra La Manada. (EFE)

Lo más llamativo de las reacciones a la condena de La Manada en el Supremo es que la feminista Irene Montero y el antifeminista Francisco Serrano dieron la misma consigna sin que sus fans se percatasen. Los dos dijeron que la presión popular había sentenciado a 15 años a los criminales. Para Montero era una victoria y para Serrano una señal del fin de los tiempos, pero los dos partían del mismo diagnóstico equivocado.

Aunque a Serrano le afearon la astracanada en su partido, otros políticos de izquierdas tiraron por el camino de Montero entre los aplausos de su multitud. Era difícil precisar qué parte de cinismo, qué parte de desconocimiento sobre el sistema de justicia y qué parte de papanatismo había en los mensajes ni cuántos de los que lo repitieron estaban convencidos, pero llegó a todas partes empujado por un montón de gente que lo repetía aquí y allá.

Fue el ejemplo perfecto de cómo funcionan las consignas de la propaganda: como un pistoletazo de salida en una carrera. Las consignas son paquetes de discurso simplificado que la gente repite para mostrar ante los demás que pertenece al mismo grupo. Funcionan como una baliza que permite saber de qué pie cojeas y por eso se expanden a toda velocidad. Cuando estos artefactos discursivos están funcionando, se termina la posibilidad de razonar.

Las consignas son muy socorridas en una sociedad con exceso de información y déficit de atención: nos ayudan a tomar decisiones morales sin el engorro que supone recabar información y reflexionar sobre ella. Nos proporcionan además la sensación de seguridad y de certeza en medio de un mundo fluctuante y difícil de entender. El instante de duda que provoca un acontecimiento queda solucionado gracias a la consigna. ¡Aleluya, esta es mi posición!

De ahí que los políticos sean tan rápidos disparándolas: Ciudadanos estos días ha sacado la metralleta para darle la vuelta al debate sobre sus pactos con la ultraderecha y zanjar el asunto de Valls: su cuenta de Twitter se puso a disparar balas-consigna contra los supuestos pactos de la infamia del PSOE. Acusaciones tan ridículas y manipuladas que solo alguien muy pro-Ciudadanos sería capaz de tragárselas.

La consigna produce un efecto en los grupos que me gusta llamar pensamiento obediente. El pensamiento obediente consiste en desactivar el juicio crítico para un asunto concreto y repetir una idea que están cacareando los demás. Es el mecanismo responsable de que personas a las que tenemos por inteligentes y razonables difundan mensajes objetivamente estúpidos y adopten una actitud tajante e intransigente. Anula la capacidad para valorar evidencias, sopesar contradicciones y descubrir falacias.

El pensamiento obediente consiste en desactivar el juicio crítico para un asunto concreto y repetir una idea que están cacareando los demás

En las redes sociales, los efectos del pensamiento obediente se magnifican. Dado que tendemos a escuchar más a quienes piensan más perecido a nosotros y a irritarnos más fácilmente cuando se nos contradice, en cuanto la consigna se ha infiltrado en nuestro grupo nos vemos rodeados por una especie engañosa de consenso. El pensamiento obediente tiene entonces el premio de la reputación, los 'likes' y los retuits. Intuimos qué decir para recibir nuestra parte del botín, y qué callar si no queremos salir escaldados.

Las consignas de nuestros políticos y líderes de opinión son siempre maximalistas: nos plantean una situación límite, un dilema entre el bien absoluto y el desastre total, una elección urgente (conmigo o contra mí) en la que todo lo que queda fuera del paraguas es indigno e infame. Czesław Miłosz estudió a fondo este recurso de los propagandistas en la Polonia soviética. En 'La mente cautiva' (Galaxia Gutenberg) exploraba la obediencia mental de los intelectuales comunistas ante las consignas del Partido.

Así es como describía a esta clase de intelectual: “Es afectuoso y bueno, es amigo del hombre, pero no del hombre tal como es. Sino tal como debería ser. Pero no lo podemos comparar con un inquisidor medieval. Este creía que torturando el cuerpo trabajaba para la salvación del alma individual. El primero trabaja para la salvación de la especie humana”.

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